«Hasta el infinito y más allá», un viaje inolvidable de la mano de Manuel Seara Valero

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Voy a proponeros un viaje fascinante que no podréis rechazar. Una ruta para la cual no será necesario llevar equipaje ni billetes, tan sólo ganas de aprender y maravillarse.

A través de las páginas de “Hasta el infinito y más allá” recorreréis la historia de la Astronomía, la Astrofísica y la Cosmología poco a poco, contemplando su inconmensurable belleza. Caminaréis por la senda que han trazado con su esfuerzo, pasión y tenacidad muchos científicos que tendréis ocasión de conocer mejor. El relato de sus vivencias os trasladará junto a ellos, os permitirá sentir su latido ante el inminente descubrimiento, su emoción tras formular una hipótesis, su nerviosismo al ponerla a prueba.

Habrá vistas que os resultarán más espectaculares que otras pero, conforme vayáis avanzando por las palabras de Manuel Seara Valero, comprenderéis que no se trata de un camino formado a partir de la unión de diferentes momentos estelares de la física, sino que cada paso es excitante y responde a un interés común: conocer el mundo que nos rodea. La ciencia no es estática ni dogmática, la ciencia es la búsqueda continua de respuestas.

En el libro, descubriréis algunas de las cosas extraordinarias que nosotros, los humanos, hemos averiguado durante esta travesía y seréis conscientes de lo mucho que nos queda por hallar. Conoceréis también algunos de los proyectos que están en marcha actualmente para investigar los secretos del Universo. La ciencia es un continuo aprendizaje sin fin que nunca dejará de sorprendernos, el principal mecanismo de progreso de la humanidad.

Los contenidos y el ritmo narrativo del libro lo convierten en una pieza clave en el acercamiento de los valores de la cultura científica a la sociedad. Muestra su esencia y sus virtudes dejando atrás esa visión fría y metódica tan alejada de la realidad. Su autor, Manuel Seara Valero, licenciado en Ciencias Biológicas y Máster General de Radio por la Universidad Complutense de Madrid, cuenta con un talento especial para acercar la ciencia a todos los públicos con calidad y rigor. Todos los temas, incluso los más complejos, se exponen de forma didáctica y clara permitiendo que cualquier persona pueda seguirlos sin dificultad y entenderlos.

“Hacia el infinito y más allá” es un libro que disfrutarán las personas que se sienten atraídas por la ciencia y logrará que se enamoren de ella quienes se sienten más alejados de la misma. Una obra que ya puede considerarse de referencia en el campo de la divulgación científica.

No os entretengo más, ya es hora de partir. ¡Buen viaje!

“Para conocer lo que sabemos sobre el Universo e –incluso- para ser conscientes de todo lo que ignoramos, la ciencia ha tenido que recorrer un largo y sinuoso camino. Recorrerlo contigo, querido lector, es el objetivo de este libro que tienes en tus manos.”

Manuel Seara Valero

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Nada tan práctico como una buena teoría

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Al microscopio

la belleza escondida

se magnifica

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El príncipe Louis Victor Pierre Raymond de Broglie nació el 15 de agosto de 1892 en el seno de una de las principales familias aristocráticas de Francia que llevaba sirviendo a la monarquía  desde mediados del siglo XVII. Como reconocimiento a los servicios prestados, en 1742, Luis XV otorgó el título hereditario de duque a su antecesor François Marie de Broglie. Pero los galones de la familia originaria de Piamonte no acabaron ahí. El heroico papel del hijo del duque, Victor François, en la batalla de Bergen le valió el nombramiento como Príncipe del Sacro Imperio Romano Germánico por parte del Emperador Francisco I. A partir de entonces, todos los miembros más jóvenes de la familia de Broglie llevarían el título de príncipe, mientras que el cabeza de familia ostentaría el de duque.

Nuestro príncipe, Louis, como correspondía a su elevada posición social, fue educado por tutores privados. Ajeno al comportamiento de los demás niños de su edad, se divertía dando conferencias sobre los reportajes políticos que leía en los periódicos. Todo parecía conducirle al prometedor futuro como hombre de Estado que presagiaba su familia. Pero no fue así. La muerte de su padre en 1906 cambió su historia. El nuevo cabeza de familia, su hermano mayor Maurice, le educó con mucha más libertad de lo que lo hubiese hecho su progenitor.

Maurice, como buen primogénito, se había graduado en la escuela naval e ingresado en la Marina Francesa. Allí, pronto descubrió su interés por la ciencia y dio muestras de su talento estableciendo un sistema seguro de comunicación inalámbrica. Escribió su primer artículo sobre “ondas electromagnéticas” en 1902 y dos años después y tras nueve de servicio, desafió a su familia abandonando la marina para dedicar su vida a la investigación científica. En 1906, convertido en sexto duque de Broglie, compaginaba sus nuevas responsabilidades con el estudio de la carrera de Física en el Collège de France.

El joven, que había experimentado en sus carnes los inconvenientes de obligar a alguien a estudiar, se abstuvo de orientar la formación de su hermano en uno u otro sentido. Louis no contaba con una especial inclinación hacia las letras o las ciencias y, a diferencia de su hermano, optó por seguir una carrera más tradicional y estudiar historia medieval en la Universidad de París. Pero muy pronto se dio cuenta de que no le interesaba en absoluto, de que las horas que compartía en el laboratorio con su hermano le resultaban mucho más excitantes.

En octubre de 1911, Maurice, que por entonces ya era un respetable científico en la física de los rayos X fue invitado a ser uno de los dos secretarios del primer Congreso Solvay. Aceptó sin pensárselo dos veces y le propuso a su hermano que le acompañase. Se trataba de una sencilla tarea administrativa pero a Maurice le brindaba la oportunidad de discutir la teoría cuántica con Planck, Einstein y Lorentz. Francia contaba con unos representantes de lujo como  Curie, Poincaré, Perrin y Langevin, que había sido su tutor de tesis.

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Louis se mantuvo a cierta distancia de los participantes mientras sentía un interés creciente por la nueva física. Tanto es así que cambió los libros de historia por los de física graduándose en 1913. Al año siguiente tuvo que interrumpir sus estudios para hacer el servicio militar obligatorio. Lo que no podía suponer es que la llegada de la Primera Guerra Mundial prolongaría ese periodo seis años. Entró como soldado raso pero gracias a su hermano fue transferido al servicio de comunicación inalámbrica donde trabajó como ingeniero de radio en una emisora ubicada debajo de la torre Eiffel.

Finalmente, se licenció en agosto de 1919, convencido del camino que quería seguir. En el laboratorio de su hermano, donde había descubierto su pasión por la ciencia, estudió y escribió artículos sobre la absorción de los rayos X por la materia. Ambos hermanos se preguntaban por la verdadera naturaleza de la radiación electromagnética ya que de los descubrimientos que se habían hecho hasta el momento, no podía asegurarse la primacía de la teoría corpuscular o la ondulatoria. Al fin y al cabo, ninguna de ellas podía explicar al mismo tiempo los fenómenos de interferencia, la difracción y el efecto fotoeléctrico.

Pero Louis De Broglie parecía haber asumido sin mucho problema la extraña dualidad de la luz. En 1922, tras una conferencia que pronunció Einstein en París, escribió un artículo respaldando de forma explícita “la hipótesis del cuanto de luz”. La pregunta lógica y reveladora surgió un año después: “¿Podrán, si las ondas luminosas pueden comportarse como partículas, partículas como los electrones, por ejemplo, comportarse como ondas luminosas?”. La respuesta parecía afirmativa ya que De Broglie descubrió que asociándole una onda al electrón el modelo cuántico de Bohr quedaba justificado. Este postulaba que las  órbitas de los electrones en los átomos debían ser múltiplos enteros de la longitud de onda del electrón.  Además, asociando al electrón la naturaleza ondulatoria este no se comportaba como una partícula girando alrededor del núcleo, no se aceleraba y, en consecuencia, no perdía energía por emisión de radiación precipitándose hasta el núcleo.

De Broglie desarrolló todas estas ideas en su tesis doctoral que, si bien finalizó en la primavera de 1924, no pudo defender hasta el 25 de noviembre debido a las formalidades académicas. Como examinadores contaba con tres profesores de la Sorbona: Jean Perrin, Charles Mauguin y Elie Cartan y con Paul Langevin como examinador externo. De Broglie, consciente de que Langevin era el único que entendía de cuántica y relatividad, le pidió que echara un vistazo a las conclusiones de la tesis antes de enviarla de forma oficial. Langevin accedió y, a pesar de parecerle rocambolesca, le mandó una copia a Einstein para conocer su opinión. La respuesta de Einstein, “Ha levantado una de las esquinas del gran velo”, bastó a todos los miembros del tribunal que acabaron felicitando a De Broglie por “la notable maestría que ha demostrado en la superación de las dificultades en que se encuentran los físicos.”

El príncipe convertido en doctor gracias a Albert Einstein, era muy consciente de que tenía que demostrar el contenido de su tesis. Para hacerlo pensó que, si la materia poseía propiedades ondulatorias tenía que sufrir efectos propios de las ondas como, por ejemplo, la difracción. Es decir, que un haz de electrones al atravesar una abertura de dimensiones similares a su longitud de onda debería dispersarse. Sólo tenía que convencer a los experimentalistas que trabajaban en el laboratorio privado de Maurice para que lo llevasen a cabo. Desafortunadamente, no lo consiguió, tenían otras tareas y creyeron que eran experimentos demasiado complicados. Así que Louis, por no forzar la situación, abandonó el tema.

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Pero el asunto era demasiado goloso como para caer en saco roto y otros físicos experimentales sí estaban dispuestos a comprobarlo. El joven Walter Elsasser de la Universidad de Gotinga muy pronto se dio cuenta de que si la hipótesis de De Broglie era cierta, un haz de electrones se difractaría en un sólido cristalino puesto que el espacio entre átomos adyacentes del cristal era del orden de la longitud de onda del electrón. Y así lo hizo aunque demasiado tarde. Otros dos físicos se le habían adelantado.

Clinton Davisson, que trabajaba en los laboratorios de la Western Electric Company de Nueva York, posteriormente conocidos como Bell Telephone Laboratories, había estado investigando qué ocurría al lanzar un haz de electrones contra varios blancos metálicos. Un día de abril de 1925, un incidente cambió los resultados. La explosión accidental de una botella de aire líquido en su laboratorio rompió el tubo de vacío que contenía la diana de níquel que se oxidó en contacto con el aire. Después de limpiar el blanco calentándolo de manera prolongada, descubrió que había aumentado el tamaño de los cristales. Al seguir con el experimento, encontró que los ángulos de dispersión de los electrones eran completamente diferentes a los anteriores. En un inicio, atribuyó el cambio al modo diferente en que el blanco reflejaba los electrones, pero tras su asistencia al congreso de la British Association for the Advancement of Science, supo que debía buscar más allá. Allí oyó hablar por primera vez de la hipótesis de Louis de Broglie. De hecho, muy pocas personas conocían los tres artículos que De Broglie había publicado en la revista francesa Compte Rendu y todavía menos las que habían leído su tesis doctoral. De regreso a su laboratorio, Davisson, junto a su colega Lester Halbert Germer,  se aprestaron a tratar de verificar la difracción de los electrones. Finalmente, en enero de 1927, Davisson comprobó que las longitudes de onda de los electrones difractados en los nuevos experimentos coincidían con las establecidas en la teoría de la dualidad onda-partícula de De Broglie. El príncipe estaba en lo cierto, su hipótesis “Toda la materia presenta características tanto ondulatorias como corpusculares comportándose de uno u otro modo dependiendo del experimento específico” había sido confirmada experimentalmente por lo que recibió el premio Nobel de Física en 1929 y su fórmula, que relaciona la masa de una partícula con la longitud de onda asociada fue aceptada por la comunidad de físicos. Esta ecuación es extremadamente simple: λ = h/m·v donde λ es la longitud de la onda asociada a la partícula de masa m que se mueve a una velocidad v, y h es la constante de Planck. El producto m·v es la cantidad de movimiento de la partícula.

La importancia teórica de la tesis de De Broglie fue espectacular. En primer lugar, zanjó de un plumazo la vieja y a veces agria polémica entre los partidarios del carácter ondulatorio de la luz y los defensores de la hipótesis corpuscular. La solución de De Broglie permitía explicar todos los experimentos al establecer que la materia se comporta según sea la naturaleza del ensayo realizado. Otra implicación muy valiosa fue, como ya se ha apuntado, la explicación del modelo atómico orbital de Bohr.

En el aspecto práctico, las aplicaciones han sido numerosas e importantes. Probablemente la más conocida es el microscopio electrónico.

El microscopio óptico tradicional se basa en el fenómeno de refracción, el cambio en la dirección  de la luz que se produce cuando el rayo incide oblicuamente en la frontera entre dos medios en los cuales su velocidad es diferente. Ello permite construir lentes, fabricadas con materiales transparentes como el cristal, capaces de proporcionarnos una imagen ampliada de los objetos. El aparato más simple para magnificar el tamaño de la imagen es la lupa, constituida por una sola lente convergente. Ya en 1608 Zacharias Jansen construyó un microscopio compuesto con dos lentes convergentes, llamadas objetivo y ocular separadas por una notable distancia, consiguiendo un aumento mucho mayor. Con el paso de los años, el microscopio fue perfeccionándose a fin de eliminar las imperfecciones (aberraciones) de la imagen y mejorar la iluminación del objeto, alcanzando un elevado grado de ampliación.

Por desgracia, la propia naturaleza ondulatoria de la luz limita la resolución espacial (mínima distancia entre dos puntos del espécimen que pueden verse separados). Aproximadamente, dicha distancia no puede ser menor que la mitad de la longitud de onda de la luz que ilumina un objeto. Es decir que el poder separador del microscopio será mayor cuando se ilumina con luz azul (400 nm) que cuando se hace con verde (550 nm) o con roja (680 nm). En la práctica, en condiciones óptimas y empleando objetivos y técnicas convencionales se alcanza a resolver detalles de 200 nm, lo que significa un aumento del orden de 2000. En cambio, en el caso de la iluminación con electrones, la resolución espacial es mucho mayor. La longitud de onda asociada a un electrón sometido a una diferencia de potencial de 50kV es de 0,0055 nm, es decir, unas 100000 veces inferior a la de la luz verde.

El primer microscopio electrónico, basado en las ideas de De Broglie, fue diseñado por el físico Ernst Ruska y el ingeniero eléctrico Max Knoll, entre 1925 y 1930. El primer prototipo vio la luz en 1931 y dos años después, Ruska consiguió construir un modelo con un poder resolutivo superior al de los ópticos.

En función de su sistema de iluminación, podemos diferenciar entre dos tipos de microscopios: el microscopio de transmisión, en el que la muestra es transparente o suficientemente delgada para ser atravesada por el haz de fotones/electrones y el de reflexión, empleado para objetos opacos que reflejan el haz incidente.

Conceptualmente, el microscopio electrónico de transmisión es muy parecido al microscopio óptico convencional, la diferencia esencial consiste en la naturaleza de las lentes. El cristal es totalmente opaco al paso de los electrones y por tanto las lentes deben sustituirse por otros dispositivos que permitan modificar la trayectoria de estos, permitiendo enfocar como si de fotones se tratase. Dado que los electrones son sensibles a los campos eléctricos y magnéticos, las llamadas lentes electromagnéticas son la respuesta.

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Una lente electromagnética consiste en una bobina de hilo de cobre (B) rodeada por una armadura   toroidal con unas piezas polares que, al paso de corriente, crean un fuerte campo magnético no uniforme que sirve para hacer converger el haz de electrones. Difieren de las ópticas en que están fijas, tienen una distancia focal variable que depende de la intensidad que circula por la bobina, sólo pueden ser convergentes y su apertura numérica (que es un número adimensional que caracteriza el rango de ángulos para los cuales el sistema acepta luz)  es muy inferior al de las lentes ópticas. Este último hecho resulta especialmente desfavorable porque el poder resolutivo no es función sólo de la longitud de onda de la iluminación, sino también de la apertura de la lente, lo cual reduce, en parte, las ventajas obtenidas empleando electrones.

Al inicio de su uso en microscopía, las características de las lentes electromagnéticas tenían unas propiedades claramente inferiores a las de cristal. Pero a medida que se progresó en su estudio teórico y en las técnicas de fabricación, se pudo gozar de las ventajas de la reducción de la longitud de onda de la “luz” asociada a los electrones. En la actualidad, el microscopio electrónico tiene un aumento máximo superior a un millón y un poder resolutivo inferior a un nanómetro, habiéndose extendido su uso a una gran diversidad de campos de aplicación.

No olvidemos que esta aportación que ha contribuido y contribuye de forma notoria en el avance de la ciencia y la tecnología, tiene su origen en una hipótesis teórica que cambió radicalmente los principios en que se asentaba el estudio de la luz y de la materia en la física clásica.

La historia del Dr. Louis de Broglie resulta una brillante aportación a la polémica sobre la utilidad de la investigación más fundamental. En palabras de Kurt Lewin:

“There is nothing as practical as a good theroy.” (Nada tan práctico como una buena teoría)

 Esta entrada participa en la edición LXXII (junio-julio de 2015) del Carnaval de la Física cuyo blog anfitrión es La Aventura de la Ciencia.

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Especial Año de la Luz en Next (@next_ciencia)

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Durante junio y julio, Next, la sección de Ciencia de Vozpopuli.com, dedicará una serie de artículos al Año Internacional de la Luz y las Tecnologías basadas en la Luz. Su redactor jefe, el excelente periodista y divulgador científico Antonio Martínez Ron ha decidido concienciar a los lectores de la importancia de la Luz y sus tecnologías derivadas a través de los testimonios de diversos científicos que trabajan en alguna de sus múltiples aplicaciones.

Las diferentes aportaciones respetan el carácter informativo, riguroso y ameno que caracteriza la sección Next. Carecen de tecnicismos siendo didácticas y cercanas. El objetivo de todas ellas es común: mostrar hasta qué punto el conocimiento de la luz ha contribuido en el avance de la humanidad.

Personalmente, me siento muy agradecida por haber sido invitada a poner mi granito de arena en este especial organizado por Antonio. Es todo un honor haber publicado en una sección que considero de referencia.

Fotografía de mi publicación en el Especial Año de la Luz

Fotografía de mi publicación en el Especial Año de la Luz

Podéis disfrutar de todos los artículos del Especial Año de la Luz en Next a través de este enlace. Estoy segura de que os gustarán, son una delicia.

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Irène y Frédéric Joliot-Curie: Radiactividad a la carta

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Entrada original publicada en el blog Desayuno con fotones

Tras la muerte de Pierre, Irène parecía designada por Marie a ocupar el vacío dejado por éste y convertirse, con los años, en su confidente y colaboradora. A los once años ya estudiaba matemáticas avanzadas y con trece viajaba sola y pasaba largas temporadas en casa de los amigos íntimos de Marie mientras esta pronunciaba conferencias en diferentes universidades o se aislaba en el laboratorio. En el instituto de enseñanza de Sevigné, sobresalía tanto en matemáticas y en física que se le permitió enseñar estas materias a sus compañeros. A los catorce aprobó la primera etapa de bachillerato con un año y medio de adelanto y matrícula de honor. Tres años más tarde, en el inicio de la Primera Guerra Mundial, ingresó en la Sorbona para estudiar matemáticas y física, al tiempo que se matriculaba a un curso de enfermería. Para entonces, Marie ya se refería a ella como “su compañera y amiga” y la llevó al frente  donde había desplegado una flota de sesenta unidades portátiles de rayos X, conocidas como “las pequeñas Curie”. En pocos meses, la dejó a cargo de una instalación radiológica de campaña en Hoogstade, donde, sola y sin ayuda, radiografiaba a los heridos y llevaba a cabo un cálculo geométrico para indicar al cirujano la localización de las balas y la metralla. Cumplió la mayoría de edad formando a enfermeras para que ocuparan su lugar cuando se trasladara a otra posición del campo de batalla. El siguiente destino fue Amiens. Allí aprendió por su cuenta a reparar los aparatos de rayos X, obteniendo una notable experiencia técnica. Regresó a París en 1916 para impartir un curso de rayos X en el nuevo Hospital Eith Cavell y volvió a matricularse en la Sorbona licenciándose con matrícula de honor en Física y Matemáticas. En 1920 entró a trabajar como ayudante en el laboratorio Curie del Instituto del Radio de la Universidad de París, dedicado a las investigaciones y enseñanza de la radiactividad. Centró sus  primeras investigaciones en fenómenos atómicos y basó su tesis doctoral en el estudio de las partículas alfa (núcleos de helio-4) emitidas por una fuente de polonio. La presentó en 1925 bajo el título: “Recherches sur les rayons alfa du polonium, oscillation de parcours, vitesse d’émission, pouvoir ionisant.”

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Ese mismo año, un joven e inquieto Frédéric Joliot, que todavía no había acabado el servicio militar, se presentó ante la que había sido la heroína de su infancia para pedirle un empleo en el laboratorio Curie. Venía muy recomendado por Paul Langevin y Marie le propuso empezar al día siguiente. Para ello consiguió que el coronel le dejase concluir antes las milicias. Frédéric, tras la muerte de su padre, se había matriculado en la École de physique et de chimie industrielles de París, donde Pierre Curie había enseñado antes de traspasar su puesto a Paul Langevin. Extrovertido y apuesto, Frédéric estaba acostumbrado a hacer amistades con facilidad. Sin embargo, le costó adaptarse al ambiente serio y silencioso del laboratorio Curie. Se sentía solo y evitaba a Irène, la ayudante preferida de la jefa que ni siquiera le daba los buenos días. Sin embargo, con el paso del tiempo empezó a sentirse más y más atraído por su inteligencia. Ambos disfrutaban conversando y dando largos paseos. Se enamoraron y decidieron comprometerse. Cuando Irène se lo comunicó a Marie, esta no encajó bien la noticia. Temía que se tratase de un matrimonio de conveniencia, que Joliot quisiese aprovecharse del apellido Curie. Al igual que otras personas, no podía imaginar a la taciturna y austera Irène con el alegre y elegante Frédéric. Su hija era tres años mayor que él, había declarado que nunca se casaría y no le daba importancia ninguna a la apariencia. Cuando no llevaba la bata de laboratorio con sus zapatos de enfermera, vestía sencillos vestidos de colores oscuros. Frédéric, en cambio, era todo un donjuán y un fumador empedernido. Era tal la desconfianza de Marie en la futura pareja que trató de disuadir a su hija e insistió para que llegaran a un acuerdo que anulase la ley francesa en virtud de la cual los maridos controlaban las propiedades de sus esposas. Necesitaba asegurarse que Irène sería la única que heredaría las substancias radiactivas del Instituto Curie.

Pero su hija, hizo caso omiso de los consejos maternos y se casó con Frédéric el 26 de octubre de 1926. Lo cual no impidió que Marie, durante años, siguiese presentándolo como “el hombre que se casó con Irène”. Frédéric, sin embargo, sentía una gran admiración por su suegra y no dudó en aceptar su petición cuando le insistió para que siguiese adelante con sus estudios. Mientras continuaba sus tareas en el Instituto, se licenció en la Sorbona doctorándose en 1930 con una tesis sobre la electroquímica de radioelementos: “Électrochimique des radioeléments. Applications diverses.” Langevin había acertado de lleno, vio en él al gran científico en el que se iba a convertir.

En 1927, tres años antes de que Frédéric leyese su tesis, tuvieron a Hélène y poco después Irène contrajo tuberculosis. El médico le advirtió de que no tuviese otro hijo y disminuyese su ritmo de trabajo. Pero aquello era superior a ella. La tuberculosis no la llevaría a renunciar a aquello que le hacía sentir completa, a ser investigadora y madre.  A la semana siguiente, combatiendo contra una enfermedad que volvería a padecer a lo largo de su vida, ya estaba de vuelta al laboratorio y cinco años más tarde su otro deseo se hizo realidad, dio a luz a Pierre.

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La colaboración científica entre ambos se centró en el estudio de las emisiones radiactivas. Les atraían las investigaciones que el grupo de Rutherford estaba desarrollando en el laboratorio Cavendish y disponían de 200 milicurios de Polonio, la fuente más poderosa de rayos alfa, para llevarlas a cabo. El primer paso era analizar la radiación neutra y muy penetrante que habían detectado Walther Bothe y Herbert Becker al bombardear berilio con partículas alfa provenientes de una muestra de polonio. Los Joliot-Curie repitieron los experimentos y publicaron sus hallazgos el 18 de enero de 1932. Habían observado que la potente radiación de Bothe era capaz de provocar la emisión de protones de una capa de parafina. Postularon que se trataba de una radiación electromagnética de alta frecuencia pero no supieron interpretar los resultados.

James Chadwick, asistente de director de investigación en Cavendish, informó del artículo a Rutherford y de las conclusiones de ambos investigadores. Rutherford se limitó a pronunciar un escueto “No lo creo”, una expresión que dejó perplejo a Chadwick que nunca le había visto reaccionar de esta forma. Viendo que el tema prometía y que muy pronto otros físicos se lanzarían a investigarlo, se puso manos a la obra y descubrió la presencia en el núcleo de partículas con cargas neutras, los neutrones. En 1932 transmitió a Nature una breve nota titulada: “Possible existence of a neutron” a la cual le seguiría el artículo más extenso en los Proceedings of the Royal Society titulado “The existence of neutron”.

Los Joliot-Curie habían tenido “en sus manos” el neutrón y no supieron reconocerlo. Y, por desgracia, no fue el único premio Nobel que vieron pasar delante de sus narices. En sus trabajos con una cámara de niebla que, mediante un campo magnético creado por un electroimán, curva la trayectoria de las partículas cargadas, observaron que algunos de los supuestos electrones producidos en el experimento se desviaban en sentido contrario. No se dieron cuenta de que se trataba de un nuevo tipo de partícula como el electrón pero con carga positiva que ya había sido propuesto en 1931, el positrón y que fue descubierto ese mismo año por Carl David Anderson.

Por fortuna, en su caso la expresión “a la tercera va la vencida” no pudo ser más cierta. Corría el año 1933 y el éxito estaba a punto de llamar a su puerta. Por aquel entonces, el matrimonio estaba centrado en el estudio de las desintegraciones del polonio. Sabían que era un emisor de partículas alfa y se preguntaban si, al igual que otros átomos radiactivos, también emitía radiación beta (electrones). Para comprobarlo, colocaron una lámina de aluminio que detuviese las partículas alfa antes de llegar al detector. Este último consistía en una cámara de niebla que, mediante un campo magnético creado por un electroimán, curvaría la trayectoria de las partículas beta, posibilitando su identificación. La primera experiencia dio resultados sorprendentes: no sólo detectaron electrones, sino que también aparecieron  protones y positrones. La presencia de protones podía explicarse sin dificultad a través de una reacción conocida, la transmutación del aluminio en silicio. La partícula alfa absorbida por el aluminio-27 produce silicio-30 más un protón. Lo que no sabían era qué hacían allí los positrones y para averiguarlo empezaron sustituyendo el material empleado como absorbente de partículas alfa. Observaron que al interponer una lámina de parafina, plata o litio, no detectaban positrones, mientras que en el caso del boro sí lo hacían. Por tanto, el origen de los positrones no se encontraba en el polonio, se hallaban ante un fenómeno que sólo se daba en ciertos absorbentes.  La primera hipótesis fue pensar que la transmutación de aluminio en silicio, aparte del citado positrón, también podía dar como resultado la emisión de un neutrón y un positrón. En ambos casos se conservaba la carga eléctrica. Para verificar la segunda posibilidad, modificaron el dispositivo de manera que permitiese la detección simultánea del neutrón y el positrón.

La primera prueba pareció confirmar su planteamiento pero la segunda aportó nueva información. Se percataron que al disminuir la energía de las partículas alfa dejaban de detectarse neutrones, quedando únicamente los positrones. Estaban equivocados y, tras reflexionar plantearon la nueva hipótesis: quizás el absorbente se volvía radiactivo al interaccionar con las partículas alfa emitidas por la fuente. Para comprobar si estaban en lo cierto situaron un contador Geiger junto al material absorbente, tras retirar la fuente de polonio. El Geiger “cantaba”, el material se había vuelto radiactivo y la emisión de radiación decaía exponencialmente como en el caso de la radiactividad ordinaria. Anunciaron su hallazgo en dos artículos, uno escrito en francés, con Irène como primer firmante y presentado el 15 de enero de 1933, y otro en inglés, con Frédéric encabezando la lista de autores.

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La radiactividad “artificial” había nacido y el matrimonio Joliot-Curie fue galardonado en 1935 con el premio Nobel de Química. La dotación económica del premio les permitió instalarse en Sceaux, donde recibían a sus amigos los domingos por la tarde. Irène, a diferencia de Marie, siempre antepuso sus obligaciones como madre a todo lo demás, creía que la maternidad era la experiencia más increíble que había vivido. En 1936, como consecuencia del premio, Irène fue nombrada subsecretaria de Estado para la Investigación Científica y, al año siguiente, accedió a una cátedra en la Sorbona. Frédéric, por su parte, fue elegido como catedrático en el Collège de France en 1937 y abandonó el laboratorio del Instituto del Radio para formar su propio laboratorio, en donde construyó el primer ciclotrón de Europa occidental.

Descubrir que la radiactividad artificial podía ser producida por el hombre supuso un avance fundamental en las aplicaciones médicas de las radiaciones ionizantes. Los Joliot-Curie, tal y como se desprende de su discurso de recepción del premio Nobel, ya aventuraron las posibilidades de su descubrimiento en el campo de la Medicina:

“La diversidad de las naturalezas químicas, la diversidad de las vidas medias de estos radioelementos sintéticos, permitirán sin duda investigaciones nuevas en biología y en físicoquímica.”

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«Holografía: arte, ciencia y tecnología con la luz» por Augusto Beléndez (@aubeva)

Hologramas del Tesoro de Villena (1983) realizados en la UA, por J. A. Quintana. Cortesía de Augusto Beléndez.

Hologramas del Tesoro de Villena (1983) realizados en la UA, por J. A. Quintana. Cortesía de Augusto Beléndez.

“Es la intersección de arte, ciencia y tecnología lo que hace la holografía tan interesante” Stephen Benton

Ha pasado mucho tiempo pero todavía recuerdo la impresión que me produjo, a los cinco años, aquel colgante. En un principio, al abrir la caja, pensé que se trataba de un bonito adorno pero al tomarlo entre los dedos para ponérmelo, mi corazón se aceleró. Dentro de aquel cristal veía una pequeña pirámide ¡en tres dimensiones!. Una pirámide que, por mucho que girase el cristal desconcertada, no estaba allí dentro. Aquello me impresionó más que cualquier espectáculo de magia. Con aquel regalo, mi padre me mostraba, una vez más, lo apasionante y bella que es la ciencia. Aquellos meses, visitamos varias exposiciones de holografía y me explicó que se trataba de un fenómeno óptico. Pero os confieso que, aún así, no entendía con claridad como se creaban los hologramas y no dejaba de mirar, con cierto recelo, la parte trasera de las obras expuestas. Todo aquello me resultaba increíble y fascinante.

Con el fin de transmitiros, en la medida de lo posible, mi pasión por la holografía, quiero compartir con vosotros la excelente conferencia “Holografía: arte, ciencia y tecnología con la luz” que impartió el Profesor Augusto Beléndez Vázquez, el pasado 14 de mayo de 2015, en la Sede de Alicante de la Universidad de Alicante. Esta se enmarca dentro del ciclo de conferencias organizadas,  con motivo del “Año Internacional de la Luz y de las Tecnologías basadas en la Luz”, por la Sección de Alicante de la Real Sociedad Española de Física, la Sociedad Española de Óptica, la Universidad de Alicante y la Universidad Miguel Hernández de Elche.

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Augusto Beléndez Vázquez es Catedrático de Física Aplicada en el Departamento de Física, Ingeniería de Sistemas y Teoría de la Señal de la Universidad de Alicante y director del Instituto Universitario de Física Aplicada a las Ciencias y las Tecnologías de esta universidad. Su labor investigadora se desarrolla en torno a la holografía, la ciencia no lineal y la enseñanza de la Física, respondiendo esta última a la importancia que le confiere a la transmisión de la Física. Augusto Beléndez es muy consciente de que esta ciencia, no sólo le ha enriquecido a nivel intelectual sino que le ha proporcionado grandes momento de diversión y por ello, tanto en sus clases como en sus actividades divulgativas, trata de comunicar a los demás que se puede disfrutar con la Física. Este esfuerzo por generar interés al prójimo, en el caso de los alumnos, se vio recompensado en 2009 con el “Premio a la Excelencia Docente” de su universidad. Ese año también fue especial como divulgador ya que comenzó el blog  “Física para tod@s” que ya lleva cinco años regalándonos grandes entradas. Aparte, su divulgación también incluye conferencias como la presente y múltiples artículos. Augusto desarrolla con maestría las tres actividades que, en mi opinión, debería practicar todo Profesor universitario: investigación, formación y divulgación.

La charla “Holografía: arte, ciencia y tecnología con la luz” se inicia dando a conocer los fundamentos físicos de la holografía para pasar a describir, a continuación, los procesos involucrados en el registro y reconstrucción de un holograma. Tras esto, se emprende un viaje a través de la historia de sus orígenes y posterior desarrollo poniendo especial énfasis en las contribuciones de los tres principales protagonistas Gabor, Denisyuk y Leith. Finalmente, en la última parte de la exposición se describen algunas de las aplicaciones más importantes de la holografía en la ciencia, la tecnología y el arte.

Enlace a la conferencia: Vértice: Holografía: arte, ciencia y tecnología con la luz.

Para completar la conferencia, os enlazo el texto completo de la Lección inaugural que impartió Augusto, en el Solemne Acto de Apertura del curso académico 2007-08 de la Universidad de Alicante, sobre holografía.

Agradezco, de corazón, a mi amigo Augusto y a la Universidad de Alicante, la gentileza de permitirme publicar esta charla.

P.D. El próximo viernes 12 de junio de 2015, en un acto organizado por la Asociación de Divulgación Científica de Elche,  Augusto Beléndez impartirá la conferencia «James Clerk Maxwell: el hombre que lo cambió todo» a las 19:30, en la Tetería Adarve situada en la Calle Mayor del Raval, nº4 de Elche.

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Fin de curso “podcastero” de las Tertulias Literarias de Ciencia

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El pasado dos de mayo, Dolores Bueno (la alma máter de las tertulias, junto a Juan Carlos Bayona) escribió la última entrada sobre el libro Mala Ciencia de Goldacre y antes de acabar de leerla ya sentía nostalgia. Supe que echaría de menos lo mejor de las Tertulias Literarias de Ciencia, el intercambio de opiniones con quienes ya considero unos buenos amigos. Sus comentarios me han llevado a reflexionar sobre la mejor forma de acercar la ciencia a la gente, sobre el daño que causan las pseudociencias a la sociedad y sobre la responsabilidad que tiene todo aquel que las apoya o permite su existencia.

El intercambio de pareceres que ha generado el libro, me ha resultado mucho más enriquecedor que la propia obra de Goldacre. Leyéndolos he aprendido muchísimo y me he replanteado algunas cosas. Me ha resultado muy beneficioso hacer autocrítica sobre la forma en la que, en ocasiones, presentamos la ciencia o nos enfrentamos a las pseudociencias.

Mis impresiones sobre el libro de Goldacre y esta tercera edición de las tertulias, junto a las de otros tertulianos, podéis escucharlas en el podcast final. Como sabéis, este año estrenamos este formato y no queríamos acabar “el curso” sin un último capítulo, sin el colofón final de las tertulias.

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Gracias a todos los que de una u otra forma habéis apoyado esta iniciativa. Espero que en la próxima edición seamos muchos más quienes podamos disfrutar de la experiencia y que regresen aquellos tertulianos que no han podido seguir esta edición. Se les ha echado mucho de menos.

Volvemos a leernos muy pronto

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¡Radiación!: Nuestra temible aliada en «La Fábrica de la Ciencia» de @jonsulve

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El pasado jueves tuve el honor de estrenarme como colaboradora en el excelente programa “La fábrica de la Ciencia” de Jorge Onsulve Orellana. Me hizo muchísima ilusión porque soy una fiel seguidora del programa.  Me encanta la forma de entrevistar de Jorge, las preguntas que hace, el clima de coordialidad que crea con el invitado y transmite al oyente. Estoy muy agradecida de que cuente conmigo, de formar parte de esta fabulosa fábrica de ciencia que ha creado.

Jorge es un apasionado de la divulgación científica, a la que dedica, de forma altruista, gran parte de su tiempo. Nació dos meses antes del lanzamiento del Apollo XIII y su infancia estuvo marcada por la curiosidad que experimentaba por todo aquello que podría encontrarse bajo tierra. Esta inquietud, potenciada por los restos encontrados en el solar trasero de su casa y la proliferación de yacimientos arqueológicos en el pueblo donde siempre ha vivido, Gavà, le condujo hacia la historia y la arqueología. Como resultado, cursó la  licenciatura en Humanidades en la Universitat Oberta de Catalunya, un Máster en Egiptología en el Instituto de Estudios del Próximo Oriente Antiguo (IEPOA) de la Universitat Autònoma de Barcelona y un posgrado en Arqueología en la UOC. Pero su anhelo de conocimiento iba más allá  y su afición a la astronomía y los fósiles, despertaron su interés por la física, la paleontología y otras especialidades científicas.

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Pese a que su formación académica esté relacionada con la historia y la arqueología, nunca se ha dedicado profesionalmente a estas especialidades, si bien cabe señalar que en la actualidad está llevando a cabo una investigación toponímica del Término de la Baronía de Eramprunyà y ha colaborado en diferentes campañas arqueológicas.

Por lo que respecta al programa de radio, Jorge es quien mejor puede presentarlo:

“El programa de la Fábrica de la Ciencia en sus inicios estaba destinado a tratar temas relacionados con las humanidades y a entrevistar a personajes del mundo de la historia, antropología, arqueología, etc, Ni siquiera el nombre inicial era el actual, pero gracias a la intervención de algunos amigos, cambié definitivamente el nombre y los temas se ampliaron a otros campos de la ciencia. 

Aún recuerdo el primer programa que en aquella época estaba incluido dentro del espacio matinal,  Amb G de Gavà de Ràdio Gavà ¡¡Qué nervios!!. Pronto decidí desvincularme del magazine matinal y crear un espacio propio ubicado en la franja horaria actual de 9:00-10:00 am. Y en este momento comencé mis andaduras por los colegios y, grabadora en mano, me presentaba en los diferentes centros educativos explicándoles mi proyecto. Hasta la fecha he colaborado con cuatro colegios y para el curso que viene se sumarán otros cuatro más. 

El programa se me quedaba corto con una emisión semanal, así que tuve que ampliarlo a dos emisiones semanales. Pero ocasionalmente, incluso emito tres programas a la semana, cuando se trata de especiales con los más pequeños. 

Y un día, el 05/04/2015, la Fábrica de la Ciencia fue galardonada con el premio a la Calidad Educativa por la Xarxa  Gavà Educa. Un día muy emotivo sin duda para mí personalmente, pero sobre todo para la Fábrica de la Ciencia!! 

En el futuro seguiré con interesantes entrevistas a científicos de los diferentes campos, colaborando con los colegios y otras sorpresas!!” Jorge Onsulve 

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En mi primera participación en «La fábrica de la ciencia», tratamos el tema de las radiaciones ionizantes. Presentamos sus fundamentos físicos, las magnitudes y unidades de medida, los efectos que produce su interacción con el mundo biológico, su presencia en los rayos cósmicos y en la corteza terrestre y sus diferentes aplicaciones. Nos quedó pendiente la explicación sobre la Radioterapia, que  tendrá que esperar a próximos programas. Si estáis interesados en profundizar sobre esta temática, os recomiendo que visitéis el magnífico blog de física médica Desayuno con fotones. Os dejos con el audio de la entrevista, espero que os guste. Para mí fue un verdadero placer.

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John Bardeen, un genio olvidado (versión extendida del platito de @buhardilla)

0509_GUIDE1John Bardeen es uno de los mejores físicos de todos los tiempos, uno de los científicos más destacados del siglo XX. Es la única persona galardonada con dos Premio Nobel de Física y ambos concedidos por dos contribuciones estelares en la historia de la ciencia como fueron la invención del transistor y la formulación de la teoría BCS de la superconductividad.

Me resulta inexplicable y tremendamente injusto que personas como él permanezcan en el olvido, que no se dé la notoriedad que merece a alguien cuyos logros han cambiado nuestro día a día, al padre de la “era de la información”. Según la historiadora Lillian Hoddeson, autora de su biografía “True Genius”, esto se debe a que él se diferenciaba radicalmente de la imagen popular de genio. Era un hombre tranquilo, familiar y amistoso que prefería ir de picnic con su familia o trabajar tranquilamente en su oficina que hablar en público. No tenía pretensiones y le costaba la comunicación verbal. Hablaba poco y con moderación, apenas abría la boca al hacerlo. Sus estudiantes le llamaban “John el susurrador” por la forma en la que daba sus conferencias. Su personaje no resultaba atractivo para los periodistas ya que no sentía ningún interés en mostrar un comportamiento excéntrico, fuera de lo normal.

También se diferenciaba del prototipo de genio en otros sentidos. No fue autodidacta ni trabajó en soledad. Dedicó gran parte de su vida al estudio de la física hasta adquirir un legendario conocimiento enciclopédico de la misma. Aprendió de grandes de la física moderna, como Van Vleck, Wigner, Paul AM Dirac, Percy W. Bridgman, y Peter Debye, cómo reconocer y resolver los problemas que estaban suficientemente maduros y cómo encontrar el mejor equipo de teóricos y experimentalistas para estudiarlos. Sus descubrimientos no fueron fruto de inspiraciones repentinas ni de ideas felices, fueron producto de años de arduo esfuerzo en los que analizaba los diversos aspectos de un problema hasta poder comprenderlo y tratarlo en su conjunto. John Bardeen con su perseverancia, motivación, pasión, talento, confianza, resolución, capacidad de dirección y capacidad de trabajo se asemejaba a los verdaderos genios de la historia.

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John Bardeen nació el 23 de mayo de 1908 en Madison (Wisconsin), en el seno de una familia intelectual que fomentaba el valor del trabajo duro, la educación y el servicio a la sociedad y la nación. Su abuelo Charles William Bardeen, que a los catorce años se había alistado como un abolicionista en la Guerra Civil, creó y consolidó la School Bulletin Publications en la que, durante cincuenta años, expresó sus puntos de vista progresistas respecto a la educación. Su padre Charles Russell Bardeen, licenciado en la primera promoción de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, fundó y fue decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Wisconsin. La madre, Althea, había estudiado arte en Nueva York y Chicago y enseñó economía doméstica en el instituto progresista de la Universidad de Chicago, establecido por John Dewey. En el momento en el que conoció y se casó con Charles Russell, llevaba adelante un pequeño negocio de decoración de interiores en Chicago.

John pudo saltarse varios cursos en la escuela terminando octavo grado antes de los nueve años. A esa edad ingresó en el instituto de secundaria de la Universidad de Wisconsin, cuya filosofía progresista era similar a la de la Escuela Dewey, donde había enseñado su madre. Charles Russell, por su parte, alentaba la educación científica de su hijo planteándole problemas de matemáticas y comprando productos químicos con los que padre e hijo experimentaban en el laboratorio del sótano.

En abril de 1920, cuando John aún no había cumplido los doce, su madre murió de cáncer de mama. Por el bien de los niños el matrimonio decidió que Althea pasase sus últimos días en casa de unos amigos y John no fue consciente de la gravedad del estado de su madre. Su muerte le cogió por sorpresa y fue muy duro afrontar la adolescencia sin ella. Su padre no se veía capaz de cuidar a sus hijos pero meses después contrajo matrimonio con su secretaria Ruth Hames, a quien los niños ya conocían. Al año tuvieron otra hermana y Ruth puso orden al caos en el que se había convertido el hogar.

John terminó el instituto a los trece pero pospuso su entrada en la Universidad de Wisconsin para hacer cursos adicionales de matemáticas, ciencias y literatura en el Madison Central High School que no ofrecían en su instituto.

En la Universidad de Wisconsin se unió a algunas de las principales fraternidades y entró a formar parte de los equipos de natación y waterpolo. Se especializó en ingeniería eléctrica porque había oído que se usaban muchas matemáticas pero pronto se dio cuenta de que las matemáticas que daban le aburrían y empezó a estudiar cálculo por su cuenta. En ese periodo le entusiasmó el curso de mecánica cuántica que dio el matemático John Van Vleck durante dos semestres. Fue su primer contacto con dicha materia y le resultó tan fascinante que también se apuntó al curso de investigación que Van Vleck impartía sobre el libro “Quantum Principle and Line Spectra”. Van Vleck le animó a que considerase estudiar la carrera de física pero Bardeen no estaba todavía preparado para hacerlo. Creía que la única salida que había si estudiaba física o matemáticas era enseñar en la universidad y esto era lo último que deseaba. Sin embargo, al acabar la tesis del master sobre prospección eléctrica para el petróleo en 1929, pensó en cambiar de campo de estudio a la física y presentó una solicitud para una beca de investigación en el Trinity College de Cambridge. Pero a pesar de contar con muy buenas referencias se quedó sin ella y aceptó una plaza de profesor agregado con Edward Bennett, el jefe del departamento de ingeniería de Wisconsin. Poco después recibió una oferta para trabajar como geofísico en la compañía Gulf.

En su tercer año en Gulf, mientras reflexionaba sobre su futuro profesional, asistió, fuera de sus horas de trabajo, a un seminario de investigación en física moderna que se impartía en la Universidad de Pittsburgh. En él se plantearon los problemas que existían en la física por aquel entonces y Bardeen encontró las discusiones mucho más estimulantes que su trabajo como ingeniero. Se dio cuenta que debía cambiar la orientación de su vida.

Así que en 1933, durante la Gran Depresión, solicitó una plaza en la Universidad de Princeton que le fue concedida sin apoyo económico. Esto complicaba su voluntad de renunciar a su posición segura en Gulf. Tenía veinticinco años y la decisión era muy arriesgada. Había poco trabajo y nada le aseguraba que fuese a encontrar otro más adelante. Sin embargo, no podía seguir resistiéndose a cumplir el deseo de seguir los pasos académicos de su padre. Su madre a su edad también había asumido un gran riesgo dejando a su familia para estudiar arte en Nueva York. La noche antes de abandonar Pittsburgh acudió a una pequeña fiesta que organizaba un colega y conoció a Jane Maxwell quien, tras cinco años de noviazgo, se convertiría en su esposa. Ambos disfrutaron de cincuenta y tres años de feliz matrimonio.

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Ya en Princeton, Bardeen fue el segundo estudiante de posgrado de P. Wigner, uno de los pioneros de la física teórica del Estado Sólido. Con él aprendió que debía atacar los problemas descomponiéndolos en sus partes esenciales y que un investigador debía sumergirse en la literatura de su campo de estudio. Bardeen lo hizo, se acostumbró a pasar horas y horas en la biblioteca documentándose sobre física del Estado Sólido hasta conseguir, con los años, un vasto conocimiento sobre la materia.

Cuando empezaba a escribir su tesis doctoral se enteró de que la Universidad de Harvard estaba valorando incluirle en su junta. Para conseguir su prestigiosa beca de investigación tuvo que superar una entrevista con los socios de la universidad. Desde Princenton, entretanto, temerosos de perder a Bardeen, le ofrecieron una beca en matemáticas. Pero Bardeen tenía las ideas claras, la beca de Harvard era de Física y le garantizaba ingresos económicos durante tres años. Sólo faltaba un último requisito para alcanzar su objetivo: acabar el doctorado. Debía entrar como investigador en la prestigiosa universidad con el título en mano. Pero, por el momento, la tesis tuvo que esperar. En mayo de 1935 se desplazó a Madison para acompañar a su padre que estaba muriéndose de cáncer y no fue hasta la muerte de éste que volvió a trabajar en ella. Le dedicó a la tesis días y noches pero aún así, no le fue posible terminar los cálculos durante el verano. Con todo, Harvard hizo una excepción y permitió que la completase durante el primer semestre. Recibió el doctorado en enero de 1936.

En Harvard, permaneció como becario desde 1936 hasta el 38, trabajando con el premio Nobel y físico teórico de Estado Sóido Van Vleck y con el premio Nobel y físico experimental de Estado Sólido Percy Bridgman. Este último había llevado a cabo medidas para sólidos en condiciones de alta presión, pero no lograba justificar los resultados. Fue Bardeen quien construyó una teoría semiemprírica que permitió predecirlos con exactitud. Esta colaboración en equipo con Bridgman estableció un modelo de alto rendimiento entre un teórico y un experimentalista que siempre trataría de emular en años posteriores. Situado en los alrededores de Harvard, Bardeen visitaba el MIT a menudo. Allí intercambiaba impresiones con el Jefe del departamento de Física John Slater y el doctorando de éste William Shockley. Bardeen admiraba la inteligencia, imaginación y confianza en sí mismo de Shockley. Durante el segundo semestre Shockley recibió una oferta de los Bell Telephone Laboratories, el brazo de investigación y desarrollo de la American Telephone and Telegraph Company.

Uno de los temas que fascinaron a Bardeen en Harvard fue el fenómeno de la superconductividad, descubierto por Heike Kamerlingh Onnes en 1911. Este consiste en la pérdida completa de resistencia eléctrica de ciertos metales y aleaciones cuando su temperatura es inferior a una temperatura crítica de transición. En el estado superconductor se puede conducir corriente sin pérdida de energía y originar corrientes persistentes, algo tan extraordinario para los físicos como difícil de interpretar. Pero eso no es todo, en 1933, Walther Meissner y Robert Ochsenfeld descubrieron que los metales a una temperatura inferior a la crítica forman corrientes superficiales que crean un campo magnético que compensa el campo externo, cancelándolo. Se sucedían las teorías propuestas para explicar el comportamiento de los superconductores pero todas ellas fracasaban.

Mientras tanto, Bardeen se casó con Jane Maxwell en junio de 1938, poco después de que el Departamento de Física de la Universidad de Minnesota le ofreciese su primer puesto docente. Un año más tarde nació su hijo James Maxwell Bardeen. En el nacimiento de su segundo hijo William Allan Bardeen en 1941, la familia se había trasladado a Washington DC para servir al país en el laboratorio de investigación de la Marina. Allí, Bardeen, pronto se sintió a disgusto. El trabajo de ingeniería militar le desviaba de su investigación en física y la burocracia resultaba inflexible y caótica. Tan pronto como terminó la guerra, regresó a la física fundamental y tuvo lugar un hecho decisivo.

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Bardeen fue contratado para trabajar en la división de investigación de física de Estado Sólido de los Laboratorios Bell que había creado su vicepresidente ejecutivo Mervin Kelly. El grupo, encabezado por Shockley, contaba también con dos físicos experimentales, Walter Brattain y Gerald Pearson, un químico, Robert Gibney, y un experto en circuitos, Hilbert Moore. El objetivo, estipulado por Kelly, consistía en “obtener nuevos conocimientos que pudiesen ser usados en el desarrollo de componentes totalmente nuevos y mejores para sistemas de comunicaciones.”

Uno de los retos que abordaron y que condujo al descubrimiento del transistor, fue la búsqueda de un sustituto para los amplificadores basados en válvulas termoiónicas que se empleaban en muchos aparatos. Estos componentes tenían un tamaño considerable, eran muy delicados y su consumo era elevado. Para encontrar un dispositivo de estado sólido que hiciese sus funciones emplearon los semiconductores que mejor conocían y podían fabricar: el silicio y el germanio. En esta línea, Shockley, seis meses antes de incorporarse Bardeen, había diseñado un amplificador basado en silicio que no había logrado hacer funcionar, así que le pidió a Bardeen que encontrase el motivo del fracaso. Obtuvo la respuesta cinco meses después gracias al desarrollo de una teoría sobre los estados de la superficie de un sólido. Los electrones del dispositivo de Shocley quedaban confinados en las superficies de los materiales que lo constituían.

Durante las investigaciones que llevaron al deseado invento, Bardeen y Brattain formaban el equipo perfecto, Bardeen era «el cerebro» y Brattain «las manos». Ambos probaron diversos electrolitos y posibles configuraciones hasta que, finalmente, durante el conocido como “Mes milagroso” de 1947, lograron amplificar la corriente eléctrica de forma controlada y reproducible. El objetivo se había cumplido, el transistor de punta de contacto ya era una realidad. Bardeen, al llegar a casa por la noche le susurró a su esposa un escueto «Descubrimos algo hoy». Nunca hasta entonces le había hecho ningún comentario sobre el trabajo así que Jane supo que había sido un día especial.

El dispositivo estaba compuesto de dos púas de metal (oro) que presionaban sobre la superficie de material semiconductor (germanio) en posiciones muy próximas entre sí. Su fecha de nacimiento suele datarse el 23 de diciembre, día en el que Brattain y H. R. Moore, hicieron una demostración del transistor a sus colegas de los Laboratorios Bell. Shockely no había intervenido en el invento pero supo sacar partido de su posición como líder del grupo. A diferencia de Bardeen, intuyendo la relevancia del hallazgo, decidió apartar a Bardeen y a Brattain de la investigación y desarrolló por su cuenta el transistor de unión con la geometría que se conoce en la actualidad. Esto provocó un gran malestar entre los científicos. Brattain fue asignado a otro grupo y Bardeen abandonó los Laboratorios Bell en 1951 para ocupar un puesto de profesor de Física en la Universidad de Illinois donde permaneció hasta su jubilación.

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Una vez instalado en la universidad, se sumergió de lleno en el problema de la superconductividad buscando teorías que pudiesen describir las interacciones entre los electrones en los superconductores. Para hacerlo invitó a su alumno graduado Bohm David Pines a trabajar con él y ambos desarrollaron un formalismo para tratar el acoplamiento de los electrones a las vibraciones de la red. Determinaron que en los casos en que la transferencia de energía era pequeña, los electrones vencían la repulsión coulombiana y se atraían entre ellos. Tras aquello Bardeen se dedicó a examinar toda la obra existente sobre superconductividad y elaboró un artículo extenso y completo sobre el tema que se publicó en 1956 en el Handbuch der Physik.

Entretanto, en 1953, J. Robert Schrieffer, se unió al programa de física de posgrado de Illinois eligiendo como asesor de tesis a Bardeen y como tema la superconductividad. Pines, por su parte, aceptó un puesto de profesor en Princenton y Bardeen invitó al joven teórico Leon Cooper a unirse al equipo. A finales de 1955, Cooper mostró que las interacciones con la red cristalina podían hacer que electrones con espines opuestos se combinasen para formar fuertes pares correlacionados cuyo movimiento podía explicar la forma en la que los electrones fluían sin resistencia en un superconductor. Los pares de Cooper se formaban a bajas temperaturas. Añadiéndoles energía se rompían y el material volvía a presentar un estado normal no-superconductor.

En 1956, en pleno estudio de la superconductividad, Bardeen se vio sorprendido por la concesión del Premio Nobel de Física, junto a Brattain y Shockley “por sus investigaciones sobre los semiconductores y el descubrimiento del efecto transistor”. Tuvo dudas acerca de la conveniencia de viajar a Estocolmo a recoger el Premio. Por un lado, no quería dejar colgado el trabajo que estaba haciendo con Cooper y Schrieffer y, por el otro, no estaba muy seguro de que el transistor fuese un invento merecedor de un Nobel. Le avergonzaba ser premiado antes de que lo fuesen científicos tan brillantes como sus profesores Wigner y Van Vleck. Finalmente asistió a la ceremonia y, durante la misma, el rey Gustavo VI Adolfo de Suecia le preguntó a por su familia. Bardeen le respondió que dos de sus hijos no habían podido asistir porque no quería que interrumpiesen sus estudios en la Universidad de Harvard por algo así y el rey, asombrado, le hizo prometer que si volvían a coincidir traería a toda su familia. No imaginaba el científico que tendría que cumplir dicha promesa.

Poco después de su regreso de Estocolmo, Schrieffer dio un paso definitivo. Mientras iba en el metro de Nueva Jersey, de camino a una reunión anual de la APS, pensó que el conjunto de pares de Cooper del semiconductor en su estado fundamental, podían describirse con una única función de onda que garabateó allí mismo. Más tarde, al mostrársela a Bardeen, iniciaron un periodo de trabajo febril en el que emplearon la función de onda para calcular todas las cantidades experimentales pertinentes. Todo cuadraba, Bardeen, Cooper y Scrieffer se dieron cuenta de que habían resuelto el problema que llevaba cuatro décadas dejando perplejos a los mejores físicos del mundo.

En abril de ese año, Bardeen, Cooper y Schieffer publicaron un pequeño artículo en Physical Review titulado “Teoría microscópica de la Superconductividad” y, en julio de 1957, presentaron el informe completo de los resultados bajo el título “Teoría de la Superconductividad” a la misma revista que lo publicó en diciembre.

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En 1965, el presidente Lyndon Johnson le entregó la Medalla Nacional de la Ciencia, el premio más alto de la nación para el logro científico. Pero Bardeen pensaba en otro reconocimiento. Temía que la Academia Sueca de Ciencias mantuviese la tradición de no otorgar a una persona dos Premio Nobel en el mismo campo y que Schrieffer y Cooper se quedasen sin un honor muy merecido. Afortunadamente, dicha recompensa llegó en 1972. El Comité Nobel rompió precedentes y otorgó el Premio Nobel de Física a los tres investigadores “por su desarrollo de la teoría de la superconductividad, conocida como teoría BCS”. Gran parte del dinero que consiguió Bardeen con el galardón, lo donó a organizaciones destinadas al avance de la ciencia. También tuvo que cumplir con la promesa que le había hecho al rey y llevó a todos sus hijos a la ceremonia de entrega.

Durante su estancia en Illinois, Bardeen, tratando de asumir la responsabilidad social que implicaba su posición como científico, formó parte de algunos grupos consultivos nacionales como la Oficina de Investigación Naval (ONR) o el Comité Asesor de Ciencia del Presidente (PSAC), desde 1959 hasta 1962 con Dwight D. Eisenhower y después John F. Kennedy. En 1968, fue elegido presidente de la Sociedad Americana de Física (APS), un honor que, sin poder sospecharlo, le condujo a afrontar una difícil situación. La sociedad tenía que celebrar su reunión anual en Chicago en 1970 y, debido a la brutalidad de las acciones policiales durante la protesta contra la guerra de Vietnam, un número importante de sociedades profesionales decidieron cancelar sus reuniones. Muchos de los miembros de la APS querían hacer lo mismo, mientras que otros, en cambio, creían que la cancelación implicaba usar la APS para fines que, aun siendo importantes, no concernían a los objetivos para los que se había constituido la sociedad. Bardeem tuvo que mediar en el conflicto y adoptó una posición neutral. Intentó que quienes defendían la reubicación de la reunión comprendiesen que a aquellas alturas ya no era posible encontrar otro emplazamiento para 10000 personas. Cuando acabó su mandato como presidente, sintió verdadero alivio. En 1981, fue invitado a servir en el Consejo Científico de la Casa Blanca del Presidente Ronald Reagan (WHSC). En un principio se resistió porque era contrario a la política irresponsable y militarista del presidente pero su amigo Charles Slichter acabó convenciéndole. Como miembro del consejo apoyó la fundación de centros de investigación multidisciplinar y expuso la necesidad de incrementar el desarrollo tecnológico a largo plazo y evitar que la urgencia por obtener beneficios rápidos arruinase interesantes proyectos de futuro. En su primer año, pese a que la Casa Blanca no respaldó todas sus iniciativas, quedó satisfecho de la labor que había desarrollado. Pero la situación cambió radicalmente cuando Reagan y Keyworth pusieron en marcha el programa de defensa antimisiles o Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI) (conocido popularmente, como Star Wars), al que Bardeen se opuso desde el principio. No se limitó a dimitir del Consejo sino que redactó diversos artículos en los que expuso los peligros que conllevaba el programa.

Menos de dos años después de la concesión del segundo Nobel, Bardeen se retiró de la enseñanza pero continuó investigando como profesor emérito. Su capacidad intelectual y su agilidad mental no se vieron mermadas con el paso de los años. A los setenta, el premio Nobel se volcó en el estudio de una nueva teoría de la mecánica cuántica que interpretase el comportamiento de los electrones en las ondas de densidad de carga. Estas ondas se producen en ciertos metales, cuando los electrones forman patrones cristalinos que se mueven al unísono y responden de manera característica a los voltajes aplicados. Bardeen creía que se trataba de un fenómeno cuántico colectivo cuyo elemento esencial era el efecto túnel cuántico pero muchos físicos se mostraron reticentes. La oposición de sus colegas produjo un gran desasosiego en el físico que estaba convencido de la veracidad de la teoría. Sólo la amistad de Holonyak y los partidos de golf paliaron, en parte, esta amargura.

A finales de la década de 1980 su salud ya estaba muy deteriorada. Padecía gota en las piernas y degeneración macular. Sin embargo, eso no impidió que en 1987, tras el descubrimiento de la superconductividad a alta temperatura, se lanzase a la búsqueda de una teoría que dilucidase el fenómeno. En diciembre de 1990 publicó su último artículo, sobre las ondas de densidad de carga, en el Physics Today. El cáncer se había extendido y la cirugía estaba descartada. Ni siquiera hubo tiempo de administrarle radiación. Murió de un ataque al corazón el 30 de enero de 1991. Sus restos, junto a los de Jane, descansan en el Forest Hill Cementery de Madison, Wisconsin. Su hijo William diseñó una sola lápida de piedra en la que los nombres de sus padres se acompañan de símbolos que reflejan sus intereses, el mundo natural, los dos Premios Nobel.

EN LA BUHARDILLA 2.0

Para acceder al platito del día de John Bardeen en La Buhardilla 2.0 pulsad sobre este enlace.

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Blas Cabrera, físico, humanista y profesor

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En la fotografía aparecen dos hombres recorriendo las calles de Madrid. Uno de ellos es el  célebre Premio Nobel de Física Albert Einstein, al otro, por desgracia, nos cuesta identificarlo. Nos resulta difícil reconocer a Blas Cabrera, el padre de la Física Moderna en España. Un gran científico que, durante la primera mitad del siglo XX, contribuyó a la ciencia con importantes aportaciones propias, llevó a cabo una prolífica labor divulgativa de la Relatividad y la Mecánica Cuántica y logró que las investigaciones en Física y Química que desarrollaban en el territorio español despertasen interés a nivel mundial. Una persona cuya historia forma parte de la cultura científica, cuyo recuerdo debería permanecer.

Blas Cabrera Felipe, el primer hijo del abogado y notario Blas Cabrera Topham y de Antonia Felipe Cabrera, nació en Arrecife el 20 de mayo de 1878. Todavía era un niño que correteaba por las calles del lugar cuando la familia se trasladó a Tenerife. Los motivos del cambio de residencia se desconocen. Pudo ser debido a una mejora en las condiciones laborales del cabeza de familia, a una mayor proximidad a los centros de enseñanza secundaria y a las Universidades de La Laguna, dónde algún día podrían ir a estudiar sus hijos, o por razones derivadas de asuntos políticos. En cualquier caso, el ambiente cultural de Blas mejoró en la mudanza. Inició su aprendizaje en una de las dos escuelas de primaria de Arrecife aunque, debido al traslado y a la pésima situación de la educación pública, se formó, principalmente, con profesores privados. La posición social y económica de su familia se lo podía permitir.

Blas era inquieto y revoltoso y no sentía especial interés por los estudios. Prefería salir a jugar a la plaza que someterse a la disciplina de las aulas o encerrarse en casa. Aún así, continuó su formación completando la Enseñanza Secundaria, a los 16 años, con un expediente destacable. Sin embargo, los comentarios de sus profesores, que acompañaban el documento, señalaban la poca atención que prestaba en las clases. Sólo el profesor de Física y Química resaltaba la especial afición e interés de Blas por sus materias. Subrayaba también,  la meticulosidad de su trabajo en el laboratorio. Esto último, no deja de ser remarcable puesto que, años más tarde, realizaría todos sus hallazgos en base a resultados experimentales. Pero en aquel entonces, sus padres, esperanzados con que su hijo siguiese la carrera familiar y se hiciese notario, no percibieron la atracción del joven por la experimentación. Pero no fue la única pasión que descubrió en el instituto. Allí también conoció al amor de su vida y su futura esposa María Sánchez Real. Por fin, el 17 de septiembre de 1894, obtuvo el Título de Bachiller y se trasladó a Madrid a cumplir el sueño paterno.

Allí, mientas iniciaba la carrera de Derecho, entró en contacto con el ambiente científico de Ramón y Cajal. La asistencia a sus tertulias cultural-científicas del Café Suizo le hizo cambiar su interés por el estudio de las leyes jurídico-sociales por el de las naturales. Abandonó la carrera de Derecho para matricularse en Física y, cuatro años más tarde, se licenció en Ciencias Físico Matemáticas por la Universidad Central de Madrid. En 1901 se doctoró en Ciencias Físicas con la tesis: «Sobre la variación Diurna de la Componente Horizontal del Viento», que fue calificada de Sobresaliente y dotada con el Premio Extraordinario. Ese mismo año sacó la plaza de profesor ayudante de Electricidad en la Facultad de Ciencias y en 1905 la de catedrático de Electridad y Magnetismo en la Universidad de Madrid. Para entonces ya había publicado numerosos estudios científicos en la Revista de la Sociedad Española de Física y Química, de la que fue socio fundador en 1903. Sus trabajos se centraron en la investigación de las propiedades de los electrólitos, la variación de la resistencia de los metales en el interior de los campos magnéticos y las propiedades magnéticas de la materia.

Don Blas Cabrera y Felipe Catedrático de Física Teórica y Experimental - Foto Oficial de la Facultad de Ciencias

Foto Oficial de la Facultad de Ciencias

En 1910 ingresó en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, leyendo el 17 de abril, el discurso: “El éter y sus relaciones con la materia en reposo”. Desde entonces empezó a publicar trabajos, sobre el principio de la relatividad. Un año más tarde, consiguió su primer  cargo de responsabilidad al ser nombrado Director del Laboratorio de Investigaciones Físicas creado por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y en 1912, pensionado por la misma Junta , viajó a Zurich para aprender del mayor experto en magnetismo de la época, Pierre Weiss. De aquel encuentro surgió una buena amistad entre ambos científicos y las investigaciones de Cabrera pasaron a orientarse hacia el campo de la Magnetoquímica.

En 1915 recorrió Sudamérica, en compañía del Ministro de Instrucción Fernando de los Ríos, como mensajero cultural de España. Durante el viaje ofreció conferencias científicas en un gran número de países como México, Perú, Colombia o Argentina y obtuvo diversas distinciones.  Fue nombrado Doctor Honoris Causa en varias universidades, Profesor Honorario en las de México y Buenos Aires y miembro de las Academias de Ciencias de Lima y Bogotá. Su prestigio como científico iba en constante aumento. En 1916 se convirtió en Presidente de la Sociedad Española de Física y Química e inauguró en México el Instituto Hispanoamericano, como Profesor Extraordinario. Dos años más tarde la Universidad de Estraburgo le nombró Doctor Honoris Causa y en 1921 pasó a ser miembro del Comité Internacional de Pesos y Medidas, con sede en París. Ese mismo año, en el discurso de apertura del curso 1921-1922 de la Real Academia de Ciencias de Madrid denominado “Sobre el estado actual de la Física”, mostró su total aceptación de la teoría de la relatividad. A diferencia de lo expresado en conferencias de años anteriores, asumió, por fin, la desaparición del éter como hipótesis.

El año 1923 fue uno de los años más importantes en la vida de Blas Cabrera. Einstein llegó a Madrid el 1 de marzo y Blas Cabrera ejerció de anfitrión durante toda su visita a la capital. La presentación oficial tuvo lugar el día 4 en la Real Academia de Ciencias. Allí, ante la presencia del rey Alfonso XIII, Cabrera expuso el trabajo del premio Nobel de Física ante los allí presentes. La precisión con que lo hizo conmovió al genio de la relatividad: “Vuestras palabras han llegado a lo más hondo de mi corazón porque demuestran la forma consciente y cariñosa con que habéis estudiado el trabajo de mi vida haciéndoos eco de la frase del poeta: Queremos recibir menos alabanzas, y, en cambio, que se nos lea con aplicación”.

Einstein estaba en lo cierto, Cabrera había estudiado concienzudamente la teoría de la relatividad, convirtiéndose en el introductor de la misma en el territorio español. Su libro Principio de relatividad, editado por la Residencia de Estudiantes, puede considerarse uno de los mejores libros escritos sobre relatividad en esa época y el más completo publicado en España hasta entonces. Una obra compleja con una clara voluntad pedagógica, que entrelazaba los aspectos históricos con los conceptuales. La finalidad del libro consistía, en palabras de su autor, en “… llevar al ánimo de mis oyentes y lectores la convicción de que las alteraciones impuestas por el principio de relatividad en los conceptos fundamentales de la Filosofía natural están impuestas por la observación y la experiencia, y vienen a depurar nuestro conocimiento positivo de ciertos postulados que subrepticiamente se introdujeron en él.” Es decir, pretendía demostrar que el principio de relatividad debe ser un postulado necesario de la Filosofía natural. Fue su gran contribución a esta teoría puesto que a partir de entonces se limitó a elaborar artículos de carácter divulgativo y a impartir cursos.

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Por lo que respecta a su faceta como investigador, uno de sus trabajos más significativos fue el de las medidas de los momentos magnéticos de los iones de las Tierras Raras. La  interpretación teórica del experimento,  fue desarrollada por Van Vleck, que se refería a Cabrera como “el físico que hizo el experimento adecuado en el momento oportuno”. Por aquel entonces, nuestro físico también investigaba otros problemas como el mecanismo de la disociación electrolítica, la resistencia eléctrica de los metales ferromagnéticos, la génesis de los elementos químicos, etc.

El refrendo social de la física en España que supuso la visita de Einstein, condujo a que, tres años más tarde, la Fundación Rockefeller decidiese donar créditos al Estado español para la creación de un Instituto que albergase las investigaciones que se desarrollaban en el ‘viejo’ laboratorio que dirigía Cabrera. Este último se encargó de conseguir las instalaciones idóneas para el nuevo Instituto Nacional de Física y Química que fue inaugurado el 8 de febrero de 1932 por Fernández de los Ríos. Su organización se dividió en 6 secciones distribuidas entre la Física y la Química: Electricidad, Rayos X, Química Física, Espectroscopía, Química orgánica y Electroquímica y supuso una gran contribución en el  avance del estudio de la Física y Química experimental en España.

Blas Cabrera se había ganado una merecida reputación en la comunidad científica española pero no fue hasta la publicación de «El Átomo y sus propiedades electromagnéticas» , en 1927, que contó con una verdadera proyección internacional, convirtiéndose en uno de los físicos más brillantes de la época. Buena prueba de ello es su elección como Académico de Ciencias de París en 1928 y su posterior nombramiento como miembro del Comité Científico de la VI Conferencia Solvay de Física.  Dicho comité estaba formado por 9 destacadas personalidades del campo de la Física y su candidatura había sido propuesta por los premios Nobel Marie Curie y Albert Einstein. Blas Cabrera participó en la VI Conferencia Solvay sobre Magnetismo con el tema “Las propiedades magnéticas de la materia”, se mantuvo en el Comité durante la preparación de la VII Conferencia que tuvo lugar en 1933 para estudiar la “Estructura y propiedades de los núcleos atómicos” y participó en la organización de la VIII Conferencia bajo el tema “Partículas elementales y sus interacciones” que debía celebrarse en 1939, pero que fue suspendida a causa de la Segunda Guerra Mundial.

Congreso de Solvay 1930

Congreso de Solvay 1930. Blas Cabrera es el tercero, empezando por la derecha, de la primera fila.

Congreso de Solvay 1933

Congreso de Solvay 1933

En esa época también recibió otros cargos y responsabilidades de alto nivel como el puesto de Secretario del Comité Internacional de Pesos y Medidas, el de Presidente de la Academia de Ciencias de Madrid o el ingreso en la Real Academia Española, ocupando el sillón de Don Santiago Ramón y Cajal.

La insurrección de 1936 le sorprendió durante su rectorado en la Universidad Internacional de Verano de Santander, de la que había sido uno de sus fundadores. La creación de la misma en 1933, generó un brote de actividad intelectual que se prolongaría hasta la Guerra Civil. Cabrera tuvo que pasar por Francia para poder regresar a la zona de Madrid. Pero un año después decidió exiliarse a París donde permaneció hasta 1941. Mientras tanto, el bando franquista, mediante Orden Ministerial, le depuró como catedrático “por su pertinaz política antinacionalista y antiespañola en los tiempos precedentes al Glorioso Movimiento Nacional” e hizo presión para que abandonase el Comité Internacional de Pesos y Medidas. Esta situación dejó a Cabrera moralmente hundido y decidió tomar rumbo a México.

En la capital azteca, recibió una calurosa acogida en la Universidad Nacional Autónoma de México donde ejerció de Profesor de Física Atómica y de Historia de la Física. Allí siguió con sus investigaciones científicas al lado del profesor Vallarta, un joven físico mejicano especialista en el estudio de la radiación cósmica. En 1944, la institución Cultural Española de Buenos Aires publicó su último libro, El Magnetismo de la Materia y, un año después,  el 1 de agosto de 1945, falleció a consecuencia de la enfermedad de Parkinson.

Blas Cabrera, que tanto había contribuido en mejorar la situación de la ciencia española y darla a conocer a nivel internacional, murió sin ver cumplido el deseo de volver a su país.

Esta entrada participa en la edición LXI del Carnaval de la Física cuyo blog anfitrión es Hight Ability Dimension.

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«Personas con Papeles», mi colaboración en La Buhardilla 2.0 (@buhardilla)

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Me hace muchísima ilusión anunciaros que hoy me he estrenado como narradora de la sección Personas con Papeles de La Buhardilla 2.0. Soy una admiradora incondicional del programa desde que lo descubrí hará dos años y estos últimos meses, ha sido un gran honor poder contribuir en él con algún platito del día.

La colaboración en Personas con Papeles es mucho más de lo que podía imaginar. Entre nosotros, nunca hubiese soñado que iba a tener mi rinconcito semanal en el pograma y se agradezco infinitamente a Kike, Abraham, Javi y Álvaro que hayan confiado en mí. Me siento feliz y emocionada. Sé que estoy en parvulario de podcaster y que, al igual que en el caso de Pa ciència, la nostra, no merezco colaborar en los mejores programas de divulgación científica. Pero significa demasiado para mí y no voy a perder esta oportunidad. Voy a hacer todo lo posible por mejorar, por no defraudarles y por ofreceros lo mejor de mí misma.

La sección, como supondréis los habituales del blog, me interesa de forma especial puesto que uno de mis objetivos al divulgar es dar a conocer el lado humano de la ciencia. Hacer visibles a aquellos científicos que, injustamente, han caído en el olvido. La historia de la ciencia se ha tejido con muchos nombres, “Personas con papeles” pretende recordarlos y otorgarles el reconocimiento que merecen.

Finalmente quiero dar un agradecimiento especial, por confiar en mí, a aquellos oyentes buhardilleros que pidieron que me ocupase de la sección o que me han dado su cariño y apoyo cuando he participado en el programa. Estas muestras de afecto se llevan muy dentro.

PARA COLABORAR EN LA SECCIÓN «PERSONAS CON PAPELES»

Para sugerir personas con papeles que os parezcan interesantes y queréis escuchar, así como para mandar textos, podéis dirigiros a la dirección de correo personasconpapeles@gmail.com

Los textos deben tener una extensión de unas 500 palabras.

¡¡Nos escuchamos los sábados!!

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