Las andanzas de Titivillus

Obra de Don King, diseñador caligráfico e ilustrador de Carolina del Norte (USA) que fuera presidente del Gremio de Calígrafos Triangle. Fuente: https://dkingstudio.com/gallery/titivillus.html

¿Por qué libros publicados

esconden alguna errata

si se revisan con mimo

por concienzudas miradas?

Tras varias noches en vela

consultando con la almohada

me dispuse a hallar respuestas

y al alba emprendí mi marcha.

Viajé a través de los tiempos

consultando obras pasadas

y en páginas del medievo [1]

di, por fin, en la diana.

Tractatus de Penitencia [2]

fue mi primera parada.

Allí escribió Juan de Gales

cuál podía ser la causa.

No era que la oscuridad

durante largas jornadas

condujese a los copistas

a cometer varias faltas.

Tampoco el tedio influía

en la omisión de palabras,

ni en las lagunas del texto

que estos se despistaran.

Representación de Titivillus en una iconografía antigua (s. XIV)

El culpable del desastre

de las obras acabadas

era un demonio burlón

que con la lengua jugaba.

En un tratado del XV [3],

él mismo se presentaba,

explicando a los lectores

detalles de sus hazañas.

«Mi nombre es Titivillus

y errores llevo a la espalda

que susurro a los copistas

que prestos caen en la trampa».

Su reputación creció

con la gesta más sonada,

consiguiendo que una Biblia [4]

al adulterio invitara.

En épocas posteriores [5]

su presencia fue olvidada

y así, con más libertad

continuó con sus andanzas.

Hoy en día su labor

de error humano es tachada

o asociada al corrector

si de las redes se trata.

Siendo ya conocedores

del espíritu que engaña

no culpéis a la editora

cuando encontréis una falta.

Recordad a Titivillus

artífice de la errata.

Retablo del Monasterio de Santa María Real de las Huelgas de Burgos, Titivillus sobre el hombro de la «Virgen de la Misericordia».

[1] El problema de la fiabilidad de los libros de la Edad Media no se limita a los errores por omisión o erratas ortotipográficas cometidas por los copistas “como resultado de la intervención de Titivillus”. Una de las causas más problemáticas es que, en ocasiones, si los copistas estaban formados en la temática del libro que estaban copiando, añadían comentarios propios. En un principio los anotaban en los márgenes o en el mismo párrafo entre corchetes, pero muchas copias después, se hacía muy difícil discernir si el comentario era de un copista o del autor original. En la mayoría de los casos estos comentarios eran irrelevantes, pero, en otros, podían alterar el sentido del texto. Siendo conscientes los medievales de la existencia de este problema, a partir del s. XII empezaron a emplear copistas analfabetos, que, como podréis imaginar, eran las víctimas perfectas de nuestro temido Titivillus que podía colarles muchos más errores sin que se dieran cuenta.

[2] La primera vez que «el demonio de la bolsa» apareció con su nombre, Titivillus, fue en la obra del franciscano y doctor en Teología Johanne Guallensis (John of Wales o Juan de Gales, siglo XIII), Tractatus de Penitentia (1285). En ella podemos leer: «Fragmina verborum Titivillus colligit horum / Quibus die mille vicibus sí sarcinat ille».

[3] Se trata del tratado devocional inglés anónimo The Myroure Of Oure Ladye. En él Titivillus se presenta a sí mismo: «Mi nombre es Tytyvyllus…» y habla de cómo comente* errores comiéndose sílabas y palabras enteras.

*comete: Participación de Titivillus en la entrada.

[4] Nos referimos a la llamada Biblia maldita cuya historia es la siguiente: corría el siglo XVII cuando Carlos I de Inglaterra encargó la edición de una Biblia a los impresores reales Robert Baker y Martin Lucas. Cuando está estuvo lista y, tal y como era previsible, se vendía muy bien se percataron de que uno de los mandamientos, concretamente el sexto, había experimentado una ligera variación y decía: «Cometerás actos impuros». Nuestro demonio canalla había conseguido su máxima proeza: invitar a los lectores al desenfreno sexual y, en consecuencia, a ir al infierno de cabeza. Quienes no necesitaron morir para vivir un infierno fueron los pobres editores que cargaron con las culpas del error. El rey, presionado por el arzobispo de Canterbury George Abbot les retiró la licencia para imprimir libros y les impuso una multa de 300 libras. Eso llevó a la quiebra a Barker, quien fue encarcelado en 1635 por la ingente cantidad de dinero que debía y pasó los siguientes 10 años entrando y saliendo de prisión. Así, hasta que murió entre rejas en 1645.  

[5] Según Margaret Jennins y otros autores, cuando William Shakespeare lo mencionó en Noche de Reyes y en Enrique IV era casi un desconocido y es probable que el público no supiese a quién se refería.

Acerca de Laura Morrón Ruiz de Gordejuela

Licenciada en Física por la Universidad de Barcelona y máster en Ingeniería y Gestión de las energías renovables por IL3. Tras desempeñar su labor profesional durante doce años en el campo de la protección radiológica, tuvo la oportunidad de entrar a trabajar en Next Door Publishers, donde, como editora, puede aunar su pasión por la divulgación científica y los libros. Aparte de esta labor, desde 2013, ejerce de divulgadora científica en el blog «Los Mundos de Brana» —premiado en la VI edición del Concurso de Divulgación Científica del CPAN— y en las plataformas «Naukas» y «Hablando de Ciencia». Ha colaborado en los blogs «Cuentos Cuánticos» y «Desayuno con fotones» y en los podcasts de ciencia «La Buhardilla 2.0», «Crecer soñando ciencia» y «Pa ciència, la nostra». Es miembro del Grupo Especializado de Mujeres en la Física de la Real Sociedad Española de Física y socia de ADCMurcia y Cienciaterapia. En 2015 fue galardonada con el premio Tesla de divulgación científica de «Naukas». Es autora del libro «A hombros de gigantas».
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