El diario de Manya

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“Aunque es un lugar común decir que una catástrofe repentina puede transformar a un ser humano para siempre, no puede pasarse por alto la influencia decisiva de estos minutos en el carácter de mi madre, en su destino y en el de sus hijas. Marie Curie no pasó de ser una esposa joven y feliz a ser una viuda inconsolable. La metamorfosis fue menos sencilla y más grave. El tumulto interior que laceraba a Marie, el indescriptible horror de sus divagaciones, eran demasiado virulentos como para que se manifestaran en forma de quejas o de confidencias. Desde el momento en que tomó conciencia de las tres palabras “Pierre está muerto”, cayó para siempre sobre sus hombros una capa de soledad y de misterio. Ese día de abril, Madame Curie se convirtió no sólo en una viuda sino también en una mujer triste e irremediablemente solitaria”. Eve Curie

Sobre la mesa está el cuaderno de notas con las cubiertas de lona beige. Mide unos veintidós centímetros por dieciocho. Contiene en su interior setenta y tres páginas, de las cuales, están escritas veintiocho por una sola cara. Muy pocas personas han tenido acceso a su contenido. Al cuaderno le falta una página y la mitad de la veintidós. Se desconoce si fue Marie quien las arrancó o alguno de sus familiares. En ellas mostraba cierta crítica respecto a su vida matrimonial. El diario muestra a la  verdadera Marie Curie, a la mujer que se esconde tras el rostro impasible que aparece en las fotografías, a la mujer apasionada, melancólica e independiente que era en realidad.

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El miércoles 18 de abril de 1906 Marie regresó con Irène y Eve de unas vacaciones en St. Rémy-les-Chevreuse. Después de una intensa época de trabajo en el laboratorio sin apenas comer ni dormir, se había permitido por primera vez en mucho tiempo, pasar unos días felices disfrutando de su familia. Había logrado relajarse y distanciarse temporalmente de sus investigaciones. Pero había llegado el momento de regresar a París. Pierre ya estaba allí y la esperaba para asistir a una cena de la Sociedad de Física. La velada fue muy satisfactoria para Pierre ya que los miembros de la Sociedad, no sólo aceptaron todas sus propuestas sino que le nombraron vicepresidente.

El día siguiente, sin embargo, no tuvo un buen comienzo. Marie aún estaba desubicada y le agobiaba tener que organizar todas las cosas el primer día de vuelta a casa. No se sentía con ánimos y le apetecía llevar a Irène de excursión. Pierre, por su parte, quería que le acompañase al laboratorio para reanudar el trabajo y se opuso a la jornada campestre que deseaba su mujer. Mientras bajaba las escaleras le preguntó si iría a verle al laboratorio y Marie, contrariada, le respondió que no la atormentase más.

Así que el científico se encaminó solo al laboratorio bajo una lluvia torrencial. Más tarde, hacia las diez lo abandonó para asistir a un almuerzo de trabajo de la Asociación de Profesores de las Facultades de Ciencias. El encuentro fue muy satisfactorio y Pierre invitó a los siete científicos a cenar a su casa esa misma noche. Tras despedirse, se dirigió a la redacción de Comptes rendus  de séances de l’Académie des sciences, en la casa Gauthier-Villars, para revisar las pruebas de imprenta de su nuevo artículo. La confluencia entre las calles Pont Neuf y Dauphine estaba inundada por la lluvia, el tráfico era caótico. Trató de atravesar la intersección sorteando los vehículos pero uno de los caballos de un carro cargado con más de cuatro mil kilos de material militar, le golpeó el hombro y perdió el equilibrio. Sus piernas no le sostenían y se agarró a la correa del caballo para no caerse. Desgraciadamente, los dos animales se encabritaron y Pierre cayó entre ellos. Los transeúntes gritaron al conductor que se detuviese pero, a pesar de que este trató de hacerlo, la rueda trasera izquierda del carro le aplastó el cráneo. Fue instantáneo. Pierre tenía entonces cuarenta y nueve años.

La multitud se reunió rápidamente entorno al cadáver. Algunos trataron de conseguir un taxi para trasladar el cuerpo a la prefectura de policía, pero los conductores se negaron por miedo a que les ensangrentase la tapicería. Finalmente, dos hombres trajeron una camilla y le llevaron a la comisaría más cercana donde, tras examinar sus papeles, descubrieron su identidad y uno de los ayudantes de su laboratorio reconoció el cadáver. El director de su departamento y decano de la Facultad de Ciencias, Paul Appell y Jean Perrin que era amigo y vecino de los Curie, se dirigieron de inmediato a la casa del matrimonio. Fue el doctor Eugène Curie quien abrió la puerta, y al contemplar el rostro de los científicos exclamó: “Mi hijo ha muerto…” Mientras las lágrimas le cubrían el rostro, preguntó: ¿En qué estaba soñando esta vez?”

Al anochecer, Marie volvió con Irène de la excursión a Fontenayaux-Roses y Paul Apell le comunicó la noticia. Permaneció en silencio durante unos minutos, no podía pronunciar palabra, se sentía aturdida. Al final, con un hilo de voz dijo: “Pierre está muerto. Muerto. ¿Absolutamente muerto?” Le faltaba el aire, necesitaba salir fuera. No se sentía con fuerzas de explicárselo a Irène, que por aquel entonces tenía nueve años, así que le pidió a la señora Perrin que se hiciese cargo de ella durante unos días. A través de la reja del jardín se limitó a decirle que su padre se había herido de gravedad en la cabeza y necesitaba descansar.  Eve, con dos años de edad, se quedó en casa al cuidado de su hermana Bronia.

Todavía sin poder reaccionar envió un telegrama a su familia en Polonia limitándose a comunicar la muerte de su marido en un accidente. André Debierne, mientras tanto, fue a la comisaría a recuperar el cuerpo de su amigo. Sobre la mesa estaban las pertenencias que Pierre que llevaba en los bolsillos y unas caléndulas frescas que había traído de St. Rémy-les-Chevreuse. También se encontraba la foto de Marie que Pierre siempre llevaba en el chaleco, la de aquella pequeña estudiante que había elegido como compañera. Ella, al día siguiente, la puso dentro del ataúd.

Pierre llamaba a esta foto de "la pequeña y buena estudiante" y siempre la llevaba en el chaleco.

Pierre llamaba a esta foto de “la pequeña y buena estudiante” y siempre la llevaba en el chaleco.

Marie se sentó en uno de los bancos del jardín que había quedado encharcado por la tormenta. Con los codos sobre las rodillas, apoyó la cabeza entre las manos. Se sentía lejos de todo lo que la rodeaba, no oía ningún sonido y no podía hablar. Tan solo esperaba, empapada bajo la lluvia, que trajesen el cadáver de Pierre.

Cuando finalmente pudo estar a solas con él, le besó en la cara y se negó a salir de la habitación mientras lavaban y vestían el cuerpo. No podía llorar, no fue capaz de expresar el dolor que la consumía hasta la mañana siguiente con la llegada del hermano de Pierre. Tener a Jacques fue un gran consuelo y por fin rompió en sollozos.

“Me es imposible expresar la profundidad e importancia de la crisis que trajo a mi vida la pérdida de quien había sido mi más cercano compañero y mejor amigo. Destrozada por el impacto, no me sentí capaz de afrontar el futuro. No podía olvidar, sin embargo, lo que  mi esposo solía decir a veces, que, incluso desprovista de él, debía continuar mi trabajo” (Autobiografía de Marie Curie)

La prensa de Estados Unidos se hizo eco de la noticia de la muerte de Pierre Curie. El titular del New York Times rezaba “Prof. Curie muerto en una calle de París” y el subtítulo “El descubridor del radio fue atropellado por un carro“. En un subtítulo adicional se podía leer “éxito seguido por dificultades; inicialmente Curie fue ayudado en gran medida por Mme. Curie” y más abajo, en la nota necrológica, el autor del artículo, que parece convencido de que una mujer no puede ser una colaboradora de pleno derecho, vuelve a otorgar a Marie un papel secundario relegándola a simple asistente de Pierre: “En sus investigaciones, fue ayudado por Marie Sklodowska, una polaca, que nació en Varsovia, en 1868…” A parte, el artículo también contenía otro error, se olvidaban de Eve al mencionar que el profesor Curie sólo dejaba una hija de nueve años de edad.

Esta niña, que no había sido informada sobre los verdaderos acontecimientos, no asistió al entierro. A la mañana siguiente, su madre fue a verla para comunicarle la muerte de su padre. La niña pareció no reaccionar ante la noticia pero tan pronto Marie abandonó la habitación rompió a llorar y Henriette Perrin, la esposa de Jean, la llevó de regreso con su madre. Marie escribió: Lloró mucho en casa, y luego se fue a jugar con sus amiguitos. No pidió ningún detalle y al principio tenía miedo de hablar de su padre”.

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Pocos días después, Marie empezó el diario. Transcribió durante casi un año los sentimientos que no mostraba a los demás. Sus páginas eran el vínculo que la mantenía unida a Pierre, la terapia que la ayudaba a lidiar con la tragedia. Le escribía como si estuviese presente. Esto podría resultar curioso si no fuese porque se sabe que los Curie, y Pierre de forma especial, creían en el espiritismo. Puede que ella pensase que mediante el cuaderno establecía una cierta comunicación con él o puede que, simplemente, se dirigiese a él de esta forma para sentirlo más cerca.

El matrimonio había asistido junto a sus amigos Crookes, Jean Perrin, George Gouy y Paul Langevin a varias sesiones de espiritismo con la médium Eusapia Palladino. Las consideraban “experimentos científicos” y tomaban notas minuciosas. Según la historiadora Anna Hurwic, los Curie “creían que era posible descubrir en el espiritismo la fuente de una energía desconocida que revelaría el secreto de la radiactividad”. En esa época se estaban descubriendo muchas radiaciones invisibles y creían que se encontraría una explicación científica que confirmase esa creencia. No hay que olvidar que, por aquel entonces, todavía se estaba estudiando el origen de las radiaciones ionizantes y su naturaleza.

La sección del diario que describe el funeral es conmovedora. Marie le asegura que se celebró en la intimidad, con sencillez, que evitó “el ruido y las ceremonias que detestabas”:

“Puse la cabeza sobre [el ataúd]… Te hablé. Te dije que te amaba y que siempre te había amado con todo mi corazón… Me pareció que este frío contacto de la frente con el ataúd me transmitía algo, algo así como la tranquilidad y la intuición de que todavía, encontraría el coraje necesario para vivir. ¿Era una ilusión o una acumulación de energía que procedía de ti y que se condensó en el ataúd cerrado y que me transmitiste… como un acto de caridad?”

“Yo no les permití cubrirlo [el ataúd] con el horrible paño negro. Lo cubrí con flores y me senté junto a él“.

Cuando tomaron el cuerpo para enterrarlo en Sceaux, se horrorizó al pensar que  le introducirían en un hoyo profundo.

“Llenaron la tumba y pusieron gavillas de flores. Todo ha terminado, Pierre está durmiendo su último sueño bajo la tierra, esto es el final de todo, todo, todo”.

Dos días más tarde la nostalgia de sus mejores momentos compartidos inundaba el cuaderno. Recuerda la felicidad que sentían cuando se tumbaban en la cama “abrazados el uno al otro” y le confiesa que aún no ha asumido del todo su partida: “A veces tengo la absurda idea de que vas a volver. ¿No tuve ayer la absurda idea de que eras tú cuando oí cerrarse la puerta de la calle?”

El domingo después del funeral, cambió de actitud y se aisló de la compañía de su familia y amigos en el laboratorio. Lo convirtió en su refugio. Era el lugar donde había estrechado sus vínculos con Pierre, donde habían aprendido a complementarse. Cuando pasaba junto a ella, le acariciaba el pelo y la consolaba en los días terribles en los que, víctima de un agotamiento nervioso, dejaba caer al suelo los destilados, fruto de meses de trabajo. Entre aquellas paredes le sentía más cercano que en cualquier otro sitio, pero al mismo tiempo su desolación era más profunda.

“El domingo por la mañana después de tu muerte, fui al laboratorio con Jacques… Quiero hablarte en el silencio de este laboratorio, en el que no creía que pudiera vivir sin ti.” “Traté de hacer una medición para un gráfico en el que habíamos colocado algunos puntos, pero… me fue imposible continuar… El laboratorio poseía una tristeza infinita y parecía un desierto. Hay momentos en que parece que no siento nada y que puedo trabajar y entonces vuelve la angustia.”

Esa misma mañana, empezó otro cuaderno muy diferente, cuyo objetivo era registrar de forma minuciosa sus experimentos. Durante diez meses, describió e ilustró, los diferentes instrumentos empleados y anotó los parámetros a los que se realizaban las pruebas así como los pequeños ajustes llevados a cabo en caso de repetición. Escritos precisos y analíticos, que parecen escritos por otra persona, por la científica fría y distante que mostraría al mundo, a partir de entonces.

En el laboratorio se impuso una tarea prioritaria: dejar constancia para la posteridad de los logros de Pierre. Para ello, se centró en la investigación en substancias radiactivas verificando algunos de los hallazgos de su marido y terminó el libro que este había dejado a medias negándose a que se le atribuyera mérito alguno por el mismo. También preparó de forma minuciosa la edición de Oeuvres de Pierre Curie, compendio para el que redactó la introducción y escribió su biografía. En esta última citó algunos de los elogios que los amigos y colegas de Pierre le habían dedicado al difunto.

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Paul Langevin, amigo y estudiante, explicó que “mis mejores recuerdos de mis años escolares son los de momentos que pasaba de pie delante de la pizarra en la que se complacía en hablar con nosotros, para despertarnos ideas fructíferas, y en la discusión de la investigación que se formaba a nuestro gusto por las cosas de la ciencia”. Henri Poincaré recordó un pasado más cercano, la noche antes de su muerte cuando se sentó a su lado, “y habló conmigo sobre sus planes y sus ideas“. Lamentaba el “accidente estúpido, que se llevó al hombre que estaba en mejores condiciones para entender la “grandeza de la inteligencia humana“.

Su voluntad por darle a Pierre el reconocimiento que merecía  se ve reflejada en las páginas que contienen a la verdadera Manya “Sólo vivo para tu recuerdo y para que te sientas orgulloso de mí”

Cada texto del diario evidencia su profundo dolor. Incluso la primavera era una amenaza, un insulto a su sentimiento de pérdida. “Quiero decirte que ya no me gustan el sol y las flores; su vista me hace sufrir. Me siento mejor en los días sombríos, como el de tu muerte, y si no odio el buen tiempo, es porque mis hijas lo necesitan… Me paso los días en el laboratorio, eso es lo único que sé hacer…Estoy mejor allí que en cualquier otro sitio” y “Nunca seré capaz de reír sinceramente hasta el fin de mis días”. Empezó a contemplar su propia muerte como una liberación. “Ando como si estuviera hipnotizada sin prestar atención a nada. No me mataré, no deseo ni siquiera suicidarme. Pero entre tantos vehículos, ¿no habrá alguno que me permita compartir la suerte de mi amado?” Le confesó que “la casa, las niñas y el laboratorio son mis constantes preocupaciones”.

La herida permanecía abierta. No se trataba únicamente del vacío que hubiera dejado, la culpabilidad agudizaba el sufrimiento y era tan honda que incluso se avergonzaba de sonreír ante alguna expresión graciosa de sus hijas. Se castigaba por no haber ido al laboratorio con Pierre cuando se lo pidió aquella última mañana. Su respuesta brusca y desagradable, le causaba una angustia inmensa:

“Cuando te fuiste, lo último que te dije no fue una frase de amor y ternura… Nada ha perturbado más mi tranquilidad”.

Georges Gouy fue el asesor financiero de Marie. Esta no poseía ninguna suma de capital destacable pero en los laboratorios de Pierre había algo tremendamente valioso: el radio. George Gouy le aconsejó que solicitase el asesoramiento de un empresario competente para gestionar los problemas que pudiesen surgirle por la posesión de dicho elemento. Pero ella desoyó a todos aquellos que le aconsejaron quedarse con él, a pesar  de que hubiese asegurado el futuro de sus hijas. No tenía ningún interés en obtener beneficios personales  y lo donó al laboratorio.

Marie nunca permitió que se volviera a nombrar a Pierre. Fue gracias a su abuelo que las niñas conocieron mejor a su padre, gracias a las historias y anécdotas que les explicaba cuando se ausentaba Marie.  Esta, inmersa en su calvario personal, no fue consciente del dolor que sentía Irène ni hasta qué punto le había sobrepasado la situación. No le otorgó ninguna importancia a la ansiedad y la angustia que embargaban a la niña cada vez que su madre salía a la calle, ni a las noches que se despertaba con pesadillas preguntando ¿Mé (mamá) no está muerta también? . Sobre ella escribió: “No habla de su padre… Ya no parece pensar en ello, pero preguntó por la foto de su padre que habíamos quitado de la ventana del dormitorio”

En casa, todo les recordaba a Pierre por lo que la familia en pleno decidió mudarse a Sceaux, cerca de las tierras donde había crecido Pierre. En el nuevo hogar, que no entusiasmaba a Marie, podrían disfrutar del aire libre. Su abuelo cultivaría un jardín y las niñas tendrían su propio parque infantil. Todavía estaba aturdida por la pérdida pero el traslado fue un paso necesario.

El 11 de mayo de 1906, cuando todavía no había transcurrido un mes de la muerte de Pierre, Georges Gouy y Paul Appell quisieron ayudarla gestionando los trámites para ofrecerle una pensión nacional. Pero ella la rechazó, creía que era demasiado joven para aceptarla, que tenía capacidad suficiente para mantenerse a sí misma y a sus hijas. El New York Times, sin embargo, desconocedor de la negativa de la física informó que “el Consejo de Ministros ha decidido que el Ministro de Educación introduzca un proyecto de ley en la Cámara de Diputados para otorgar una pensión para la viuda e hijos del profesor Curie, el descubridor del radio, que murió en París el pasado jueves al ser atropellado por un carro en la Place Dauphine. Este periódico de EEUU parecía tener predisposición por informarse a medias y había olvidado el papel de Marie en el descubrimiento del radio.

Era un momento importante en el que debía pensar en su propia carrera profesional y en el futuro de las tareas que desempeñaba Pierre. Pero ella aún no se sentía con fuerzas para tratar estos asuntos. Así que  su familia y amigos se pusieron manos a la obra. Para empezar informaron al decano de que Marie, por aquel entonces asistente de Pierre, era el único físico francés capacitado para sucederle. La respuesta por parte del Consejo de la Facultad de Ciencias no pudo ser mejor, pese a que ninguna mujer había ocupado esa posición, decidió de forma unánime ofrecerle la cátedra (aunque el puesto tardó dos años en reconocerse oficialmente). Y no sólo eso sino que también se le dio la cátedra creada especialmente para Pierre, que este sólo había ocupado dieciocho meses. Casi un mes después de la muerte de su marido, Marie escribió en su diario que había sido nombrada oficialmente su sucesora. No hubo más entradas en el diario entre junio y noviembre.

“Me han propuesto que ocupe tu lugar, Pierre mío… He aceptado. No sé si es bueno o malo. Tú me decías a menudo que te habría gustado que diera un curso en la Sorbona. Además, me gustaría al menos hacer un esfuerzo para continuar tu trabajo. A veces me parece que esa es la manera en que me resultará más fácil vivir; otras me parece que estoy loca por llevarlo a cabo.”

A mediados de junio sucedió lo que en un momento u otro tenía que ocurrir. Marie reconoció al fin que Pierre no volvería nunca más. Esa noche le pidió a Bronia que la acompañase  a su dormitorio. Tomó un paquete de la alacena y lo abrieron entre ambas. Su interior contenía un paño blanco que envolvía las ropas que llevaba Pierre el día de su muerte. Estaban todas manchadas de sangre y barro seco. Con un par de tijeras Marie comenzó a destrozarlas y a arrojarlas al fuego. Hasta que se detuvo de pronto al encontrarse algunos fragmentos de tejido cerebral. No pudo seguir y deshaciéndose en lágrimas, empezó a besarlas. Bronia tomó el relevo y no permitió que su hermana se viniese abajo. Agarró las tijeras y prosiguió cortando y quemando los restos de ropa. Era necesario empezar una nueva etapa y Marie tomó esa determinación, se concentraría en su familia remanente y en la ciencia. Pero la alegría tardaría mucho tiempo en regresar a su rostro.

Se preparó a fondo para impartir el curso de Pierre en la Sorbona. Destinó a ello casi todo el verano y principios del otoño. Era muy consciente de que sería observada con lupa. Estaba en juego un tema que transcendía el ámbito académico y que le confería una responsabilidad extra. Siendo la primera mujer en dar una clase en la Sorbona, su éxito demostraría que se podía contar con profesoras en las universidades de más prestigio. Conclusión obvia que a algunos científicos de la época les resultaba incómoda.

La clase de Marie empezaba a la una y media de la tarde pero a las diez de la mañana del 5 de noviembre de 1906, cientos de personas ya hacían cola delante de la puerta de la sala de conferencias de Física de la Sorbona. Los motivos que movilizaron a tal cantidad de asistentes fueron diversos: la búsqueda de conocimiento, el apoyo personal y profesional, las reticencias respecto a las mujeres como docentes o la contemplación de un drama. Algunos imaginaban una Marie Curie destrozada que entre sollozos dedicaría unas emotivas palabras a Pierre. Individuos que desconocían por completo el carácter de la física que ya se había construido una máscara de frialdad para enfrentarse al mundo

Las puertas de la sala de una capacidad para ciento veinte personas, se abrieron a la una y cuarto de la tarde. Cientos de personas se precipitaron al interior.  Entre ellas dos invitados de excepción, el doctor Eugène Curie e Irène. La niña, agarrada a la mano de su abuelo, había querido asistir a ver a su adorada madre.

La multitud tenía la vista puesta en dos grandes portones de entrada situados delante de la sala, detrás del banco rectangular en el que Pierre daba clase y mostraba sus experimentos. Esperaban una entrada triunfal que no se dio. La entrada de Marie pasó desapercibida en un principio puesto que entró por una puerta del fondo. La audiencia no irrumpió en aplausos  hasta que su figura vestida de negro llegó a la mesa. Cuando cesó la ovación, Marie empezó a hablar con voz fría, sin rastro alguno de emoción.

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Marie Curie impartiendo clase en la Sorbona

“Cuando examinamos los progresos que hemos realizado recientemente en el campo de la física, en un periodo de tiempo de sólo doce años, nos sorprende ciertamente una evolución que ha alimentado ideas fundamentales sobre la naturaleza de la electricidad y de la materia. Esta evolución se ha debido, en parte, a una minuciosa investigación de la conductibilidad eléctrica de los gases, así como al descubrimiento y al estudio de los fenómenos de la radiactividad.”

Su clase comenzó en el sitio exacto en que la había dejado Pierre. Pero pocos fueron quienes repararon en ello. La profesora Curie fue seca y distante, pero la verdadera Marie lo vivió de una manera muy intensa. Las pruebas, una vez más, están en el diario:

“Ayer di mi primera clase en sustitución de mi Pierre. ¡Qué pena y qué desesperación! Te habría encantado verme de profesora de la Sorbona y yo misma la habría dado gustosamente para ti, pero darla en tu lugar, Pierre mío, nadie podría soñar nada más cruel. Cómo sufrí con ello y qué deprimida estoy. Pienso de veras que ha desaparecido toda mi voluntad de vivir y no me queda nada más que el deber de criar a mis hijas y la voluntad de continuar el trabajo que he aceptado. Es posible que también el deseo de demostrar al mundo y sobre todo a mí misma que aquello que tú amabas tanto tiene algún valor real.

También tengo la vaga esperanza, pero ¡ay! muy vaga, de que quizá tú conozcas mi triste vida y el esfuerzo y que estés agradecido, y de que yo te encuentre quizá más fácilmente en el otro mundo si existe… Esa es ahora la única preocupación de mi vida. Ya no puedo pensar en vivir para mí, ni quiero ni puedo, ya no me siento viva ni joven, ya no sé qué es la alegría y ni siquiera el placer. Mañana cumpliré 39 años…”

Cinco años más tarde, Marie abandonó el luto. Mantuvo un romance con el exalumno y colaborador de su marido Paul Langevin que le acarreó situaciones dolorosas y desagradables, como el chantaje por parte de la mujer de Langevin de publicar las cartas que le había robado. Se puso en entredicho su reputación, fue denostada por la prensa y atacada por antiguos amigos de Pierre y enemigos propios que le solicitaron que abandonase Francia. Incluso la concesión de su segundo Premio Nobel se vio ensombrecida por este asunto. Por fortuna, personas como el hermano de Pierre o algunos de sus colegas, siempre permanecieron a su lado. Su dolencia renal se agravó y fue llevada al hospital 18 días después de la conferencia del Nobel. Mientras guardaba reposo aislada del mundo, cayó en una profunda depresión. Sentía que había deshonrado el nombre de Curie.

Finalmente, a principios de diciembre de 1912, retomó su trabajo experimental. Su relación amorosa con Langevin había terminado y abandonó definitivamente el “Maria Slodowska” que había empleado de forma ocasional aquel último año, con el consiguiente disgusto de Irène. A partir de entonces, tal y como figura en el libro de homenaje a su marido “La radiologie et la guerre”, volvió a firmar y sentirse la “Señora de Pierre Curie”.

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BIBLIOGRAFÍA

“Marie Curie y la radiactividad” J. M. Sánchez Ron

“Marie Curie, genio obsesivo” Barbara Goldsmith

“Marie Curie” Peter Ksoll y Fritz Vögtle

“Marie Curie y su tiempo” J. M. Sánchez Ron

“Marie Curie. Una biografía” Marilyn Bailey Ogilvie

Acerca de Laura Morrón

Licenciada en Física por la Universidad de Barcelona y máster en Ingeniería y Gestión de las energías renovables por IL3. Tras años dedicada a la protección radiológica, he encontrado un empleo, como editora y coordinadora editorial de Next Door Publishers, que aúna mi pasión por la divulgación científica y la literatura. Aparte de esta labor, también ejerzo de divulgadora en mi blog «Los Mundos de Brana» —premiado en la VI edición del Concurso de Divulgación Científica del CPAN— y en las plataformas «Naukas» y «Hablando de Ciencia». He colaborado en el blog «Desayuno con fotones» y los podcasts de ciencia «La Buhardilla 2.0» y «Pa ciència, la nostra». Soy socia de ADCMurcia, AECC, Cienciaterapia, Asociación Podcast y ARP-SAPC. En 2015 tuve el honor de ser galardonada con el premio Tesla de divulgación científica de «Naukas».
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24 respuestas a El diario de Manya

  1. Genial entrada Laura. Maravillosa. Me ha encantado. He sentido sentido lo mismo que cuando leía el libro de Rosa Montero “La ridícula idea de no volver a verte” en donde aparece al final el díario de Marie. Enhorabuena.

  2. molinos dijo:

    A ver si ahora me deja.

    Me ha encantado el post pero eso ya te lo he dicho. Sobre la idea de sentarse a escribir cuando se pierde a la pareja, te recomiendo sino lo conoces el libro de Joan Didion “El año del pensamiento mágico” que escribió al morir repentinamente (como Pierre Curie) su marido. Es un libro estremecedor en el que ella analiza su luto, cada sentimiento y cada momento y en el que muestra la misma incredulidad que Marie Curie hacia la muerte…dice algo así como “creía que aparecería porque sus zapatos estaban en el armario…nadie se va sin zapatos”. Es un libro duro pero te lo recomiendo muchísimo. Está reseñado en mi blog…y bueno de Didion te recomiendo todos.

    Un beso
    Moli

    • Finalmente sí Moli 😉
      Siento mucho que te lo haya puesto tan difícil. Al final yo he recibido dos.
      Queda anotado el libro que dices. La frase me ha puesto la piel de gallina.
      Miraré la reseña en tu blog
      Un besote,
      Laura

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  4. Fernando Cervera dijo:

    Muy bueno tu post, increible. Me ha gustado tanto que voy a poner un enlace a tu blog desde mi blog. Un saludo desde Valencia.

  5. Hola Laura,
    todo el día sin internet y cuando he visto todos los comentarios en twitter me he imaginado que debía ser genial… y me he quedado corto! Cuando escribiste la historia de Feynman y Arlene me emocioné muchísimo porque es uno de los dos Físicos que mas admiro. La otra Física que más admiro es Marie Curie. He leído mucho sobre su vida y obra, incluyendo todos los libros que pones en las referencias, y cada vez que releo algo sobre su historia, siento lo mismo que leyendo tu post… Sin palabras!!
    Muchas gracias y enhorabuena!!
    Jorge

    • Eres tan majo Jorge, me alegro muchísimo de que te haya gustado, y más aún si ya conocías la historia.
      Es un lujo tener lectores como tú.
      Un beso muy fuerte,
      Laura

  6. Se lee de un tirón, da gusto leerte. Plas, Plas.
    Te apunto otro libro reciente sobre Marie Curie (de la colección RBA que ahora sacará los domingos El País): Marie Curie “Los secretos mejor guardados de la materia”, lo firma Adela Muñoz Páez. Lo tengo a medias pero está muy bien. (El que no he leído aún es el de Rosa Montero… del que mucha gente habla)

    • Enrique, que un escritor tan bueno como tú me digas que “da gusto leerte” me ha disparado el felicidómetro, en serio.
      Me apunto el libro, si te gusta seguro que será bueno.
      Gracias por comentar,
      Un besote,
      Laura

  7. Maravillosa lectura. Una mujer fascinante, sin duda.
    Un gustazo, si.
    Patricia

  8. Había pensado comentar algo como que es un texto muy bien escrito y que, a pesar de lo extenso, mantiene el interés hasta el final. A pesar de que es cierto, creo que me quedaría en la superficie y esta anotación merece algo más (cualquiera que lea tus publicaciones sabe que escribes muy bien).

    Me ha parecido una exposición muy rigurosa que me hace comprender no solo la cantidad de tiempo que has tenido que dedicar a documentarte sino, al mismo tiempo, que posees la capacidad de síntesis imprescindible para no extenderte demasiado. Además, me ha impresionado la forma de hilvanar y hacer hincapié en detalles que quizás han podido ser tratados de forma tangencial en las obras que referencias en la bibliografía. Es decir, creo que has imprimido un sello muy personal en lo que querías contar teniendo presente lo conocido del personaje (desconocía muchas de las anécdotas que relatas).

    En definitiva, como lector tengo que agradecerte varias cosas: primero, que te esfuerces tanto por contar bien las cosas; segundo, que no escatimes rigor y minuciosidad aún a costa de parecer que escribes “demasiado” (no comparto esa ley tácita de que un buen bloguero no debe escribir anotaciones muy extensas para no cansar al lector); por último, que le des ese toque de profunda humanidad al relato.

    Enhorabuena por el trabajo y gracias por compartirlo.

    • José Luis, me he emocionado tanto con tus palabras que no sé ni qué decir. Gracias, de corazón. Comentarios como este son los que me dan muchísimos ánimos para continuar, para seguir explicándoos cosas. Me hacen sentir útil. Recibir un reconocimiento así de divulgadores tan grandes como tú no tiene precio y no se olvida. Gracias por estar ahí siempre y por tu apoyo.
      Un besazo,
      Laura

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  17. nisamarymati dijo:

    Laura, te iba a escribir algo muy bonito para agradecer tu exquisitez ..Al segundo punto y aparte se han desbordado las emociones. Sólo puedo decir GRACIAS, GRACIAS

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