Annie Easley: calcular el camino hacia las estrellas

A mi amigo Paco Vega por descubrirme a esta Giganta a través de su exposición.

El blog Mujeres con Ciencia da cobijo a los scikus sobre científicas en su sección Gigantas enVerso.

En 1955, Annie Easley abrió el periódico y encontró una historia que cambiaría su vida. Hablaba de dos hermanas gemelas que trabajaban como computers en el National Advisory Committee for Aeronautics, el NACA. No eran ordenadores. Eran mujeres. Mujeres que calculaban.

Easley no conocía aquel centro de investigación ni había pensado nunca en trabajar allí, pero algo debió de despertar su curiosidad. Al día siguiente presentó una solicitud de empleo. Dos semanas más tarde comenzaba a trabajar en el laboratorio que el NACA tenía en Cleveland.

Tenía veintidós años y era una de las pocas personas afroamericanas que trabajaban en el centro. Había nacido en Birmingham, Alabama, en 1933, cuando ser mujer y negra determinaba demasiadas cosas antes incluso de tener la oportunidad de elegirlas. Treinta y cuatro años después se jubilaría de la NASA convertida en matemática, informática y programadora, después de haber trabajado en proyectos relacionados con los sistemas de propulsión espacial, el almacenamiento de energía y las primeras investigaciones sobre vehículos híbridos. Entre ambos momentos se encuentra no solo la historia de una mujer extraordinaria, sino también una pequeña historia de la computación: Annie comenzó haciendo a mano los cálculos que, años después, enseñaría a realizar a las máquinas.

Quizá por eso me gusta tanto su historia. Porque permite contemplar cómo la tecnología cambia delante de los ojos de una persona y cómo esa persona decide cambiar con ella.

Una posibilidad que no estaba prevista

Annie Jean Easley nació el 23 de abril de 1933 en Birmingham, en el estado de Alabama. Creció en un país en el que las leyes de Jim Crow mantenían la segregación racial en buena parte de los estados del sur. El color de la piel condicionaba la escuela a la que se podía asistir, los espacios que podían ocuparse e incluso el lugar en el que alguien podía sentarse en un autobús.

Su madre, sin embargo, se empeñó en que Annie entendiera algo desde muy pequeña: podía llegar a ser lo que quisiera. No significaba que el camino fuese a resultar sencillo. Significaba que no debía aceptar que otros decidieran por ella hasta dónde podía llegar.

Fue una buena estudiante. Inicialmente no soñaba con cohetes ni con computadoras. Ni siquiera con las matemáticas. Comenzó a estudiar Farmacia en la Xavier University de Nueva Orleans, una universidad históricamente vinculada a la formación de estudiantes afroamericanos. Después de casarse se trasladó a Cleveland y trató de continuar allí sus estudios, pero descubrió que no existía entonces un programa universitario de Farmacia al que pudiera incorporarse.

La vida parecía haberla apartado del camino que había elegido.

Y apareció aquel periódico.

La noticia sobre las dos gemelas que trabajaban en el NACA fue suficiente para que decidiera probar suerte. Que una decisión aparentemente pequeña, leer unas líneas, sentir curiosidad, presentar una solicitud, pudiera modificar de aquella manera toda una vida tiene algo fascinante. Annie Easley no había preparado durante años su llegada a la investigación aeroespacial. Entró por una puerta que, hasta aquel momento, ni siquiera sabía que existía.

Cuando comenzó a trabajar en el laboratorio de Cleveland en 1955, era una de las cuatro personas afroamericanas que formaban parte de su plantilla. Su puesto era el de computer.

Annie Easley trabajando en el Lewis Research Center de la NASA en 1972. Había comenzado su carrera en 1955 como «computadora humana», realizando cálculos para los investigadores. Crédito: NASA.

Ahora necesitamos detenernos un instante para entender qué significaba aquella palabra.

Cuando las computadoras tenían manos

Durante buena parte del siglo XX, antes de que los ordenadores electrónicos pudieran asumir de forma generalizada los cálculos científicos, una computadora era también una persona.

Científicos e ingenieros necesitaban resolver enormes cantidades de operaciones matemáticas. Había trayectorias que calcular, datos experimentales que analizar, tablas que construir, resultados que comprobar. Y esos cálculos los realizaban seres humanos, muchas veces mujeres.

Annie comenzó utilizando grandes calculadoras mecánicas de escritorio. Las máquinas podían sumar, restar, multiplicar y dividir; para otras operaciones era necesario recurrir a tablas de logaritmos o de raíces cuadradas. Los resultados se anotaban y comprobaban manualmente.

Décadas después todavía recordaba el sonido que hacían aquellas calculadoras mientras funcionaban, un incesante golpeteo mecánico que acompañaba las horas de trabajo. Hoy cuesta imaginar un gran centro de investigación aeroespacial lleno de personas inclinadas sobre calculadoras y papeles, pero aquella era la computación científica de mediados de los años cincuenta.

Y requería algo más que paciencia.

Las operaciones formaban parte de investigaciones reales. Detrás de una columna de números podía encontrarse el comportamiento de un motor, la transferencia de calor en un sistema o la respuesta de un material sometido a unas determinadas condiciones. Un error en una operación podía extenderse a todos los cálculos posteriores.

Entre los primeros trabajos en los que participó Easley se encontraban simulaciones relacionadas con el reactor nuclear que se estaba proyectando en Plum Brook, una instalación concebida para realizar investigaciones relacionadas con energía nuclear y aplicaciones espaciales.

Pero Annie había llegado al mundo de las computadoras humanas justo cuando las máquinas empezaban a reclamar para sí aquel nombre. Los ordenadores electrónicos fueron entrando poco a poco en el laboratorio. El trabajo que realizaban personas como ella comenzaba a desaparecer.

Había dos posibilidades: quedarse atrás o aprender a hablar con las nuevas máquinas.

Annie aprendió.

Enseñar a las máquinas

Resulta difícil encontrar una imagen que explique mejor la velocidad con la que se transformó la ciencia durante la segunda mitad del siglo XX.

Una joven comienza su carrera científica haciendo cálculos con una calculadora mecánica. Poco después debe aprender a escribir programas para que un ordenador haga esos mismos cálculos.

Easley aprendió lenguajes como FORTRAN y SOAP. Los programas se introducían mediante tarjetas perforadas: rectángulos de cartón en los que cada combinación de perforaciones representaba datos o instrucciones. Había que preparar los mazos de tarjetas, transportarlos hasta el ordenador, esperar a que la máquina procesara la información y recoger después enormes listados impresos con los resultados. Ella misma recordaba años después aquellos desplazamientos de un edificio a otro cargando con las tarjetas.

Annie Easley ante el UNIVAC 1100/40 del Lewis Research Center, en 1976. De realizar cálculos manualmente pasó a programar las máquinas que comenzaban a sustituir a las computadoras humanas. Crédito: NASA.

Puede parecer incómodo, lento y casi artesanal desde nuestra perspectiva. Y, sin embargo, aquellos ordenadores estaban abriendo una puerta completamente nueva. Ya no se trataba simplemente de calcular más deprisa. La programación permitía construir modelos, repetir operaciones miles de veces, modificar parámetros y abordar problemas cuya complejidad habría requerido cantidades enormes de trabajo humano.

La antigua computadora humana aprendió a decirle a la nueva computadora qué debía hacer. Y mientras todo aquello sucedía, también cambiaba el lugar en el que trabajaba.

En 1958, Estados Unidos creó la National Aeronautics and Space Administration, la NASA. El antiguo NACA desapareció y su laboratorio de Cleveland pasó a formar parte de la nueva agencia espacial. El mundo había entrado en la carrera espacial y Estados Unidos y la Unión Soviética competían por demostrar hasta dónde podían llevar sus conocimientos científicos y tecnológicos.

Annie Easley ya estaba dentro.

No en una nave. No en una plataforma de lanzamiento. No frente a las cámaras.

Estaba en uno de esos lugares sin los cuales ninguna nave podría abandonar jamás la Tierra.

Centaur

Uno de los proyectos a los que quedó ligado su trabajo fue Centaur.

Para viajar al espacio no basta con vencer la gravedad y abandonar la superficie terrestre. Hay que acelerar una carga hasta alcanzar la velocidad y trayectoria adecuadas. Los cohetes utilizan para ello diferentes etapas que se van desprendiendo a medida que consumen su combustible. Centaur nació como una etapa superior de alta energía destinada a proporcionar ese último gran impulso. Utilizaba hidrógeno y oxígeno líquidos.

El hidrógeno es un combustible extraordinariamente eficaz, pero también extraordinariamente difícil de manejar. Para conservarlo en estado líquido debe mantenerse a temperaturas extremadamente bajas y su utilización exigía resolver numerosos problemas tecnológicos relacionados con el almacenamiento, la alimentación de los motores y el comportamiento de los propelentes.

El desarrollo de Centaur no fue sencillo. Su primer vuelo de prueba, en mayo de 1962, terminó con la destrucción del vehículo menos de un minuto después del lanzamiento. A finales de aquel mismo año el proyecto pasó a estar dirigido desde el centro Lewis de Cleveland, en el que trabajaba Easley. Un año después, el Atlas-Centaur realizó finalmente un vuelo con éxito.

Con el tiempo Centaur se convertiría en una de las tecnologías más longevas de la exploración espacial estadounidense. Versiones sucesivas permitieron colocar satélites en órbita y enviar sondas más allá de la Tierra. La familia Centaur quedó vinculada a misiones hacia la Luna y los planetas exteriores y a una larga historia de exploración que se prolongaría durante décadas.

Cuando se resume la trayectoria de Easley es frecuente leer que «programó el cohete Centaur». La frase resulta atractiva, pero reduce demasiado una historia mucho más interesante.

Nadie programa un cohete en solitario.

El espacio es territorio de grandes equipos. Cada lanzamiento reúne el trabajo de especialistas en propulsión, combustibles, materiales, estructuras, electrónica, comunicaciones, matemáticas o informática. Miles de problemas diferentes tienen que haber sido resueltos antes de que podamos contemplar durante unos segundos la espectacular imagen de un cohete elevándose sobre una columna de fuego.

Easley desarrolló y analizó programas informáticos relacionados con sistemas de conversión de energía y con el vehículo Centaur. Su código formaba parte de ese trabajo colectivo y poco visible que convierte ecuaciones y datos experimentales en algo capaz de funcionar en el mundo real.

Me gusta pensar en ello cuando vemos despegar un cohete.

Miramos hacia arriba.

Pero su historia comienza mucho antes, en lugares donde alguien escribe números sobre un papel, introduce tarjetas en una máquina o contempla una sucesión de datos tratando de averiguar si todo funcionará como debería.

Mucho más que espacio

La carrera de Annie Easley no permaneció siempre unida a los cohetes.

Durante los años setenta, las crisis energéticas impulsaron la investigación estadounidense sobre nuevas formas de producir, almacenar y utilizar la energía. En el centro Lewis comenzaron a estudiarse tecnologías que hoy nos resultan muy familiares: baterías, sistemas de almacenamiento eléctrico, energías alternativas y vehículos capaces de combinar distintas fuentes de energía.

Easley trabajó en el desarrollo de programas informáticos utilizados para analizar sistemas de conversión de energía y tecnologías de baterías. Parte de aquellas investigaciones estuvo relacionada con los primeros trabajos sobre vehículos eléctricos e híbridos.

Resulta bonito contemplar su trayectoria completa.

Comenzó realizando a mano cálculos relacionados con investigaciones científicas. Aprendió después a programar los ordenadores que sustituían aquellos cálculos humanos. Trabajó en tecnologías destinadas a abandonar la Tierra y también en otras que buscaban utilizar mejor la energía sobre ella.

Mientras tanto continuó estudiando.

Años después de haber entrado en el NACA regresó a la universidad y obtuvo un grado en Matemáticas en la Cleveland State University, compatibilizando sus estudios con su trabajo. Para entonces llevaba muchos años desempeñando tareas científicas y tecnológicas.

Su camino nunca había sido recto. Quizá los caminos interesantes rara vez lo sean.

Trabajar siendo la excepción

Existe, sin embargo, otra parte de la historia que no podemos separar de las matemáticas, los ordenadores y los cohetes.

Annie Easley era una mujer negra. Cuando nació, la segregación racial era legal en Alabama. Cuando comenzó a trabajar para el NACA en 1955, Rosa Parks todavía no se había negado a ceder su asiento en aquel autobús de Montgomery. El movimiento por los derechos civiles estaba a punto de cambiar Estados Unidos, pero esas transformaciones tardarían años en llegar y mucho más en borrar las desigualdades construidas durante generaciones.

Y ser mujer tampoco facilitaba las cosas.

En una fotografía de los grandes equipos científicos de la época resulta sencillo comprobar quiénes ocupaban mayoritariamente los puestos de poder. Las mujeres podían calcular, programar o trabajar en los laboratorios, pero tenían muchas menos oportunidades de dirigirlos.

Easley sufrió discriminación.

En una ocasión descubrió que su fotografía había sido eliminada de una imagen que debía exhibirse en una jornada de puertas abiertas del laboratorio. En otros momentos tuvo que enfrentarse a diferencias en las oportunidades de formación o promoción. Ella no acostumbraba, sin embargo, a narrar su vida únicamente desde esos obstáculos. Era plenamente consciente de ellos, pero se negaba a permitir que definieran quién era.

En su entrevista de historia oral para la NASA explicó que, cuando encontraba a alguien con quien no podía trabajar, sencillamente buscaba la manera de continuar alrededor de aquella persona.

No es una historia sobre alguien a quien las barreras no afectaron. Es la historia de alguien que decidió que no tendrían la última palabra.

Incluso las pequeñas batallas cotidianas cuentan algo sobre una época. En aquellos años se esperaba que las mujeres acudieran al trabajo con falda o vestido. Annie y una compañera decidieron presentarse un día llevando pantalones. Hubo comentarios, por supuesto. Después comenzaron a hacerlo otras.

Puede parecernos una anécdota mínima frente a los grandes conflictos por los derechos civiles que sacudían Estados Unidos. Pero también la libertad se construye con gestos pequeños. Con alguien que un día decide ocupar un espacio de una manera que hasta entonces no parecía permitida.

Años después, Easley trabajaría como consejera de igualdad de oportunidades laborales en la NASA, ayudando a otras personas que sufrían discriminación por razones de raza, sexo o edad. También acudía a escuelas y universidades para hablar con estudiantes sobre las posibilidades profesionales de la ciencia y la tecnología y participaba en actividades dirigidas especialmente a jóvenes pertenecientes a grupos que tradicionalmente habían estado infrarrepresentados en esos ámbitos.

Annie Easley con una estudiante visitante en el Visitor Information Center del Lewis Research Center, el 31 de julio de 1981. Easley participó activamente en programas educativos y de divulgación dirigidos a jóvenes. Crédito: NASA.

Quien había tenido que abrirse camino podía, al menos, ensancharlo para quienes llegaban detrás.

La mujer detrás de los números

Hay algo de Annie Easley que me resulta especialmente cercano.

Nunca pareció demasiado interesada en construirse una imagen de pionera. Cuando años después le preguntaban por su condición de mujer afroamericana en un entorno dominado por hombres blancos, hablaba de ello con naturalidad. No pretendía convertirse en símbolo de nada. Había encontrado un trabajo que le gustaba y quería hacerlo bien.

Quizá por eso terminó convirtiéndose precisamente en un referente.

Porque las pioneras no siempre salen de casa sabiendo que van a serlo.

A veces simplemente quieren estudiar.

O trabajar.

O hacer aquello que les interesa sin que su sexo, el color de su piel o las expectativas de los demás les indiquen constantemente cuál debería ser su lugar.

Annie Easley se jubiló de la NASA en 1989, después de treinta y cuatro años de trabajo. Había llegado cuando los ordenadores eran personas y se marchaba de una institución en la que la computación era ya imprescindible para prácticamente cualquier proyecto científico o espacial. Había vivido varias generaciones de máquinas, aprendido nuevos lenguajes, cambiado de proyectos y regresado a la universidad para completar su formación.

Murió el 25 de junio de 2011.

Tenía setenta y ocho años.

Cuando contemplamos las fotografías de la carrera espacial nuestros ojos se dirigen inevitablemente hacia los cohetes, las cápsulas y los astronautas. Son imágenes poderosas. Representan uno de esos momentos en los que la humanidad parece desafiar sus propios límites y conseguir algo que durante siglos había pertenecido únicamente al territorio de los sueños.

Pero ningún astronauta llega solo al espacio.

Detrás de cada lanzamiento permanecen miles de personas que difícilmente aparecerán en las fotografías. Alguien comprobó una soldadura. Alguien estudió un combustible. Alguien calculó una trayectoria. Alguien escribió unas líneas de código.

Durante años, Annie Easley fue una de esas personas.

Quizá nunca soñó de niña con alcanzar las estrellas. Seguramente, desde la Birmingham segregada en la que nació, aquel sueño habría parecido demasiado lejano. Pero un día abrió un periódico, descubrió que existía un lugar en el que unas mujeres se ganaban la vida calculando y decidió llamar a su puerta.

Treinta y cuatro años después dejaba atrás una carrera en la NASA.

Hay vidas que parecen avanzar siguiendo una trayectoria perfectamente calculada.

La de Annie no fue así.

Cambió de ciudad, abandonó unos estudios, encontró por casualidad una profesión que desconocía y vio desaparecer delante de ella el trabajo para el que había sido contratada. Entonces aprendió otro.

Y siguió avanzando.

Tal vez esa sea la parte de su historia que más merece viajar con nosotros.

Las máquinas cambiaron. La ciencia cambió. El mundo que la rodeaba cambió.

Annie Easley también.

Pero nunca dejó que fueran otros quienes calcularan hasta dónde podía llegar.

Bibliografía

NASA, Annie Easley. Biografía del Glenn Research Center sobre su trayectoria en NACA y NASA, sus trabajos de programación, Centaur, sistemas energéticos y actividades de igualdad y divulgación.

NASA, Annie Easley Oral History, entrevista realizada en 2001. Testimonio en primera persona sobre su llegada al NACA, las computadoras humanas, la transición hacia los ordenadores electrónicos, su trabajo y las situaciones de discriminación que vivió.

NASA, Centaur: America’s Workhorse in Space, historia del desarrollo de la etapa superior Centaur.

Rocío Pérez Benavente, «Annie Easley, la matemática que abrió paso a mujeres y afroamericanos en la carrera espacial», Mujeres con ciencia, 28 de diciembre de 2017.

National Geographic España, «Annie Easley», artículo biográfico sobre su trayectoria científica y profesional.

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About Laura Morrón Ruiz de Gordejuela

Licenciada en Física por la Universidad de Barcelona especializada en el campo de la protección radiológica, con un máster en Ingeniería y Gestión de Energías Renovables por IL3. Técnica en divulgación en el Secretariado de Divulgación Científica y Cultural de la Universidad de Sevilla. Autora del libro "A hombros de gigantas".
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