Desde hace años, un pequeño batallón de asnos trabaja en el entorno de Doñana reduciendo la vegetación que alimenta los incendios. Detrás hay animales rescatados, mujeres voluntarias, jornadas agotadoras y una falta de apoyo institucional que ahora puede acabar en una marcha hasta Sevilla.

Conocí a Ainhoa antes de comprender del todo la importancia de su trabajo. Ella participaba en el taller de cepillado de las actividades de divulgación que organiza la Asociación El Burrito Feliz.
Era la primera vez que asistía y me quedé prendada de Ainhoa. Esa burra pequeña, de pelo oscuro, perteneciente a la raza de las Encartaciones. Una raza originaria del País Vasco, de tamaño reducido, fuerte y adaptada a terrenos difíciles. Ainhoa es tranquila. Muy tranquila. Y quizá por eso resulta difícil imaginarla como parte de una unidad dedicada a combatir uno de los grandes problemas ambientales de nuestro tiempo.
Pero Ainhoa es una burra bombera.
No apaga incendios. Hace algo mucho menos espectacular y, precisamente por eso, demasiado invisible: trabaja para que el fuego encuentre menos combustible cuando llegue.
Ainhoa forma parte de la Unidad de Burros Bomberos de Doñana, vinculada a la Asociación El Burrito Feliz y al colectivo Mujeres por Doñana. Desde hace años, estos animales realizan labores de desbroce preventivo en el entorno de Hinojos, junto a uno de los espacios naturales más valiosos y frágiles de Europa.
La idea parece sencilla. Allí donde la hierba seca y el matorral se acumulan, el fuego encuentra combustible. Los burros comen esa vegetación y reducen la carga disponible para las llamas. Pero detrás de esa frase, «los burros desbrozan», existe una logística mucho más compleja de lo que parece.

Un cortafuegos que come
La jornada puede comenzar alrededor de las ocho de la mañana. Primero hay que seleccionar el terreno y delimitar la zona de trabajo. En algunos lugares se utilizan vallas móviles; en otros, sistemas de pastor eléctrico. Los recintos pueden alcanzar aproximadamente los veinte por cincuenta metros.
Después llegan los burros.
No se trata de soltarlos sin más en el bosque. Los animales trabajan en áreas seleccionadas y son supervisados. Permanecen allí durante horas, con una jornada que puede rondar las siete horas, aunque el calor obliga a adaptar los tiempos porque su bienestar debe estar por delante de cualquier objetivo de desbroce.
Mientras comen, ocurre algo importante: desaparece parte de la vegetación que, seca, podría favorecer la propagación de un incendio. En cambio, permanece la vegetación verde. Porque los burros seleccionan y empiezan por el pasto seco.

No es una ocurrencia pintoresca. El pastoreo puede contribuir a reducir la carga de combustible vegetal y forma parte de las herramientas de gestión del territorio frente al riesgo de incendios. El propio proyecto de Doñana ha despertado atención nacional e internacional. En marzo de 2026, National Geographic dedicó un amplio reportaje a los burros bomberos españoles y presentó la experiencia de Doñana como uno de los ejemplos destacados de esta recuperación del pastoreo para la prevención.
Y, sin embargo, conviene no convertir a los burros en personajes de cuento ni atribuirles poderes que no tienen. Ellos no son «la solución» a los incendios forestales. Ningún animal puede sustituir la planificación territorial, la gestión forestal, los medios de prevención, la vigilancia o unas políticas adecuadas frente al cambio climático y el abandono rural.
El pastoreo preventivo es una herramienta.
Una herramienta antigua frente a un problema cada vez más grave.

El trabajo invisible detrás de los burros
La imagen de un grupo de burros comiendo tranquilamente entre la vegetación puede resultar amable. La realidad humana que sostiene esa escena lo es bastante menos.
Hay que trasladar animales. Montar y mover cerramientos. Vigilar. Organizar las parcelas. Adaptarse al calor. Atender su alimentación, sus cuidados y sus gastos veterinarios.
Y hay que llevar agua.
Este detalle quizá explique mejor que ningún otro lo que significa mantener el proyecto. Según ha relatado Cristina Mariño, coordinadora de la Unidad de Burros Bomberos de Doñana y presidenta de Mujeres por Doñana, si trabajan diez burros y cada uno necesita veinte litros, son doscientos litros de agua. Cuando los vehículos no pueden acceder al lugar, esa agua debe transportarse a mano o en carretilla.
Doscientos litros.
Al día siguiente, otra vez.
Y al siguiente.
El proyecto se mantiene gracias al esfuerzo de la asociación, de sus colaboradoras y de las voluntarias de Mujeres por Doñana. Sus responsables denuncian que llevan años solicitando apoyo institucional sin obtener los medios que necesitan.

Y aquí aparece una de las contradicciones más difíciles de comprender.
Mientras el proyecto recibe atención mediática y reconocimiento fuera de su entorno inmediato, quienes lo sostienen afirman seguir trabajando «a pulmón».
Ni siquiera aseguran estar reclamando grandes subvenciones. Entre sus peticiones hay cosas tan concretas como vallas para delimitar las zonas de desbroce o algún sistema que permita transportar agua. La necesidad se volvió especialmente grave después de sufrir el robo del material utilizado en los cortafuegos.
No piden una tecnología futurista.
Piden poder llevar agua a los burros.
Ainhoa no es una máquina desbrozadora
Hay algo que considero esencial cuando hablamos de estos proyectos: los animales no pueden reducirse a herramientas ambientales.
Ainhoa no es una máquina de cuatro patas.
Los burros tienen necesidades, memoria, preferencias, vínculos y comportamientos individuales. No todos sirven para las mismas tareas. Las personas responsables del proyecto seleccionan animales adecuados por su temperamento y características. En el caso de Ainhoa, su serenidad no es un detalle menor. Para trabajar durante horas en recintos delimitados, un animal excesivamente nervioso podría ponerse en riesgo a sí mismo o a los demás. Por eso, según explican las responsables de la unidad, el carácter de cada individuo importa.

También merece la pena desmontar uno de los prejuicios más persistentes sobre estos animales: la supuesta terquedad del burro.
La literatura especializada en comportamiento asinino insiste en que muchas conductas interpretadas por los humanos como obstinación tienen una explicación. Los burros evalúan situaciones, aprenden de la experiencia, recuerdan y pueden evitar aquello que perciben como peligroso, doloroso o incomprensible.
Quizá el problema nunca fue que el burro fuera demasiado terco.
Quizá fuimos nosotros quienes tuvimos demasiada prisa por entenderlo.
Diez años trabajando. Y todavía pidiendo ayuda
En julio de 2026, la situación ha dado un nuevo giro.
Mujeres por Doñana ha denunciado públicamente la falta de respuesta efectiva a sus solicitudes de apoyo. Según la información publicada, el colectivo había dirigido escritos a la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía y a representantes políticos, sin obtener una solución concreta para las necesidades de la unidad.
Tras años de trabajo y de reclamaciones, estudian ahora una acción difícil de ignorar: una marcha con burritos bomberos desde Doñana hasta la sede del Gobierno andaluz en Sevilla.

La propuesta tiene incluso un lema:
«Juanma, mira a los ojos de estos Burritos Bomberos».
La frase alude de forma explícita a la polémica por una ayuda pública concedida al cantante José Manuel Soto y convierte la marcha en algo más que una petición de material. Es una denuncia política sobre qué proyectos reciben atención, cuáles permanecen invisibles y quién consigue ser escuchado por las instituciones.
Las impulsoras plantean una marcha femenina y reivindicativa. Según las informaciones publicadas, la iniciativa ha despertado incluso simpatías entre colectivos ecologistas de Suiza y podría ir acompañada de acciones en Zúrich relacionadas con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
Caminar para que alguien escuche
Intento imaginar esa marcha.
Mujeres y burros avanzando desde Doñana hacia Sevilla. Despacio, necesariamente. Sin la velocidad de los coches oficiales, sin el ritmo de las agendas políticas, sin la espectacularidad de los grandes dispositivos de extinción.

Paso a paso.
Quizá haya algo profundamente coherente en esa imagen.
Porque también así trabajan los burros bomberos.
No aparecen cuando las llamas ocupan las portadas. No sobrevuelan el incendio. No lanzan agua desde el aire. No protagonizan imágenes dramáticas.
Comen.
Caminan.
Reducen vegetación.
Y al día siguiente vuelven a hacerlo.
La prevención tiene ese problema: cuando funciona, lo que produce es un acontecimiento que no sucede. Un fuego que no avanza. Una llama que encuentra menos combustible. Un incendio que quizá nunca llega a existir.
Es difícil fotografiar una catástrofe evitada.
Todo empezó para mí con Ainhoa
Por eso vuelvo a ella.
A Ainhoa.

A aquella pequeña burra oscura que conocí antes de entender la dimensión de todo lo que había detrás: los cortafuegos, las vallas, las carretillas, los litros de agua, las mujeres trabajando, los animales rescatados, el abandono rural, el matorral que crece, los incendios que regresan y unas instituciones a las que, según denuncian quienes sostienen el proyecto, llevan demasiado tiempo pidiendo ayuda.
A veces imaginamos que proteger un territorio exige siempre grandes innovaciones.
Y, sin embargo, una parte de la respuesta puede tener cuatro patas, dos orejas enormes y miles de años de historia compartida con nosotros.
La pregunta ya no es si los burros pueden seguir siendo útiles.
La pregunta es cuánto tiempo más vamos a permitir que quienes demuestran su utilidad tengan que sostener solos el peso de demostrarlo.












