Mr. and Mrs. Feynman

Richard y Arlene

Richard y Arlene

Richard conoció a Arlene a esa edad en la que todo hijo de vecino que cuente con una especial torpeza para los deportes se siente tímido, incómodo e inseguro. Para complicarlo aún más Arlene era la chica más popular. Su asistencia a una fiesta era todo un acontecimiento.

En su primer encuentro, no pudo prestarle demasiada atención. Acababa de asistir a una lección iniciática al arte de besar y ya tenía entre sus brazos a la afortunada. Todos anunciaron la llegada de Arlene a la celebración pero en palabras del propio Feynman “no me parecía correcta la antidemocrática conducta de dejar de hacer lo que uno estuviera haciendo sólo porque entrase la reina.” Este hecho no le pasó desapercibido a Arlene, que tiempo después recordaba que todos habían ido a recibirla muy amables excepto un tío que se estaba morreando con una chica.

Las primera vez que le habló durante una fiesta no estuvo demasiado inspirado “¿Qué se siente al ser tan popular?” y apenas bailaron unos pocos minutos. Pero no se rindió y, tiempo después, la invitó al estudio que una amiga de su madre había montado para poder ganarse la vida dando clases de baile. Allí también estaban sus mejores amigos, invitados por su madre para aumentar la clientela de la amiga. Todos respetaron que Arlene había sido invitada por Richard y, como buenos adolescentes, iniciaron una batalla campal por llevarse el gato al agua. Pero en aquella ocasión, el gato no se lo llevó nadie.

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Finalmente le invitaron a una fiesta multitudinaria en la casa de Arlene. Era un acto social importante ya que ella era, sin lugar a dudas, la número uno. Estaba sentado en un sillón nervioso y emocionado, sin entender muy bien qué pintaba en la fiesta. Y pasó. La musa se sentó en el brazo del sofá para hablar con él y en ese momento, para el adolescente, el mundo resplandeció: “alguien que me gusta se ha fijado en mí!”

Podía ser el principio pero quedaba un arduo camino que recorrer, no es una empresa fácil conquistar a una musa. En ocasiones, uno incluso tiene que apuntarse al grupo de arte de un centro juvenil. En el caso de Feynman, el centro pertenecía a la Sinagoga de Far Rockaway. A él sólo le interesaba el grupo científico pero amplió sus miras por amor a la causa. Posteriormente, muchas de las cosas que aprendió en sus sesiones artísticas le fueron de utilidad. El problema es que había rivales. Durante un tiempo Arlene tuvo un noviete llamado Jerone, afortunadamente rompieron y Feynman se sintió esperanzado.

En una ocasión, ella le invitó a ir a su casa para pasar la tarde juntos. Estuvieron discutiendo los deberes de filosofía con los que Arlene tenía dificultades y Feynman puso en entredicho algunos de los razonamientos de Descartes. Con ello, le enseñó una importante lección que había aprendido de su padre: se debe estudiar y ser crítico con cualquier razonamiento, con cualquier idea, con independencia de quien tenga la autoría. Pero aún hubo más. Le hizo experimentar por primera vez el placer de sentirse única a través de la posesión de un conocimiento científico. Ella le había comentado que su profesor siempre les decía que “toda cuestión tiene dos caras, lo mismo que tiene dos caras una hoja de papel”. Él vio su oportunidad de oro y con cara risueña le espetó que incluso eso era discutible. Cortó una tira de papel y construyó una banda de Möbius [artículo en gaussianos]. Sabía de su existencia por la Enciclopedia Británica y por aquel entonces, no era algo tan popular como lo puede ser ahora. La chica quedó maravillada.

Banda de Moëbius

Banda de Möbius

Al día siguiente en clase ansiaba que llegase el momento. Cuando su profesor pronunció una vez más su famosa afirmación Arlene le respondió que había papeles de una sola cara y mostró su banda de Möbius. Y triunfó. Puede que el profesor no lo viese así, pero triunfó y las matemáticas también.  Feynman no sólo es uno de los físicos más brillantes de la historia sino que es un físico que consiguió ligar con una adolescente gracias a una banda de Möbius.

O quizá no. Porque después de Jerone apareció Harold Gast. En este caso no un era un segundón como había pasado con el primero de los novios, pero el asunto estaba reñido. En la ceremonia de graduación, Arlene se colocó al lado de los padres de Feynman y le vio hacer los diferentes paseíllos para ir a recoger los premios a mejor alumno de física, de matemáticas y de química. Desafortunadamente, el contrincante también era brillante y había obtenido los de mejor alumno de lengua inglesa y de historia, además de haber escrito la obra teatral de la escuela.

Pero Feynman subió aún otra vez más mientras el sublime literato se quedaba en su asiento. Le hicieron entrega de su matrícula de honor en lengua inglesa. La había conseguido al obtener una puntuación superior a 90 en el examen de inglés de los Regentes, exámenes de los alumnos de último año de secundaria. Su método fue singular. Decidió hacer la redacción retorcida y rimbombante que un tema tan estúpido como “La importancia de la ciencia en la aeronáutica” pedía a gritos. Y fue un exitazo.

Para acabarlo de rematar, estando reunidos en el vestíbulo los dos graduados con sus familias y con la deseada, se acercó el jefe del Departamento de Matemáticas para advertir a los padres de Feynman que hijos como el suyo se dan muy raramente y que era preciso que le mandasen a la mejor universidad que pudiesen permitirse. Arlene lo escuchó. Richard iba ganando.

05

Ella era redactora de la revista de la Escuela Superior Lawrence, tenía dotes artísticas y era muy buena tocando el piano. Empezaba a pasar tiempo con su familia: enseñaba a tocar el piano a su hermana, salía al bosque a pintar con su padre, etc. Se iban conociendo y “comenzamos cada uno a modelar la personalidad del otro.” Ella le enseñó a ser más sensible con la gente y él a ser más fuerte respecto a la opinión del prójimo. Creía que uno debía escuchar las opiniones de los demás y reflexionar sobre ellas. Pero que en caso de que fuesen absurdas o equivocadas debía desestimarlas de inmediato. Y Arlene asumió también esta manera de afrontar las relaciones con los demás. Ambos decidieron ser siempre sinceros. “Funcionó muy bien, y nos enamoramos muy profundamente, con un amor como ningún otro que yo haya conocido.” En ese momento, a los diecisiete, la familia de Feynman ya sabía que en el futuro habría boda.

Pasado el verano, él fue al MIT (Massachusetts Institute of Technology) ya que no pudo ingresar en Columbia debido la cuota judía que limitaba el número de plazas universitarias a las que podían acceder estudiantes judíos. Desde allí recibía notitas de sus amables amigos contándole que Arlene estaba con uno y con otro. No le afectaba, se sentía seguro de su relación. Al llegar el verano permaneció en Boston con un trabajo temporal y ella aceptó un trabajo cerca de allí para poder verlo. Pero el padre del universitario temió tanta interferencia femenina y les disuadió de seguir viéndose con tanta frecuencia durante su estancia en el MIT. Así que hasta el final de los estudios sólo se vieron en contadas ocasiones.

En una de estas visitas vio que Arlene tenía un bulto en un lado del cuello. Ella no le daba importancia porque no le causaba ninguna molestia. Pero más adelante el bulto cambió y le dio fiebres elevadas. La llevaron al hospital y el médico que la atendió pidió a los padres de Arlene que le dijeran a Feynman que no estorbase. Él se había encarado con el doctor porque, atendiendo a lo que había estado leyendo  en los libros de medicina, estaba equivocado. Y, efectivamente, el diagnóstico del doctor fue erróneo.

Le salieron más bultos y el nuevo doctor atribuyó la infección a las glándulas linfáticas e indicó la necesidad de consultarlo con expertos. Mientras tanto Feynman fue a la biblioteca de Princeton y se leyó todo lo que encontró sobre enfermedades linfáticas. Parecía que Arlene tenía una enfermedad incurable. Y no se lo escondió, al contrario, lo comentaron. Él le explicó todas las patologías que había encontrado en los libros para estar preparados. Una de ellas era el mal de Hogkin.

En el hospital del condado le practicaron un sinfín de pruebas pero no tenían un diagnóstico claro. Le comunicaron que lo más probable es que fuese el mal de Hogkin y le advirtieron que no se lo dijese. Pero él no podía hacer eso, a pesar de que todo el mundo creyese que era un ser malvado contándole que tenía una enfermedad letal. Lo habían prometido, siempre se hablarían con franqueza y harían frente a los hechos. Sin embargo la presión pudo más y Feynman, rendido, tuvo que confirmarle que tenía únicamente una fiebre glandular. Como sabía que había roto su confianza mutua y que ella nunca le perdonaría, redactó una carta de amor de despedida para entregársela cuando descubriese la verdad. La llevaba siempre consigo.

Unos días después, desde su casa, Arlene le llamó por teléfono para hablar con él. Tenía que volverle a hacer la pregunta y en esta ocasión Feynman respondió la verdad y no necesitó entregarle la carta. Ella le conocía y fue la primera en comprender hasta qué punto le había causado dolor ocultárselo. El problema era qué hacían a partir de ese momento.

Arlene

Con el fin de planificar los siguientes años y saber el tiempo del que disponían insistieron a los padres de Arlene que le permitiesen realizarse más pruebas. Y la sorpresa fue mayúscula, tenía tuberculosis de la glándula linfática. Sin la enfermedad de Hogkin las perspectivas cambiaban, la esperanza de vida era mayor. Por ello, no precipitaron la boda.

Él estaba rematando su tesis en Princeton para trabajar en el Proyecto Manhattan y en cuanto se doctoró anunció la boda. La noticia tuvo una acogida pésima. Para su padre casarse tan pronto le arruinaría la carrera como científico y hacerlo con una tuberculosa le daba muchos puntos para contraer la enfermedad. De hecho, la opinión era compartida por toda la familia que llegó al extremo de hacer que se personase el médico de cabecera. El hombre le expuso la peligrosidad de la dolencia y lo fácil que era su contagio. Pero no hacía falta información adicional, ellos ya se habían informado y sabían las precauciones que debían tener.

Pero la oposición a la boda siguió, la nueva estratagema era convencerle de que podía retractarse del compromiso que le había hecho ya que las circunstancias habían cambiado, ya que cuando se lo propuso ella estaba sana. Para él, que pudiesen pensar que lo hacía por mantener la promesa era absurdo. No había papeles de por medio porque se habían visto obligados a esperar para que él pudiese completar sus estudios pero ya estaban casados. Del mismo modo que no era tolerable ni normal que un marido abandonase a su esposa tuberculosa tampoco estaba bien que lo hiciese él. Ellos siguieron oponiéndose pero la decisión estaba tomada.

Para poder estar juntos mientras él estuviese en Princeton decidieron que ella se quedase en un hospital de beneficencia de New Jersey sostenido por el Sindicato de Trabajadoras de la Confección de Nueva York. Él ganaba muy poco en el misterioso proyecto del gobierno pero de esta manera podría cuidarla. Arreglado todo, sólo hacía falta casarse y lo hicieron de camino al hospital. Fue a buscarla con una camioneta convertida en ambulancia y se dirigieron a la tenencia de alcaldía de Richmond. Allí se casaron según las leyes del Estado de Nueva York, con un oficinista y un contable como testigos.

Todos los fines de semana Feynman bajaba a visitar a Arlene. A fin de mes, contribuían con un bono de guerra de 18€ a los gastos del hospital. El médico de Arlene siempre se disgustaba porque sabía que iban muy justos de dinero.

En la biblioteca de Princenton, 1939

En la biblioteca de Princenton, 1939

Las circunstancias no eran fáciles pero se querían y ambos tenían un carácter muy jovial. En una ocasión su querida mujercita le envió a Princeton una caja de lápices que llevaban grabado en letras de oro “RICHARD, QUERIDÍSIMO, ¡TE AMO! PUTSY”. Los lápices eran muy útiles porque Feynman solía dejárselos cada vez que comentaba una fórmula con alguien, pero de cara a los demás científicos podía resultar inapropiado. Así que decidió aprovecharlos y recortar el grabado con una cuchilla. Empezó con uno y, vista la respuesta de Arlene, ya no le quedaron ganas de hacerlo con más. Le envió una carta con las siguientes frases: “¿PARA QUÉ ESTÁS BORRANDO EL NOMBRE DE LOS LÁPICES? (…) ¿No te sientes orgulloso de que te ame? (…) ¿QUÉ TÉ IMPORTA LO QUE PIENSEN LOS DEMÁS?” y a continuación un versillo donde aparecían diferentes modificaciones del verso “¡Que te den morcilla!”

Finalmente tuvo que ir a Los Álamos y Robert Oppenheimer lo arregló todo para que Arlene pudiera estar en el hospital más cercano, en Alburquerque. Cómo tenía poco tiempo para ir a verla acostumbraba a buscar a alguien que le acompañase en el camino de ida. Pasaba con ella el sábado por la tarde y el domingo por la mañana. De noche, se quedaba en un hotel de la zona y volvía el domingo por la tarde haciendo autoestop. Durante la semana mantenían una correspondencia fluida. Feynman le explicaba todos los pormenores de su día a día en Los Álamos y se preocupaba por su estado de salud. Las cartas son conmovedoras y muestran que, pese a los obstáculos, aún tenían esperanza.

En el hospital, Arlene, disponía de mucho tiempo y su creatividad se había disparado. No paraba de idear bromas y detalles que le sorprendiesen y le incomodasen, aliándose en muchas ocasiones con los compañeros de Los Álamos. En una ocasión, por ejemplo, apareció en los buzones de correos de casi todos los que estaban allí un boletín impreso en el que en letras mayúsculas y gruesas ponía: “¡TODO EL PAÍS CELEBRA EL CUMPLEAÑOS DE R.P. FEYNMAN!”. Y como ésta, miles.

Cada vez que le pedía alguna cosa que a él le parecía inapropiada o hacía sentirle inseguro, le recordaba su famoso “¿Qué te importa lo que piensen los demás?”. Y era muy persistente.

La prueba es que Feynman se convirtió en el hombre de las barbacoas de la Ruta 66. La estratagema empezó con la recepción de dos catálogos: uno sobre equipos de cocina para instituciones y, poco después, otro de suministros para hoteles y restaurantes. La expectación era máxima, y, ¿por qué no decirlo?, el pánico también. Al fin, el sábado se desveló el misterio al ver la asadora de carbón que se había comprado por correo. Se le había ocurrido que sería buena idea que asase chuletas, afuera en el césped, todos los domingos. Por supuesto Feynman se negó ya que el “césped” se encontraba al margen de la carretera que atraviesa Estados Unidos. Pero Arlene no pensó que eso supusiese ningún impedimento e incluso estuvo dispuesta a renunciar a que se pusiese el atuendo que le había comprado para la ocasión: un delantal que llevaba bordado: BAR-B-Q KING. Consecuencia: A partir de entonces Feynman asó chuletas todos los domingos.

Broma tras broma y sin darse cuenta, Feynman estaba reforzando el valor de sus propias elecciones. Aprendía a ser fiel a sí mismo a pesar de que las circunstancias fuesen desfavorables o que la opinión de los demás fuese contraria a la suya. Ella era quien mejor le conocía y le infundió la fortaleza necesaria  para que nunca le faltase coraje.

File0004Pero Arlene iba empeorando y se encontraba cada vez más débil. Con cada recaída su padre se desplazaba desde New York a visitarla. El trayecto era largo y costoso pero se acercaba el final y tenía que estar junto a su hija.

Llegó la llamada a Los Álamos: “Más vale que vengas cuanto antes”.

El trayecto al hospital fue un periplo. Tomó prestado el coche de su amigo Klaus Fuchs, tal y como habían acordado, y recogió a dos autoestopistas, por si pasaba algo y necesitaba ayuda. Al rato pincharon y entre los tres cambiaron la rueda.  Pero sólo era el principio. Pasada Santa Fe se pinchó la rueda de repuesto. Por suerte, había cerca una gasolinera y sus pasajeros explicaron la situación para que se arreglase la rueda rápidamente. Para acabar cuanto antes no cambiaron la de repuesto y, por increíble que parezca, a 50 km de Alburquerque tuvieron otro pinchazo. Acabaron el recorrido haciendo autoestop.

A su llegada se encontró con el padre de Arlene que llevaba días en el hospital y estaba destrozado. Ella parecía no ser consciente de lo que estaba ocurriendo, estaba desorientada. Permaneció a su lado varias horas. En su interior se agolpaban los pensamientos. No habían tenido la suerte de poder pasar muchos años juntos pero sus cinco años habían sido maravillosos.

Su cuerpo fue apagándose poco a poco mientras permanecía a su lado estudiando cada uno de sus movimientos, de los procesos físicos que se producían. Tras la muerte, quiso quedarse un rato a solas con ella y le besó el pelo como había hecho tantas veces. El pelo aún conservaba el mismo olor, como si nada hubiese cambiado. En su vida, por el contrario, se acababa de producir un cataclismo. La hora de la muerte fueron las 9.21PM y esa fue la hora a la que se paró el reloj de la mesita de noche que le había regalado siete años antes, cuando empezó a enfermar de tuberculosis. Había una explicación lógica para este fenómeno, dado que la habitación estaba en penumbra, la enfermera tuvo que acercarlo a una luz para leer la hora de la muerte. Debió pararlo entonces.

En la funeraria le preguntaron si quería volver a verla y tras su cara de consternación le precisaron que la habían “arreglado”. Ya no la habían arreglado a ella, y no quería verla así, le hubiese trastornado. No sabía qué diría al llegar a Los Álamos, no quería un corrillo de caras fúnebres hablándole de Arlene. Se limitó a decir: “Ha muerto. ¿Qué tal va el programa?”.

Sentía un profundo dolor pero aún no había sido capaz de echar una lágrima. Lo hizo un mes después, al ver un vestido en el escaparate de unos grandes almacenes. “A Arlene le hubiera gustado ése.” Y estalló

Entre las cartas de Richard Feynman se encontró una que había sido escrita un año y medio después del fallecimiento de Arlene. La carta estaba mucho más gastada que el resto, parecía que la habían releído muchas veces.

16

17 de Octubre de 1946

Arlene,

Te adoro, preciosa.

Sé lo mucho que te gusta escucharlo. Pero no te lo digo sólo porque te guste. Te lo digo porque me hace sentir un calorcillo por dentro cuando lo hago.

Hace muchísimo tiempo que no te escribo, casi dos años, pero sé que me perdonarás porque me conoces y sabes que soy tozudo y realista, y no le veía mucho sentido a escribirte.

 Pero ahora sé, amada esposa, que lo correcto es hacer lo que he venido retrasando tanto tiempo y que antes hacía tan a menudo. Quiero decirte que te quiero. Quiero quererte. Siempre te querré.

 Me es difícil comprender qué significa quererte cuando ya te has muerto, pero aún así quiero consolarte y cuidarte, y quiero que tú me consueles y me cuides a mí. Quiero tener problemas de los que hablar contigo. Quiero hacer pequeñas cosas contigo. Hasta ahora no me había dado cuenta de que podíamos hacer cosas juntos. ¿Qué podríamos hacer? Juntos empezamos a aprender a coser, aprendimos chino y nos compramos un proyector de películas. ¿Puedo hacer algo yo ahora? No. Tú eras la mujer de las ideas y la instigadora general de todas nuestras locuras.

 Cuando estabas enferma te preocupabas porque creías que no podías darme algo que querías darme y que pensabas que yo necesitaba. No tenías que preocuparte. Como yo te decía, te quiero tanto y de tantas maneras distintas que no me faltaba de nada. Y ahora es más cierto que nunca. No puedes darme nada y aún así te quiero tanto que sigues estando en el camino de mi enamoramiento hacia cualquier otra. Y quiero que siga siendo así. Tú, muerta, eres mejor que ninguna otra viva.

 Sé que me dirás que soy tonto y que lo que deseas es mi felicidad, y que no quieres interponerte en mi camino. Seguro que te sorprende saber que no tengo novia (salvo tú, cariño) dos años después. Pero tu no puedes hacer nada, querida, ni yo tampoco. No puedo entenderlo, porque he conocido a muchas chicas estupendas y no quiero quedarme solo, pero al cabo de dos o tres citas ellas se convierten en cenizas. Tú eres lo único que me queda. Tú eres real.

 Amada esposa, te adoro de verdad.

 Amo a mi mujer. Mi mujer está muerta.

 Rich.

 P.S.: Por favor, perdóname que no te envíe esta carta. No sé tu nueva dirección.

 

(Traducción de del libro ¡Ojalá lo supiera!)

 
TEXTO ORIGINAL:

October 17, 1946

 D’Arline,

 I adore you, sweetheart.

 I know how much you like to hear that — but I don’t only write it because you like it — I write it because it makes me warm all over inside to write it to you.

 It is such a terribly long time since I last wrote to you — almost two years but I know you’ll excuse me because you understand how I am, stubborn and realistic; and I thought there was no sense to writing.

 But now I know my darling wife that it is right to do what I have delayed in doing, and that I have done so much in the past. I want to tell you I love you. I want to love you. I always will love you.

I find it hard to understand in my mind what it means to love you after you are dead — but I still want to comfort and take care of you — and I want you to love me and care for me. I want to have problems to discuss with you — I want to do little projects with you. I never thought until just now that we can do that. What should we do? We started to learn to make clothes together — or learn Chinese — or getting a movie projector. Can’t I do something now? No. I am alone without you and you were the “idea-woman” and general instigator of all our wild adventures.

 When you were sick you worried because you could not give me something that you wanted to and thought I needed. You needn’t have worried. Just as I told you then there was no real need because I loved you in so many ways so much. And now it is clearly even more true — you can give me nothing now yet I love you so that you stand in my way of loving anyone else — but I want you to stand there. You, dead, are so much better than anyone else alive.

 I know you will assure me that I am foolish and that you want me to have full happiness and don’t want to be in my way. I’ll bet you are surprised that I don’t even have a girlfriend (except you, sweetheart) after two years. But you can’t help it, darling, nor can I — I don’t understand it, for I have met many girls and very nice ones and I don’t want to remain alone — but in two or three meetings they all seem ashes. You only are left to me. You are real.

 My darling wife, I do adore you.

 I love my wife. My wife is dead.

 Rich.

PS Please excuse my not mailing this — but I don’t know your new address.

BIBLIOGRAFÍA:

“¿Está usted de broma Mr. Feynman?” Richard P. Feynman

“¿Qué te importa lo que piensen los demás?” Richard P. Feynman

“¡Ojalá lo supiera!” Richard P. Feynman

“Descubrir a Richard P. Feynman” Lawrence M. Krauss

Acerca de Laura Morrón Ruiz de Gordejuela

Licenciada en Física por la Universidad de Barcelona y máster en Ingeniería y Gestión de las energías renovables por IL3. Tras años dedicada a la protección radiológica, he encontrado un empleo como directora y editora de Next Door Publishers, que aúna mi pasión por la divulgación científica y los libros. Aparte de esta labor, también ejerzo de divulgadora científica en mi blog «Los Mundos de Brana» —premiado en la VI edición del Concurso de Divulgación Científica del CPAN—, en el podcast para niñas y niños «Crecer soñando ciencia» y en las plataformas «Naukas» y «Hablando de Ciencia». He colaborado en el blog «Desayuno con fotones» y en los podcasts de ciencia «La Buhardilla 2.0» y «Pa ciència, la nostra». Soy miembro y community manager del Grupo Especializado de Mujeres en la Física de la Real Sociedad Española de Física y socia de ADCMurcia, Cienciaterapia y ARP-SAPC. En 2015 tuve el honor de ser galardonada con el premio Tesla de divulgación científica de «Naukas».
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40 respuestas a Mr. and Mrs. Feynman

  1. jmbenlloch dijo:

    Me ha gustado mucho la entrada, es una historia muy emotiva y bonita. Cuando leí los libros de Feynman hubo muchas historias de él que me llamaron la atención, pero sin lugar a dudas, en lo relativo al plano personal de Feynman, la historia que has contado es la que mas me impresionó. Era una grandísima persona.

    También Laura, me vas a permitir hacerle mi homenaje personal en este comentario. Conocer la vida y obra de Feynman es algo que cambió mi vida. A mi siempre me ha gustado la física y también la informática, hasta hace un par de años no tenía claro qué hacer, me interesaba mucho la seguridad informática y tenía un cierto interés por saber de qué iba eso de la computación cuántica. En un verano leí sus libros y ver su pasión por la investigación, el profundo conocimiento que tenía de tantos campos de la física, su personalidad, su particular manera de hacer ciencia, etc. me hicieron darme cuenta de prefería dedicarme a la física. Después de sus libros biográficos empecé a estudiar computación cuántica, compré sus Lectures on Physics y tuve claro que tengo que estudiar la carrera de física cuando termine la de informática. Creo que saber de Feynman me cambió tanto en lo personal como en lo científico, para mí es un modelo tanto para físicos como para no físicos.

    Se que no tiene mucho que ver con la historia que has comentado, pero quería contarlo aprovenchando la fecha de hoy. Seguro que Feynman inspiró a muchos más físicos.

    Saludos 😉

    • No sabes cúanto te agradezco que hayas compartido tu experiencia con nosotros. Feynman transmitía verdadera pasión por la física y cuando uno lo lee, se queda totalmente atrapado. Seguramente es porque a parte de un brillante científico era un gran profesor que sabía hacer la física comprensible y excitante. Le encantaba enseñar y por eso sus lecturas son un tesoro (las tengo en los enlaces).
      Yo hoy he tuiteado artículos muy buenos sobre Feynman ya que siento por él especial debilidad. Ésta entrada es mi pequeña contribución.
      Un beso!

      • jmbenlloch dijo:

        Totalmente de acuerdo, era un gran profesor. Me he acordado de un reportaje que le hicieron donde responde a cuestiones sencillas de física donde se puede ver su estilo tan particular: “Fun to imagine”, se puede en youtube: http://www.youtube.com/playlist?list=PL2D30B1DEFFDA0310 Se lo recomiendo a todo el que no lo haya visto.

        Saludos 😉

  2. Me ha emocionado mucho Laura, chapeau, tengo que reconocer que tengo pendiente conocer más de la historia de Feynman. Hoy me has desmontado totalmente la imagen de mujeriego que tenía de él, o mejor dicho, me has enseñado que era una persona totalmente distintas a la que creía conocer.

    • Es una persona apasionante. No te equivocabas, también fue mujeriego y creo que esa otra faceta es mucho más conocida. Lee los libros de Feynman, te gustarán muchísimo.
      Me alegro mucho de que te haya gustado 😉

  3. Pingback: ¿Les preguntas y ya está? | El día más largo de mi vida

  4. Contigo sabes que no soy objetivo. Pero has conseguido mover algo… Muy dentro. Ojalá muchos es ritores escribieran como tú acabas de hacerlo. GRANDE, Laura, GRANDE!!!!

  5. M’ha agradat molt aquesta gran i emotiva història, Laura. Gran post!

  6. Había leído acerca de lo devoto que Feynman había sido de su esposa, lo que me quitó hace mucho esa imagen de sólo “amigo de los clubs de chicas con poca ropa”, sin embargo no conocía tantos detalles.
    Gracias por compartir.esta emotiva historia.

  7. Pingback: Mr. and Mrs. Feynman | libros de divulgación científica | Scoop.it

  8. xabierjota dijo:

    Muy buena entrada, para que luego digan que la ciencia no tiene corazón, o que los científicos somos frios 😉

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  10. Pingback: Celebrem Sant Jordi amb llibres de ciència i tecnologia! | Des de la Mediterrània

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  12. Pingback: Mr. and Mrs. Feynman | Artículos CIENCIA...

  13. jfoi dijo:

    Supongo que cuando alguien es tozudo en la búsqueda de algo, esa tozudez tiene paralelismos en otros aspectos de la vida.

    Me llama la atención este personaje y no le he leído.

  14. omalaled dijo:

    Hay una película en inglés llamada “Infinity” que va sobre Feynman (Mathew Broderick) y Arlene (Patricia Arquette) y creo que la tengo por ahí. Si puedes conseguirla, mírala. Me dio la sensación de “soledad” por arte de Richard. Pero es sensación de una película, que de sus libros no se interpreta eso.

    Salud!

    • Pues miraré a ver si puedo conseguirla, porque Mathew Broderick me gusta mucho, aunque no se parece a Richi ;P
      En sus libros la inteligencia, la socarronería, la ironía y el buen humor campan a sus anchas. Me encanta!!!
      Un besote!!!

  15. Pedro dijo:

    Que historia , y es real¡, el arte imita a la vida

  16. Pingback: La historia de amor de Richard Feynman

  17. Jose Antonio dijo:

    Fue un hombre genial, en todos los aspectos de su vida. Probablemente el mejor cientifico del siglo XX, especialmente por la pasion y al amor por la ciencia que transmitio a sus alumnos. Yo descubri a Feynman una vez empezada la carrera de Fisica, y como bien dices, me atrapo profundamente. Maravilloso, unico e irrepetible. Sus lecciones de fisica son esenciales para entender que la ciencia es sencilla y apasionante, y verle explicando y disfrutando de ella es como ver a un hombre haciendo reir a un niño. Querria recomendaros un comic que recientemente fue publicado acerca de su vida:
    http://www.amazon.es/FEYNMAN-Comic-Usa-Ottaviani/dp/8467909005/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1370788809&sr=1-1&keywords=feynman

    Un hombre cuya vida merece un comic solo puede ser especial….

  18. heegen dijo:

    Soy un romatico empedernido y obviamente esto me ha encantado. Me ha hecho reforzar mas la idea de lo que quiero a mi mujer y lo maravillosa que es. Me ha recordado mucho a nosotros….Tener una mujer al lado es fantastico, pero vivir el amor, eso ya es otro nivel
    Gracias 🙂

  19. Alberto dijo:

    Preciosa historia, gracias por compartirla.

    Tan solo un detalle, creo que donde dice “(Traducción de del libro ¡Ojalá fuera cierto!)” quiere decir “(Traducción de del libro ¡Ojalá lo supiera!)” 😉

  20. Siempre me ha gustado la física. Con tu historia he descubierto el verdadero lado humano de un físico tan influyente como lo fué Feynman.
    Me he quedado con las ganas de saber más acerca de su contibución y su historia. Voy a conseguir los libros.
    Muchas gracias por el relato.

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