
El otro día, en el programa radiofónico de ciencia y humor La Buhardilla 2.0 os preguntaron a los oyentes si, desde el cariño y no desde el rigor científico, era un planeta o no. Lo vi claro, había llegado el momento. Era mi oportunidad de pediros que me devolváis mi estatus de planeta por aclamación popular respondiendo “SÍ” a la #pregunta124. Sería como un título de Planeta “Buhardillis causa”. Así que me puse manos a la obra y escribí estas líneas para hablaros un poco de mí y de mi historia con vosotros los humanos.
Nuestra relación empezó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando los astrónomos apreciaron irregularidades en los movimientos de Urano y Neptuno que sólo podían explicarse a través de la atracción gravitacional de un noveno planeta. El primero en apuntarme con su telescopio en 1905 fue el astrónomo estadounidense Percival Lowell, fundador del Observatorio Lowell en Flagstaff, Arizona. Me llamó “Planeta X” y patrocinó tres búsquedas separadas para dar conmigo. Desgraciadamente, pese a su tesón, no lo consiguió y, tras su muerte en 1916, mucha gente abandonó la búsqueda. Pero no todo el mundo, William Pickering, que no sé por qué me nombró “Planeta O”, retomó el esfuerzo de Lowell y estudió la posibilidad de que tuviese una órbita elíptica que me situase temporalmente más cerca del Sol que Neptuno y, sin contar todavía con fundamentos sólidos, acertó de lleno en su hipótesis. El siguiente protagonista fue el director del Observatorio Lowell, el Dr. Vesto Melvin Slipher que contrató a Clyde Tombaugh para retomar la búsqueda. El joven de 24 años, trabajaba en una granja en Kansas junto a su padre y su pasión por las estrellas le había llevado a construirse de forma artesanal su propio telescopio. Todo lo que veía a través de su lente quedaba plasmado en el papel. Sus dibujos eran tan buenos que Slipher quedó impresionado y le ofreció trabajo.

Con el fin de encontrarme, Clyde tomaba placas fotográficas de una misma región del cielo de forma periódica y las comparaba. Finalmente, su dedicación obtuvo sus frutos y el 18 de Febrero de 1930 notó que un objeto se había movido en las fotografías de la región de Delta Geminorum tal y como lo haría un planeta transneptuniano. El 13 de marzo de ese año el observatorio de Lowell anunció mi descubrimiento como el noveno y más pequeño planeta del Sistema Solar. Para llamarme de una manera más normal se llevó a cabo una consulta popular que respondieron miles de personas de todo el mundo. El nombre elegido fue propuesto por Venetia Burney, una chica de once años, de Oxford, en honor al dios romano del inframundo. Plutón parecía muy indicado puesto que las dos primeras letras coincidían con las iniciales del primero que se lanzó a mi caza, Percival Lowel.
Se confirmó que me encontraba en una posición cercana a la prevista por Lowell pero mi masa, de aproximadamente 0,0021 masas terrestres, les causó una gran decepción. Era insuficiente para explicar las irregularidades de las órbitas de Urano y Neptuno que les traían de cabeza. Lo mejor de todo es que dichas irregularidades no existen sino que eran producto de la poca precisión de los cálculos de la época.
Costó tanto hallarme porque soy unas cien veces más débil de lo que esperaban. De hecho, siempre les resultó difícil observarme y no fue hasta 1950 que Gerald Kuiper logró la primera medición (aproximada) de mi diámetro que estimó en poco más de 5800 kilómetros. En 1965 mi ocultación de una estrella de magnitud quince confirmó que mi diámetro no podía ser mayor de 6700 kilómetros.
Mi órbita es muy excéntrica (no me refiero a rara o extravagante sino a que los focos de la elipse que describe están muy alejados) y durante 20 años de los 247,7 años (período orbital sideral) que tardo en recorrerla, se encuentra más cercana al Sol que la de Neptuno. Pero eso no es todo, también es la más inclinada respecto al plano de la eclíptica (16º), en el que orbitan los demás planetas del Sistema Solar.

Por lo que a los satélites se refiere, como les cuesta observarme, al principio creyeron que no poseía ninguno. Iban pelín desencaminados porque tengo varios y uno de ellos es enorme, para ser un satélite mío. Ahora se conocen cinco (si tengo más o no tendréis que averiguarlo): Caronte, Hidra, Nix, Cerbero y Estigia.
Caronte fue el primero en ser descubierto en 1978, se encuentra a 19000 kilómetros de distancia y tiene un diámetro de 1.192 kilómetros. Ambos presentamos un período de rotación de 6.387 días viéndonos siempre la misma cara. Debido a contar con un tamaño tan parecido y orbitar el uno respecto al otro en torno a un centro de masas que no está localizado en el interior de ninguno de los dos, parece posible que nos consideren un sistema binario (sistema planeta enano doble) en lugar de un sistema planeta-satélite. Pero en la Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional (IAU) de 2006, no dejaron clara la categoría de Caronte ni cómo distinguir entre los dos tipos de sistemas. Por lo que a mí respecta, ya me parece bien que sigan considerándome el anfitrión de Caronte y el más importante de los dos.
Mis otros satélites fueron descubiertos por el telescopio espacial Hubble. En 2005 dio con Nix e Hidra (sus iniciales NH rinden tributo a la sonda New Horizons de la que os hablaré más tarde) y con Cerbero y Estigia (sus nombres están relacionados con Hades y el Inframundo) en 2011.
Tengo que confesaros que los astrónomos están muy sorprendidos de que un planeta pequeñajo como yo tenga tantos satélites. La teoría que está en una posición más aventajada afirma que todo ellos son reliquias de un trompazo que me di con un gran objeto del Cinturón de Kuiper, hace miles de millones de años. El Cinturón de Kuiper es una región del espacio formada por un conjunto de cuerpos helados que orbitan alrededor del Sol a una distancia entre 30 y 100 au [1 unidad astronómica (au) = 149.597.870 km = distancia media Tierra-Sol] que pertenecen al grupo de los objetos transneptunianos. Se considera la fuente de los cometas de periodo corto.

Mi atmósfera fue descubierta en 1988 a partir de la observación del fenómeno conocido como ocultación estelar. Vieron que cuando una estrella pasa detrás de mí, su luz se desenfoca en una pequeña franja cercana a mi superficie. Eso es debido a la atenuación de la luz que emite la estrella por parte de mi atmósfera.
Su composición consta de nitrógeno, metano y trazas de monóxido de carbono y, a medida que me alejo del Sol y disminuye mi temperatura, se congela y cae sobre la superficie. Tened en cuenta que mi temperatura varía enormemente durante el transcurso de mi órbita alrededor del Sol del que me acerco hasta 30 au y me alejo hasta 50 au.
Nuestra relación se ha ido haciendo más estrecha con los años y habéis logrado conocerme bastante bien. Sin embargo, todavía existen muchas incógnitas sobre mi naturaleza que, si todo va según lo previsto, investigaréis a partir del 14 de julio de este año, cuando vuestra sonda New Horizons se acerque a unos 13700 kilómetros de mi superficie. New Horizons despegó de Cabo Cañaveral el 19 de enero de 2006 y se dirigió primero a Júpiter para aprovechar su asistencia gravitatoria e incrementar su velocidad. Gracias a esa maniobra acortó su viaje tres años. La misión será gestionada por el Applied Physics Laboratory de la Universidad Johns Hopkins (JHU/APL), mientras que estará a cargo de las operaciones científicas el SwRI (Southwest Research Institute), con Alan Stern como investigador principal. Para documentaros mejor sobre New Horizons y estar a la última de la misión, debéis seguir el blog Eureka de mi divulgador terrícola favorito Daniel Marín.

Ahora voy a contaros la parte más triste de la historia. El mismo año que me hacíais feliz enviándome, por fin, una sonda a hacerme fotos, la IAU me degradaba a planeta enano. En 2003, Mike Brown había descubierto a Eris, que parecía ser más grande que yo y su existencia, junto a la de otros objetos transneptunianos de proporciones considerables como Sedna, Haumea o Makemake llevó a que la IAU cambiase la definición de planeta y me retirase el título. Establecieron que uno de los requisitos para ser planeta era la dominancia orbital, es decir, que ese cuerpo celeste haya limpiado la vecindad de su órbita de planetesimales.
Cómo yo no soy un insociable y formo parte del cinturón de Kupier me relegaron a una nueva categoría que se sacaron de la manga, la de planeta enano. Y ni siquiera me dieron la exclusiva sino que tengo que compartirla con Ceres, Eris, Haumea y Makemake. Es indignante y, como era previsible porque soy un encanto, mucha gente se enfadó con la decisión de la IAU. Alan, que me aprecia y por eso va a investigarme muy bien con la New Horizons, tuvo un gran disgusto y luchó contra viento y marea para que recuperase mi título anterior.
Pero los esfuerzos de mis amigos fueron infructuosos y sigo como planeta enano. Por eso os he escrito y quiero pediros vuestro apoyo a través del “SÍ” a la #pregunta124 de La Buhardilla 2.0.

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