Charles Robert Darwin, antes del viaje a bordo del HMS Beagle

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Página de la historieta “Darwin. La evolución de la teoría” de Jordi Bayarri

Sube a bordo con el pulso acelerado. Las mejillas encendidas reflejan la emoción de aquel que va a emprender una gran aventura. Al final, su padre ha aceptado que participase en el viaje a regañadientes, gracias a la intervención de su tío. El objetivo de la expedición es recorrer la costa de América del Sur para cartografiarla y él va de acompañante del capitán Robert FitzRoy, que ha solicitado un compañero de viaje educado, con inquietudes científicas y afición a la historia natural.

Es el 27 de diciembre de 1831 y el joven Charles Robert Darwin, desde la cubierta del Beagle, desconoce que está a punto de vivir el acontecimiento más importante de su vida, que va a emprender una expedición que hará historia.

Charles Robert Darwin vino al mundo el 12 de febrero de 1809 en el hogar familiar conocido como “The Mount”, situado en Shrewsbury. Fue el quinto de seis hermanos: Marianne, Caroline, Susan, Erasmus, Charles y Catherine, con quienes siempre mantuvo una excelente relación. Su familia contaba con un nivel socio-cultural alto. Su padre, Robert Waring Darwin, a quien Charles se refería siempre como “el hombre más sabio que he conocido”, era un célebre médico rural, miembro de la Royal Society de Londres y su abuelo paterno, Erasmus Darwin, fué un eminente médico, botánico, filósofo y poeta que, en 1794, publicó  “Zoonomia, or the Laws of Organic Life”.  Cabe destacar que en esta obra se adelantaban posturas evolucionistas basadas en los conocimientos de biología de la época. Erasmus, a su vez, era un declarado antiesclavista como su amigo y abuelo materno de Charles, Josiah Wedgwood. Este último, célebre artesano y ceramista, creó el gres, inventó el pirómetro que lleva su nombre y construyó un pueblo para los obreros de su fábrica de cerámica, que llamó Etruria. Su hija Susannah Wedgewood, madre de Charles, contaba con mucha habilidad artística e inventiva. Murió cuando él tenía ocho años y en su casa se evitó nombrarla por consideración al luto de sus hermanas. Años después, Charles sólo recordaba de su madre, el vestido de terciopelo negro que vestía en su lecho de muerte.

Charles inició sus estudios elementales, a los ocho años, en la pequeña escuela unitaria del reverendo G. Case y, un año más tarde, se incorporó con su hermano Erasmus al gran internado del Dr. Butler, Schrewsbury School, donde permaneció hasta los dieciséis. No le gustaban las clases que se daban, aborrecía las materias y las preguntas y respuestas rutinarias. Sólo se volcaba e intentaba dominar los temas que despertaban su interés, como la geometría euclidiana, la pintura, la música, Shakespeare, Milton, Wordsworth, Coleridge, Shelley, Scott, Byron, Horacio o los problemas de ciencias naturales que no se enseñaban en la escuela. De hecho, tal y como él mismo decía “nació naturalista” y desde muy pequeño fue un apasionado de la naturaleza. No era ningún niño prodigio, era un soñador que disfrutaba anotando las observaciones que hacía en sus recorridos solitarios por los bosques; coleccionando animales, conchas, minerales y vegetales; y leyendo libros sobre la naturaleza: “La pasión por coleccionar que lleva a un hombre a ser un naturalista sistemático, un virtuoso o un avaro era muy fuerte en mí, y claramente innata, puesto que ninguno de mis hermanos o hermanas tuvo jamás esta afición”.

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Página de la historieta “Darwin. La evolución de una teoría” de Jordi Bayarri

Durante el último año en el colegio, su hermano Erasmus le inició en los fundamentos de la química e instalaron un pequeño laboratorio en una caseta del jardín. Trabajaban hasta altas horas de la noche y Charles se ganó el apodo de “Gas” por parte de sus compañeros de curso. El Dr. Butler se burlaba de su interés por la química y le llamó la atención por perder el tiempo de esa manera. Cuando su hermano se fue a estudiar medicina, prosiguió con los experimentos mientras mantenía correspondencia con él.

Finalmente, tras siete años en el internado, su padre se dio cuenta de que la enseñanza que se impartía allí dejaba indiferente a su hijo y creyó que la medicina podía ser una buena alternativa. Así que, durante el verano de 1825 lo llevó a sus visitas médicas como aprendiz y en octubre lo envió a estudiar medicina en la Universidad de Edimburgo como su hermano mayor. Ambos eran uña y carne, y poder compartir todo ese tiempo, fue un motivo de alegría para Charles. Pero la ilusión se desvaneció pronto, se dio cuenta de que no encajaba, su padre se había equivocado.  Las asignaturas y las conferencias le parecían aburridísimas: “las lecciones de materia médica del Dr. Duncan a las 8 de la mañana, en invierno, me han dejado terribles recuerdos” y el Dr. Duncan que daba dichas conferencias “era tan erudito que su sabiduría no dejaba espacio a su sentido común”. La anatomía sobre el cadáver le repugnaba y no soportaba la contemplación de la sangre. Aún situándose lejos, en las filas más altas del anfiteatro, no fue capaz de quedarse hasta el final de dos intervenciones quirúrgicas practicadas a niños atados con correas y sin anestesia. Es posible que estas experiencias traumáticas acabasen de convencerle de que no podría ejercer la medicina. Al fin y al cabo, tampoco era necesario, la herencia de su padre le permitiría subsistir con cierto confort.

Sin embargo, en Edimburgo, no todo había sido negativo y el resto de asignaturas las superó sin dificultad. Por eso, pese a ser consciente de que no seguiría estudiando medicina, regresó a la universidad, para cursar su segundo año. Dedicaría sus esfuerzos a la asignatura de Historia Natural. Como su hermano ya no estaba, decidió entrar en una sociedad estudiantil llamada Sociedad Pliniana que había fundado el profesor de Historia Natural y geología Robert Jamenson. Se reunían en el sótano de la Universidad para discutir acerca de los temas más diversos y también hacían excursiones, cazaban y disecaban animales. Allí conoció al médico y zoólogo Robert Grant, especialista en invertebrados, que le proporcionó abundante información sobre los mismos que más tarde le sería de utilidad. Profesaba gran admiración hacia su abuelo y le trató como a un discípulo haciéndole partícipe de sus propias investigaciones y llevándole a las reuniones de sociedades científicas como la Wernerian o la Royal Medical Society. En marzo de 1827, Darwin presentó su primer trabajo propiamente científico acerca de la reproducción de una colonias de pólipos llamados Flustra, en la Sociedad Pliniana. Y ese mismo año abandonó definitivamente Edimburgo y la medicina.

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Página de la historieta “Darwin. La evolución de una teoría” de Jordi Bayarri

Su padre tuvo un gran disgusto y, haciendo de nuevo gala de sus poderes como visionario, le auguró: “serás una desgracia para ti y tu familia”. Charles, por su parte, también estaba preocupado. Sabía que no valía para la medicina pero temía acabar convertido en un señorito ocioso. Por eso aceptó la decisión de su progenitor de proseguir su formación en Cambridge con el fin de dedicarse a la vida eclesiástica. Su fe en los dogmas de la iglesia anglicana no era demasiado sólida pero muchos naturalistas eran eclesiásticos y convertirse en un párroco rural dedicado al estudio de la Historia Natural no le parecía tan mala idea.

Así que llegó a Cambridge en enero de 1828, después de nueve meses cazando y repasando latín y griego con su tío Josiah Wedgwood. Se instaló en el Christ College y descubrió a su primo William Darwin Fox del que se hizo inseparable. Ambos compartían aficiones, les gustaba el campo, montar a caballo y recolectar cualquier cosa que les llamase la atención. Fox le inició en el coleccionismo de escarabajos y esta se convirtió en la actividad que más placer le deparó en Cambridge. Se lo tomaban muy en serio. Consultaban libros especializados, intercambiaban ejemplares con otros coleccionistas e incluso pagaban a terceros por recolectar especímenes cuando estaban ocupados. Herbert, uno de sus amigos, le regaló de forma anónima su primer instrumento científico: un microscopio. Por lo que respecta a su formación oficial, estaba matriculado en Filosofía y Letras, que eran los estudios preliminares para ser teólogo.

Al año siguiente conoció a la persona que más influyó en su carrera: el Catedrático de Botánica John Stevens Henslow. Sus clases eran muy solicitadas y se acompañaban de salidas al campo y largas conversaciones en su casa sobre Historia Natural. Su estrecha relación con él le valió a Darwin el sobrenombre de “el que camina con Henslow”. Y fue Henslow quien, en su último año, medió para que el catedrático de Geología Adam Sedgwick le llevase a una de sus expediciones geológicas por el norte de Gales. Allí pudo aprender aspectos muy importantes del trabajo científico. Como él mismo dijo: “con anterioridad nada me había mostrado tan claramente que la ciencia consiste en agrupar datos para poder extraer de ellos leyes o conclusiones generales”.

En agosto de 1831, cuando se disponía a regresar a Cambridge en octubre, para iniciar la formación especializada en teología se produjo un acontecimiento que cambió su vida. El día 29 recibió una carta de Henslow en la que le proponía participar en un viaje organizado por el Almirantazgo a América del Sur. El capitán del HMS Beagle, Robert Fitz-Roy, quería tener a bordo a un acompañante cultivado con quien poder conversar sobre ciencia e historia natural y Henslow, tras rechazar la invitación, recomendó a Darwin. Admiraba su curiosidad y fascinación por la naturaleza, sabía que era el candidato ideal. El padre de Darwin, por el contrario, no pensaba lo mismo. Los barcos no eran seguros y no le gustaba la idea de que su hijo navegase por las peligrosas zonas del trópico, conocidas como “cementerios del hombre blanco”. Se opuso rotundamente al viaje y elaboró una larga lista de objeciones. Todo parecía perdido para el joven hasta que, de pronto, su padre dijo aquellas palabras: “si encuentras a un hombre con sentido común que te aconseje que vayas, lo consentiré”. Charles se sintió triunfal, tenía a ese hombre. Satisfecho corrió en busca de su tío Josiah que, tal y como él esperaba, supo rebatir, uno por uno, todos los argumentos de su cuñado. Su padre se rindió, dio su consentimiento y se prestó a echarle una mano.

Charles estaba eufórico. Desde septiembre a diciembre reunió todo lo que necesitaba para la expedición. Sólo faltaba la prueba final, la entrevista con Fitz-Roy. Si no la superaba no podría embarcarse en el HMS Beagle. Y a punto estuvo de quedarse en tierra. El capitán creía poseer el don de leer la personalidad de las personas en las facciones de su rostro y consideró que la nariz de Darwin era la de un hombre falto de decisión. Afortunadamente, acabó aceptando al poseedor de la nariz que le disgustaba y todo quedó resuelto. Ya sólo faltaba esperar a que llegase el día de zarpar.

Es el 27 de diciembre de 1831 y el joven Charles Robert Darwin, desde la cubierta del HMS Beagle, desconoce que está a punto de vivir el acontecimiento más importante de su vida, que va a emprender una expedición que hará historia.

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DESCUBRE CÓMO CONTINUA LA HISTORIA EN “LA BUHARDILLA 2.0”

Durante el mes de febrero, el programa de ciencia y humor “La Buhardilla 2.0” conmemora el 206º aniversario del nacimiento de Darwin ofreciéndonos a los oyentes un viaje extraordinario a través de la teoría de la evolución. Durante esta expedición radiofónica sin igual, cuatro guías expertos de la plataforma de divulgación Naukas nos acercan los aspectos fundamentales que permiten que vivamos la creación de la teoría, la entendamos, la situemos en su contexto histórico y  comprendamos su repercusión y vigencia en la actualidad. (Para más información consulta la entrada publicada en Naukas)

Programación del Mes Darwin

 07/02/2015: La Expedición – Javier Peláez (@Irreductible) – audio

14/02/2015: La Teoría – Antonio José Osuna (@Biotay) – audio

21/02/2015: El Impacto – César Tomé (@EDocet) – audio

28/02/2015: La Actualidad – Ernesto Carmena (@Paleofreak) – audio

 Tan pronto se vayan emitiendo los programas, añadiré los enlaces.

Acerca de Laura Morrón

Licenciada en Física por la Universidad de Barcelona y máster en Ingeniería y Gestión de las energías renovables por IL3. Tras años dedicada a la protección radiológica, he encontrado un empleo como directora editorial de Next Door Publishers, que aúna mi pasión por la divulgación científica y la literatura. Aparte de esta labor, también ejerzo de divulgadora científica en mi blog «Los Mundos de Brana» —premiado en la VI edición del Concurso de Divulgación Científica del CPAN—, en el podcast «Crecer soñando ciencia» y en las plataformas «Naukas» y «Hablando de Ciencia». He colaborado en el blog «Desayuno con fotones» y los podcasts de ciencia «La Buhardilla 2.0» y «Pa ciència, la nostra». Soy socia de ADCMurcia, Cienciaterapia, Asociación Podcast y ARP-SAPC. En 2015 tuve el honor de ser galardonada con el premio Tesla de divulgación científica de «Naukas».
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12 respuestas a Charles Robert Darwin, antes del viaje a bordo del HMS Beagle

  1. mcastigarcia dijo:

    Reblogueó esto en mcastigarciay comentado:
    En el aniversario de Mr Darwin

  2. Pingback: Charles Robert Darwin, antes del viaje a bordo ...

  3. Ahhhh, ya estaba enganchado a la lectura y no continúa. Seguiremos viaje o nos quedamos como con D. Javier Peláez en la buhardilla, prácticamente sin subirnos al barco?

  4. Si hubiese desembarcado en Tenerife creo que muy probablemente no hubiera continuado viaje. Tan solo en la laurisilva hubiera hallado 19 especies de árboles diferentes, y endemismos que no solo lo son de Canarias (con sus parientes en Madeira, Azores y Cabo Verde), sino específicos de cada isla, e incluso de una minúscula parte de un bosque, y solo se dan en ese lugar. Se hubiese quedado con los ojos fuera de las órbitas.
    Y tras aprovechar para hacer descaradamente publicidad de mi tierra, felicidades por el artículo 🙂
    Ah, como comenta Esteban Linares, nos hemos quedado con la miel en los labios. Continuarás, ¿no?

  5. Melli dijo:

    Precioso enfoque de la biografía de Darwin. El relato de Javier Pelaez tambien estuvo genial. Yo estoy aprendendo cosas que no sabia. Gracias

  6. Pingback: Lo Mejor de la Semana (8-14 de febrero) | Hablando de Ciencia | Artículos

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