Eclipsadas

Imagen creada por ChatGPT y yo.

Un eclipse parece, a primera vista, un relato sobre la desaparición. La Luna avanza, cubre el disco solar y durante unos minutos tiñe el día de una luz extraña. Sin embargo, para la ciencia, esa oscuridad nunca ha sido un vacío. Ha servido para calcular, comprobar, fotografiar, enseñar y descubrir. Al ocultar la parte más brillante del Sol, la Luna deja visible lo que normalmente permanece deslumbrado por ella: la corona, esa atmósfera tenue y cambiante que se extiende hacia el espacio.

También la historia de las mujeres en la astronomía está hecha de presencias que durante mucho tiempo quedaron veladas. No porque no estuvieran allí, sino porque sus nombres aparecieron detrás de los de sus colegas, bajo categorías laborales menores, en libros anónimos o en noticias que las trataban como una curiosidad. Reunir a Elizabeth Brown, Shadia Habbal, Nicole-Reine Lepaute, Annie Russell Maunder, Maria Mitchell y Wang Zhenyi no significa afirmar que hicieron lo mismo. Cada una se relacionó con los eclipses de una forma distinta. Una persiguió la sombra; otra estudia lo que la sombra revela; otra calculó por dónde pasaría; otra la fotografió; otra la convirtió en una expedición colectiva; y otra explicó su geometría mediante imágenes y razonamiento.

Detalle de la corona solar durante un eclipse.
Crédito y Copyright: Phil Hart

Ordenadas alfabéticamente por apellido, forman una historia que atraviesa continentes y siglos. No es una línea recta de progreso. Es, más bien, una constelación: seis puntos separados que, al unirlos, muestran una figura.

Elizabeth Brown: perseguir una sombra

Elizabeth Brown nació en 1830 en Cirencester, Inglaterra, y desarrolló una intensa labor como observadora solar. Su entrada pública en la vida astronómica fue relativamente tardía. En 1883 asumió la dirección de la sección solar de la Liverpool Astronomical Society y, años después, desempeñó un papel importante en la creación de la British Astronomical Association, fundada en 1890 y abierta desde el principio a la participación de mujeres. Brown dirigió también su sección solar hasta su muerte, en 1899. Sus observaciones sistemáticas de las manchas solares, acompañadas de dibujos minuciosos, fueron una parte central de su trabajo.

Elizabeth Brown junto a su refractor Wray de 3½ pulgadas. Autoría desconocida; imagen publicada en 1899 en el Journal of the British Astronomical Association.

Pero hay un título que parece escrito para enlazar todas estas biografías: In Pursuit of a Shadow, En busca de una sombra. Así llamó Brown al relato de su viaje a Rusia para observar el eclipse total de 1887. No fue su única expedición. Su obituario en la British Astronomical Association recuerda tres viajes: Rusia en 1887, las Antillas en el invierno de 1889-1890 y Noruega en 1896. Solo el segundo tuvo éxito meteorológico. Los eclipses, entonces como ahora, podían exigir meses de preparación y largos desplazamientos para terminar ocultos detrás de una nube.

La expresión «perseguir una sombra» contiene la paradoja del trabajo de campo con eclipses. La sombra lunar se desplaza sobre la superficie terrestre y obliga a las personas que desean estudiarla a anticiparse, viajar y preparar sus instrumentos en una franja estrecha del planeta. Brown lo hizo en una época en la que una mujer que viajaba con fines científicos todavía era observada casi tanto como el fenómeno que pretendía estudiar. Sus dos relatos de viaje, In Pursuit of a Shadow y Caught in the Tropics, se publicaron originalmente sin que su nombre figurase como autora.

Su legado no depende de un descubrimiento espectacular producido en unos minutos de totalidad. Reside también en la continuidad: observar el Sol día tras día, registrar sus cambios y ayudar a construir espacios colectivos para quienes quedaban fuera de las instituciones más cerradas. Brown persiguió eclipses, pero su trabajo cotidiano se ocupó de aquello que regresaba cada mañana. En ella comienza nuestro recorrido porque entendió que una sombra fugaz solo adquiere sentido cuando se integra en una observación paciente.

Shadia Habbal: estudiar lo que la oscuridad deja ver

Más de un siglo después, Shadia Rifai Habbal sigue viajando allí donde la totalidad permite abrir una ventana excepcional a la corona solar. Investigadora del Institute for Astronomy de la Universidad de Hawái, dirige el grupo internacional conocido como Solar Wind Sherpas. El nombre resume bien la naturaleza de estas campañas: transportar instrumentos, escoger emplazamientos, anticipar las condiciones meteorológicas y coordinar equipos capaces de trabajar con precisión durante unos pocos minutos.

Shadia Habbal fotografiada por Justin Bolle

La corona puede observarse con coronógrafos, instrumentos que bloquean artificialmente el disco solar, y también desde el espacio. Aun así, los eclipses totales ofrecen una combinación singular: permiten registrar con gran resolución estructuras que se extienden desde muy cerca del borde del Sol hasta varias veces su radio. Las observaciones en luz visible y en el infrarrojo cercano proporcionan información sobre la temperatura, la densidad, la composición y el movimiento del plasma coronal, precisamente en una región decisiva para comprender la expansión del campo magnético y la aceleración del viento solar.

El trabajo de Habbal transforma el eclipse en un laboratorio itinerante. Las expediciones ya no consisten únicamente en obtener una imagen detallada de la corona. Utilizan cámaras, espectrómetros, filtros de banda estrecha y observaciones coordinadas desde varios puntos para distinguir líneas de emisión correspondientes a diferentes estados de ionización del hierro. Esas señales funcionan como trazadores de las condiciones físicas del plasma.

A partir de eclipses observados entre 2006 y 2020, el equipo de Habbal relacionó estructuras coronales con distintas corrientes de viento solar. Sus resultados indicaron que las fuentes del flujo solar continuo compartían una temperatura electrónica característica, pese a que la velocidad del viento medido en el espacio variaba considerablemente. Las observaciones durante la totalidad permitieron conectar las propiedades de la corona con las partículas detectadas posteriormente por la misión ACE de la NASA.

En 2026, un estudio dirigido por Habbal combinó más de una década de imágenes obtenidas durante eclipses con observaciones del instrumento WISPR de la sonda Parker Solar Probe. El equipo identificó estructuras turbulentas, entre ellas formas semejantes a anillos vorticiales, originadas cerca de las prominencias solares y encontró pruebas de que podían mantenerse mientras eran transportadas hacia el espacio por el viento solar. La sombra de la Luna permitió registrar formas demasiado débiles para apreciarse junto al disco solar; las imágenes espaciales ayudaron después a seguir su evolución a distancias mayores.

Habbal enlaza a las pioneras históricas con la física solar contemporánea. Brown viajaba para alcanzar la sombra; Habbal organiza redes de observación para multiplicar científicamente esos minutos. En ambos casos hay una lucha contra el tiempo y las nubes. La diferencia está en las preguntas y en la capacidad instrumental. Allí donde antes se dibujaba o fotografiaba una forma, ahora se estiman temperaturas, abundancias y velocidades. Pero la operación esencial sigue siendo la misma: dejar que la Luna apague una luz para poder estudiar otra.

Nicole-Reine Lepaute: calcular el camino de la noche

Antes de perseguir una sombra hay que saber por dónde pasará. Nicole-Reine Lepaute, nacida en París en 1723, fue una de las grandes calculadoras astronómicas del siglo XVIII. Trabajó durante años con Jérôme Lalande en efemérides del Sol, la Luna y los planetas y participó en los complejos cálculos relacionados con el regreso del cometa Halley. Su contribución a la historia de los eclipses se concentra de manera especial en el eclipse solar central y anular del 1 de abril de 1764.

Lepaute calculó sus circunstancias y preparó un mapa que mostraba el paso de la sombra lunar por Europa. La representación permitía reconocer las regiones donde el eclipse sería central o anular y seguir su progresión temporal. La Bibliothèque nationale de France ha subrayado, además, que aquel mapa fue una obra femenina colectiva: a los cálculos de Lepaute se sumaron el trabajo cartográfico de Marie Lattré y el grabado de Elisabeth-Claire Tardieu.

Mapa del paso de la sombra de la Luna durante el eclipse central y anular de Sol del 1 de abril de 1764. Fuente: Gallica–Bibliothèque nationale de France.

Un mapa de eclipse es una forma de escribir el futuro sobre la Tierra. Antes de que la luz cambie, antes de que nadie levante la vista, las matemáticas trazan una línea sobre ciudades, campos y costas. En el siglo XVIII, cuando cada operación debía realizarse a mano y los errores podían acumularse a lo largo de páginas de cifras, predecir la visibilidad de un eclipse requería una enorme disciplina de cálculo.

Lepaute no necesitó situarse bajo la totalidad para estar vinculada al fenómeno. Su lugar estaba en las tablas, los números y la cartografía. Si Brown representa el viaje hacia la sombra, Lepaute representa el conocimiento que hace posible ese viaje. La una se mueve por el mapa; la otra crea el mapa.

Hay también una segunda sombra en su historia: la que cubrió con frecuencia el trabajo de las llamadas calculadoras astronómicas. Sus resultados podían integrarse en obras firmadas por otros científicos o presentarse como tareas auxiliares, aunque exigieran competencias matemáticas avanzadas. Los estudios sobre las colaboradoras de Lalande muestran que Lepaute y otras mujeres asumieron cálculos muy especializados y participaron activamente en la organización material de la producción astronómica.

La recuperación del mapa de 1764 permite mirar el objeto completo: no solo una predicción astronómica, sino una cadena de conocimientos producida por varias mujeres, desde el cálculo hasta la impresión.

Annie Russell Maunder: fotografiar lo invisible

Annie Russell Maunder nació en 1868 en Strabane, en la actual Irlanda del Norte. Estudió matemáticas en Girton College, Cambridge, y superó los exámenes correspondientes al Mathematical Tripos, aunque la universidad no concedía entonces títulos completos a las mujeres. En 1891 ingresó en el Royal Observatory de Greenwich como una de las llamadas «computadoras». El término puede sugerir una labor puramente numérica, pero Maunder fue destinada al departamento solar, donde utilizó un fotoheliógrafo y tomó imágenes del Sol para registrar la posición y la evolución de las manchas solares.

Tras casarse con el astrónomo Edward Walter Maunder en 1895, dejó su puesto remunerado, pero continuó investigando y participando en la British Astronomical Association. Esa vía le permitió intervenir en expediciones de eclipses y acceder a instrumentos con los que desarrollar su trabajo fotográfico. Annie y Walter Maunder participaron en campañas realizadas en lugares como Noruega, Argelia, Canadá y la India.

Annie Russell Maunder. Fuente: Wikimedia Commons.

El 22 de enero de 1898, durante un eclipse total observado desde la India, utilizó una cámara de gran angular que había adaptado para fotografiar la corona. En una de las placas quedó registrada una gran estructura en forma de rayo, hoy descrita como un streamer o penacho coronal. La fotografía no era un recuerdo del acontecimiento: era un documento científico capaz de conservar detalles que el ojo solo podía observar durante unos instantes.

Maunder ocupa un punto decisivo en esta historia. Lepaute había transformado el eclipse en líneas sobre un mapa; Maunder convirtió la luz coronal en una huella sobre una placa. Entre ambas operaciones existe una continuidad profunda. Calcular permite estar en el lugar adecuado. Fotografiar permite que el instante sobreviva.

Sus imágenes formaron parte de una investigación más amplia sobre la actividad solar. Annie y Walter Maunder trabajaron con largas series de observaciones de manchas solares y contribuyeron al conocido diagrama de mariposa, que representa cómo las latitudes en las que aparecen las manchas cambian a lo largo del ciclo solar. Annie fue también autora y divulgadora. El libro The Heavens and Their Story, publicado en 1908 con la firma de ambos, fue descrito por Walter en el prefacio como una obra casi enteramente realizada por ella.

La fotografía de un eclipse nace de una preparación larga y se juega en segundos. Hay que elegir la óptica, la exposición y el encuadre antes de que el cielo se oscurezca. Maunder consiguió que aquella brevedad dejara memoria. Su trabajo nos recuerda que ver no es suficiente: la ciencia necesita instrumentos que conviertan una aparición en evidencia.

Maria Mitchell: observar juntas

Maria Mitchell nació en Nantucket en 1818 y alcanzó reconocimiento internacional tras descubrir un cometa en 1847. En 1865 se incorporó al recién creado Vassar College como profesora de astronomía. Allí desarrolló una enseñanza basada en la observación y llevó a sus estudiantes fuera del aula para estudiar el cielo.

Maria Mitchell representada ante un telescopio. Retrato realizado por Herminia Borchard Dassel en 1851.

Mitchell dirigió expediciones de Vassar para observar eclipses solares en Iowa, en 1869, y en Denver, Colorado, en 1878. La segunda se convirtió en un acontecimiento público. Ella y un grupo de antiguas alumnas recorrieron cerca de dos mil millas para situarse en la franja de totalidad del eclipse del 29 de julio. La prensa las llamó «Vassar girls», una expresión que presentaba como muchachas a mujeres que estaban participando en una empresa científica organizada.

La importancia de aquella expedición no reside en atribuirle un descubrimiento que no produjo. Su fuerza histórica está en la escena misma: un grupo de mujeres instalando telescopios, distribuyendo tareas y realizando observaciones en un espacio científico que muchos consideraban masculino. El eclipse hizo visible la corona, pero también hizo visible a una comunidad de mujeres formadas para investigar.

Mitchell comprendió que enseñar astronomía no era solo transmitir resultados. Era ofrecer acceso a la experiencia de producir conocimiento. El viaje, los instrumentos y la observación compartida permitían que sus alumnas se reconocieran como participantes legítimas en la ciencia. Por eso su historia enlaza especialmente bien con la de Brown, que ayudó a fundar una asociación abierta a las mujeres. Ambas entendieron que las instituciones y las redes importan tanto como el talento individual.

En Mitchell, la sombra deja de ser únicamente un objeto astronómico y se convierte en un lugar de reunión. Sus estudiantes no fueron acompañantes decorativas. Formaban parte del trabajo. Bajo un Sol oculto, la astronomía se volvió una práctica colectiva y una afirmación pública: ellas también estaban allí para medir, anotar y comprender.

Wang Zhenyi: llevar el cielo a una página

Wang Zhenyi nació en China en 1768, durante la dinastía Qing, y murió en 1797, antes de cumplir treinta años. Fue matemática, astrónoma y poeta. Gran parte de su obra se perdió, pero se conserva una colección que incluye textos sobre astronomía y matemáticas. Entre ellos figura Explicación de los eclipses lunares, en el que utilizó diagramas propios para mostrar las fases de la Luna y la geometría del eclipse.

Ilustración contemporánea: Hong Kong Space Museum.

Diversas reconstrucciones contemporáneas de su trabajo describen también un modelo realizado con objetos cotidianos: una mesa redonda, una lámpara suspendida y un espejo, dispuestos para representar las posiciones relativas del Sol, la Tierra y la Luna. Lo esencial es su método: reducir un fenómeno celeste de enorme escala a una disposición que pudiera observarse, razonarse y explicarse.

Wang no persiguió un eclipse por el mundo ni necesitó una cámara. Hizo el movimiento inverso: llevó el cielo a un espacio manejable. En vez de viajar hacia la sombra, construyó una sombra que podía repetirse. Así convertía el eclipse en un problema de posiciones, luz y cuerpos opacos.

Su figura cierra esta serie alfabética, pero también completa el círculo. Brown narró una persecución; Habbal analiza el plasma revelado durante la totalidad; Lepaute predijo la trayectoria; Maunder fijó la corona en una placa; Mitchell reunió a mujeres para observar; Wang explicó el mecanismo con diagramas y modelos. Viajar, medir, calcular, fotografiar, enseñar, representar: seis verbos para un mismo deseo de comprender.

Lo que revela una sombra

Los eclipses no pertenecen a una sola disciplina ni a una sola época. Son problemas de mecánica celeste cuando se calcula su trayectoria; de óptica y tecnología cuando se registran; de física del plasma cuando se estudia la corona; de pedagogía cuando se reproducen sus causas; y de historia social cuando preguntamos quién tuvo derecho a observar, publicar o dirigir una expedición.

Estas seis científicas tampoco forman una genealogía sencilla. No todas se conocieron ni pudieron leer el trabajo de las demás. Vivieron bajo sistemas políticos, culturales e institucionales muy distintos. Unirlas no consiste en borrar esas diferencias, sino en reconocer una resonancia: cada una encontró una manera de trabajar con una ausencia temporal de luz.

En un eclipse, el Sol no se apaga. La Luna solo se interpone entre su luz y una parte de la Tierra. Tal vez por eso la imagen resulta tan adecuada para hablar de mujeres cuya obra quedó oscurecida sin dejar de existir. Recuperarlas no exige inventar heroísmos ni atribuirles descubrimientos que no hicieron. Basta con observar con cuidado: leer los mapas, las placas, los diarios de viaje, los artículos y los registros institucionales.

Entonces la sombra cambia de sentido. Ya no es aquello que borra, sino aquello que permite ver.

Perlas de Baily en el eclipse del 21/08/2017. Crédito y derechos de la imagen: ESA / M.P. Ayucar
Unos segundos antes de la ocultación total se produce el efecto denominado «anillo de diamantes». Ya se puede ver un brillo tenue alrededor del resto del disco Sol-Luna eclipsado y queda un fragmento final de luz solar directa en una pequeña zona, lo que recuerda a un anillo con un diamante de gran brillo. Unos segundos después, justo antes de la ocultación total, aparece una cadena de cuentas de luz solar llamada perlas de Baily que se producen debido al relieve de la Luna. Es la luz que se filtra a través de los huecos del relieve en el borde del disco lunar.

Bibliografía

Elizabeth Brown: obituario y documentación histórica de la British Astronomical Association; estudio sobre la participación infravalorada de las mujeres en las expediciones británicas de eclipses; Corinium Museum.

Shadia Habbal: Institute for Astronomy de la Universidad de Hawái; NASA; artículos científicos sobre el viento solar y las estructuras turbulentas observadas durante eclipses.

Nicole-Reine Lepaute: Bibliothèque nationale de France; Observatoire de Paris; American Philosophical Society; investigación sobre las colaboradoras astronómicas de Lalande.

Annie Russell Maunder: Royal Museums Greenwich y archivo histórico del Royal Observatory Greenwich.

Maria Mitchell: Smithsonian Institution, National Museum of American History y archivos digitales de Vassar College.

Wang Zhenyi: Hong Kong Space Museum, Universidad de Edimburgo y Wellesley College.

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About Laura Morrón Ruiz de Gordejuela

Licenciada en Física por la Universidad de Barcelona y máster en Ingeniería y Gestión de las energías renovables por IL3. Tras desempeñar su labor profesional durante diez años en el campo de la protección radiológica, tuvo la oportunidad de entrar a trabajar en Next Door Publishers, donde, como editora, puede aunar su pasión por la divulgación científica y los libros. Aparte de esta labor, desde 2013, ejerce de divulgadora científica en el blog «Los Mundos de Brana» —premiado en la VI edición del Concurso de Divulgación Científica del CPAN— y en las plataformas «Naukas» y «Hablando de Ciencia». Ha colaborado en los blogs «Cuentos Cuánticos» y «Desayuno con fotones» y en los podcasts de ciencia «La Buhardilla 2.0», «Crecer soñando ciencia» y «Pa ciència, la nostra». Es integrante del Grupo Especializado de Mujeres en la Física de la Real Sociedad Española de Física (GEMF), la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF), El Legado de las Mujeres y la ADCMurcia. En 2015 fue galardonada con el premio Tesla de divulgación científica de «Naukas». Es autora del libro «A hombros de gigantas».
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