Henriette y Ludwig, Los Boltzmann

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Le conoció en 1873, durante la excursión de la Escuela Femenina de Magisterio de Graz. El joven de cabello ondulado y mirada inteligente, aprovechaba sus últimos días en Graz para dar un paseo por el campo. En breve, partiría rumbo a Viena para ocupar la segunda cátedra de Matemáticas en la Universidad. Aquel hombre brillante dotado de un gran sentido del humor, la atrajo desde el primer momento y el sentimiento fue mutuo. Ludwig quedó prendado del intelecto de aquella muchacha de cabello rubio y ojos azules. A partir de entonces, la relación entre ambos fue intensificándose por vía postal, el nuevo destino de Ludwig Boltzmann no dejaba otra opción.

Henriette von Aigentler era una mujer sensible y culta, dotada de una fuerte personalidad. Pertenecía a una familia de la alta burguesía de Graz que había llegado a la nobleza. A los nueve años, había perdido a su padre y, un año después del primer encuentro con Ludwig, se quedó huérfana. Al fallecer su madre tuvo como tutores a los Kienzl, cuyo hijo Wilhelm, era un conocido compositor. El carácter firme de la joven provocó algunos enfrentamientos con su tutora, el mayor de los cuales, fue causado por un curso acelerado de cocina que creyeron necesario que hiciese. Sus ambiciones iban por otros derroteros.

Superó con excelentes calificaciones los exámenes de magisterio pero los estudios universitarios fueron toda una epopeya. Al profesor Hirzel, Decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Graz, le parecía de lo más extraño su deseo de estudiar matemáticas y física. Para él, el destino de una mujer era convertirse en una buena ama de casa. Sólo así se aseguraba una vida familiar sólida.

En el primer semestre, tuvieron que permitirle asistir a las clases porque todavía no había leyes que prohibiesen la educación universitaria de las mujeres de forma específica. Pero sólo le dejaron hacerlo en calidad de oyente. En el segundo, la cosa empeoró ya que la Facultad aprobó una norma para excluir a los estudiantes de sexo femenino. Animada por el apoyo de Boltzmann, presentó una petición al Ministro de Educación Pública y un ex colega de su padre en el tribunal de Graz la exoneró del cumplimiento de la norma votada por los miembros de la Facultad. Al matricularse como alumna se convirtió en la única mujer en el imperio Austro-húngaro que estudiaba en la Universidad. Pero la alegría duró poco. En el siguiente semestre volvió a surgir el problema y, cansada de tener que lidiar con tantas dificultades, no volvió a recurrir al Ministro y abandonó la Universidad. Los conocimientos científicos adquiridos y su pasión por la ciencia jugaron un papel determinante en su relación con Ludwig, permitiéndole comprender y vivir de una forma mucho más cercana su carrera y logros.

En octubre de 1875, Boltzmann aprovechó su asistencia a un congreso en Graz para pasar más de una semana con Henriette. A su regreso a Viena, tras reflexionarlo y hablarlo con su madre, le envió la petición formal de matrimonio que fue aceptada de forma inmediata. En ella le exponía sus problemas financieros y aquello que consideraba fundamental para que el amor conyugal fuese duradero.

“El año pasado ingresé 5.400 florines. Esto sería suficiente para subsistir, pero si tenemos en cuenta el enorme aumento de los precios en Viena, no es suficiente para ofrecerte muchas distracciones y diversiones.”

“Me parece que un amor constante no puede perdurar si la mujer no tiene ninguna comprensión ni entusiasmo por los esfuerzos del marido, sino que es simplemente su ama de llaves en lugar de una compañera que lucha a su lado”.

Henriette era la persona que buscaba. Le apoyó  durante todo su recorrido vital, que resultó mucho más duro de lo que ambos hubiesen deseado. La primera situación importante a la que tuvieron que hacer frente llegó al poco tiempo de la petición.

El Instituto de Física de Graz se había transformado en un centro ideal para la investigación de alto nivel. Toepler, que al llegar a Graz se había quejado de que sólo contenía aparatos anticuados que no valían para nada, había conseguido que el estado le hiciese entrega de 100000 florines para un nuevo edificio y había gastado 28000 en instrumental de laboratorio. Un esfuerzo, que en 1876, le pasó factura. En una carta a Boltzmann, le comentaba de forma confidencial que se sentía falto de energía y creía que el instituto necesitaba un nuevo físico.

La dirección y la cátedra del Instituto de Graz era una oportunidad única para la carrera de Ludwig y el futuro de la pareja. Suponía heredar el laboratorio mejor dotado y más moderno del Imperio y volver a dedicarse nuevamente a la Física. También disminuiría el papeleo administrativo que sufría en Viena. A nivel personal, era la solución perfecta para casarse con Henriette y formar un hogar. Ella era de Graz y, hasta el momento, la búsqueda de pisos en Viena había resultado infructuosa.

Cuando el concurso se hizo público, surgió un fuerte rival: Ernst Mach, que había logrado fotografiar y medir la onda de choque sonora y gozaba de mucho prestigio. Henriette, sin que Ludwig tuviese conocimiento de ello, se puso manos a la obra y trató de convencer a los profesores de Graz de que, por buen científico que fuese Mach,  su capacidad no podía equipararse a la genialidad de Ludwig. Y no se quedó ahí. Ni corta ni perezosa, escribió al Ministerio sobre el delicado estado de salud de su prometido exponiendo la mejoría que le representaría el clima de Graz. Ni que decir tiene, que cuando Ludwig se enteró de estas intervenciones de su amada, se sintió fuertemente contrariado.

Ella sabía que era merecedor del puesto y se había limitado a hacer todo lo que estaba en su mano para que lo obtuviese. Pero si finalmente no se lo concedían, estaba decidida a trasladarse a Viena. Tarde o temprano Ludwig encontraría una vivienda para ambos. A lo que no estaba dispuesta de ninguna de las maneras era a retrasar la boda, que acabó celebrándose en casa del alcalde Kienzl, en julio de 1876.

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Recordatorio de compromiso matrimonial

A la vuelta del viaje de novios recibió el anhelado nombramiento e iniciaron su vida matrimonial en Graz. Al poco tiempo de asentarse, dejaron el cómodo piso oficial para construirse una casa en una colina, dónde invitaban a sus amigos y tocaban música en el salón. En los alrededores organizaban excursiones para disfrutar de la naturaleza. Los colegas llamaban Boltzmanneo a esta combinación de Arcadia y Ateneo.

Existen muchas anécdotas personales curiosas de la vida de Jetti y Lui (que era como se llamaban cariñosamente la pareja) en ese periodo. Ludwig compró una vaca para poder tener leche fresca todas las mañanas y la paseó por toda la ciudad hasta su casa, atada con una cuerda. Un segundo inquilino del reino animal fue un pastor alemán que bajaba todos los días desde la colina hasta los pies de la mesa donde Boltzmann almorzaba.

Henriette, por su parte, tan reacia en un principio a profundizar en el arte culinario, se acabó convirtiendo en una fantástica cocinera, para delirio de su goloso marido a quien llamaba cariñosamente “mi dulce rollizo”. Allí crecieron sus cuatro primeros hijos: Ludwig Hugo (1878), Henriette (1880), Arthur Ludwig (1881) y Katherina (1884). Su tercera hija, Elsa (1891) nació una vez la familia hubo abandonado Graz.

Los Boltzmann vivieron unos años felices en Graz que, por desgracia, se vieron enturbiados al final por la enfermedad más grave que padeció Boltzmann, la depresión. Sufrió la primera crisis física y psicológica entre mayo y julio de 1888, causada por una superposición de acontecimientos difíciles que no fue capaz de asimilar. En 1887,  al poco de tomar posesión del rectorado, vivió un incidente muy grave entre la policía y los estudiantes de una liga panalemana. La respuesta de la policía fue desorbitada y le proporcionó innumerables disgustos y tensiones al tratar de solucionar el conflicto de la mejor forma posible. Ese mismo año, en un estado anímico deplorable, fue invitado a suceder al recién fallecido Kirchhoff en la cátedra de Física Teórica de Berlín. Sabiendo el empuje que podía significar para su carrera, en un primer momento aceptó. Pero su decisión empezó a generarle ansiedad y el temor que le invadió de no cumplir satisfactoriamente con el cargo le obligó a renunciar a él. La frustración de la negativa le acompañó siempre. La cátedra fue ocupada por Planck en 1889.

Pero al matrimonio todavía le quedaba por sufrir la vivencia más trágica. En 1889 perdieron a su primogénito Ludwig Hugo por una apendicitis mal atendida. Era una muerte inesperada y el hecho de que la dolencia fuese leve le causó a Ludwig profundos remordimientos. Siempre le quedó la sensación de que podía haber hecho algo para evitarlo.

El trastorno maníaco depresivo no le abandonó y siguió apareciendo a lo largo de su vida de forma recurrente. Cuando sufría una crisis necesitaba huir para empezar de nuevo en otro lugar y eso se tradujo en un periplo por diferentes universidades. En la Universidad de Viena, para que volviese, le ofrecieron el salario más alto pagado hasta entonces a cualquier profesor de universidad en Austria. Pero no lograron retenerle mucho tiempo ya que fue a Leipzig donde acabó sufriendo una crisis tal que le llevó a un intento de suicidio. En su regreso a Viena, por tercera  y última ocasión, le hicieron prometer que no aceptaría otro trabajo fuera de Austria.  Henriette siempre se mantuvo a su lado.

Pero en la casa de los Boltzmann no todo eran momentos oscuros. El trato con sus alumnos era tan cercano que les invitaba a casa con frecuencia. En esas reuniones emergía el verdadero Ludwig, la persona brillante y divertida. Y no era las únicas visitas de alumnos que recibían. En ocasiones, se presentaban en casa por sorpresa para hacerle alguna consulta. El profesor siempre dejaba lo que estuviese haciendo y pasaba el tiempo que hiciese falta hasta que lo entendiesen. El cariño entre profesor y alumnos era mutuo y supuso un duro golpe verse obligado a reducir las clases, en 1906, por sus problemas de salud.

Ese año fue terrible para Boltzmann, sufría dolores insoportables. Prácticamente no veía y Henriette se encargaba de leerle los trabajos, aun contando con alguien contratado para ello. Como prescripción a un diagnóstico de neurastenia aguda, se le prohibió realizar cualquier actividad científica. Finalmente, el 5 de setiembre de 1906, puso punto final a su vida. Era la víspera del regreso a Viena tras unas vacaciones en Duino y fue Elsa la primera en descubrir el cadáver de su padre. Nunca volvió a hablar del tema. Las honras fúnebres fueron discretas y Henriette dio las gracias a los asistentes en una nota sencilla y digna. Sobrevivió a la trágica despedida de Boltzman y a tiempos históricos conflictivos. Murió el 3 de diciembre de 1938.

Ludwig Boltzman  escribió años atrás que un amor sólo podía ser eterno con una compañera que luchase a su lado, y Henriette von Aigentler lo fue.

Los boltzman

BIBLIOGRAFÍA

“L.E. Boltzmann. El cientifico que se adelanto a su tiempo, el hombre que lo vivió intensamente” Joaquín Sánchez Guillén

“Ludwig Boltztnann. The Man Who Trusted Atoms” Carlo Cercignani

“Centenario de Ludwig Boltzmann” Revista de la Real Sociedad Española de Física, Volumen 20

“Ludwig Boltzmann (1844 – 1906)” Ali Eftekhari

“Ludwig Boltzmann: his later life and philosophy” John Blackmore

“Lise Meitner: a life in Physics” Ruth Lewin Sime

Acerca de Laura Morrón

Licenciada en Física por la Universidad de Barcelona y máster en Ingeniería y Gestión de las energías renovables por IL3. Tras años dedicada a la protección radiológica, he encontrado un empleo como directora editorial de Next Door Publishers, que aúna mi pasión por la divulgación científica y la literatura. Aparte de esta labor, también ejerzo de divulgadora científica en mi blog «Los Mundos de Brana» —premiado en la VI edición del Concurso de Divulgación Científica del CPAN—, en el podcast «Crecer soñando ciencia» y en las plataformas «Naukas» y «Hablando de Ciencia». He colaborado en el blog «Desayuno con fotones» y los podcasts de ciencia «La Buhardilla 2.0» y «Pa ciència, la nostra». Soy socia de ADCMurcia, Cienciaterapia, Asociación Podcast y ARP-SAPC. En 2015 tuve el honor de ser galardonada con el premio Tesla de divulgación científica de «Naukas».
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15 respuestas a Henriette y Ludwig, Los Boltzmann

  1. Ya decía yo que seguro que había alguien que no conocía la historia y con tu estilo aun menos… Engancha y emociona desde el primer momento! Gracias por compartirla!

  2. molinos dijo:

    ¿Ves como nadie cuenta las historias como tú?

    Me ha encantado y por supuesto no los conocía de nada.

    • Sabes cuánto valoro tu opinión. Me encanta la forma en la que escribes y tu postura inteligente y audaz.
      Muchas gracias por seguir aquí y por tus palabras.
      Un besazo
      Laura

  3. José María dijo:

    Hola Laura,

    Me ha gustado mucho la historia, muy emocionante. Hacía tiempo que no pasaba por aquí, pero veo que sigues dándole ese toque tan personal a las historias que cuentas 😉

    Como ya te dije en alguna ocasión siempre consigues mostrar el lado más humano de la ciencia, el que no se conoce al estudiar las distintas teorías pero que, sin embargo, a los que queremos dedicarnos a esto nos permite conocer cómo han sido los grandes personajes de la comunidad a la que perteneceremos algún día.

    No te puedo prometer lecturas periódicas pero intentaré volver a pasarme por aquí más a menudo, el blog lo merece 🙂

    Saludos 😉

    • José María, ¡qué ilusión verte por aquí miarma!
      En serio, recuperar lectores como tú, me hace muchísima ilusión. Y nunca olvidaré todo el apoyo que me diste en los inicios comentando cada post. Era muy importante para mí. Pásate siempre que quieras, porque es tu casa y lo sabes.
      Un beso,
      Laura

  4. Gran història, gran post, Laura! 🙂

  5. Melli dijo:

    Magnífica biografía de los científicos BOLTZMANN contada de forma que atrae desde la primera línea a la última. Gracias Laura y enhorabuena. Melli

  6. M Rosa Marín Cano dijo:

    Moltes gràcies

  7. Pingback: Henriette y Ludwig, Los Boltzmann

  8. nisamarymati dijo:

    Pero qué bonito Laura, emocionas tanto en tus textos, narras con tanto cariño las vidas de estas eminentes personas que leerte se convierte en un honor. Muchas gracias

    • Muchísimas gracias, no te imaginas cuánto significan para mí comentarios como este. El honor es mío por tener lectores que me dan tanto cariño como tú.
      Un besazo

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